¿Qué es la consagración?: Lula Bauer IV

Por Leandro Moscardó.
Fotos por Teresa Mir.

LM: -Quiero volver a la nueva familia que formaste junto a tus amigos. ¿Quiénes te abrieron las puertas al llegar?

LB: -Jano Seitun. Él fue mi nudo con ellos. Yo estaba haciendo un trabajo fotográfico, había escuchado su banda a través de una amiga mía de la secundaria, y lo contacte para hacer fotos. Y él me dijo: "Che, le deberías hacer fotos a tal y a tal".
Y ahí conocí a Tomi [Lebrero], a Lucio, a Juanito el Cantor, a Julieta Rimoldi, a Pablo Dacal. Jano fue el que me presentó. Yo había dejado mi trabajo en el call center para dedicarme a esto, estaba empezando a hacer fotos de una manera más madura, tomándomelo en serio. Todo se dio más o menos al mismo tiempo. Estaba donde quería estar, eso fue muy claro para mí: "Ah, yo quiero estar con ellos, quiero ser su amiga, quiero armar vínculos". Los quería como amigos.

LM: -¿Qué es lo que veías atractivo de ese grupo?

LB: -Veía que algo se estaba armando, no que había algo armado, y que yo quería ser parte. De alguna manera también fui yo la que conectó muchos mundos. Por ejemplo, en mi primera expo se conocieron Juanito el Cantor y Lucio. Fue muy de paridad todo. Sentí que era mi generación. ¿Viste cuando llegás y decís: "Ah, son todos como yo. Estamos todos en la misma"?. Cuando conocí a Jano, él recién estaba sacando su primer disco, te estoy hablando de nueve o diez años atrás. Entonces sentí que había llegado al lugar correcto en el momento correcto, y que a partir de la fotografía algo se iba uniendo ahí. Creo que ellos no se reconocían todavía como algo generacional, era todo muy individual. Por eso digo que se iba armando. No sé, apareció Despacio Martínez [espacio cultural que funcionó en Colegiales, en la casa de los padres de Carli Arístidey se empezó a generar esta cosa del intercambio.

LM: -La fotografía les mostraba, incluso a ellos, que estaban juntos.

LB: -Sí. Yo he tenido conversaciones donde les decía: "¿Pero ustedes no se reconocen?". También pasa que yo soy muy sindicalista, entonces metía ahí, más que una cuestión artística y sentimental, la cosa de la agrupación, lo cooperativo: "Acá hay que darse, pelear, charlar y ver cómo se puede construir". Siempre fue mi intención la cosa sindicalista. "¿Cómo que no se consideran una generación? Dejate de joder. Vos tocás con él, que toca con el otro, tienen la misma edad, trabajan con músicos en común...". Me parecía imposible que ellos no estuvieran viendo eso.

LM: -¿Qué quedó de aquel grupo? ¿Y qué esperabas que sucediera y no sucedió?

LB: -Yo creo que quedó muy arraigado algo de lo artesanal, esto de hacer todo uno mismo. Hacer tu disco o hacer la tapa con tus pares, quedó eso. La cercanía, saber que el otro también es una persona. Antes, durante los noventa, ibas a ver una banda y sabías que no tenías acceso más que a verlos a la salida del concierto en la puerta y pedirles un autógrafo. Ahora eso no está, la gente es mucho más humana y más cercana, tienen sus perfiles personales en Facebook, le pedís solicitud y te aceptan aunque no te conozcan, le mandás un mensaje y te responden. Hay algo de la cercanía y lo artesanal que me parece que quedó, a diferencia de por ahí todo lo que sucedía pre-Cromañon, como espectadora.
Digo, yo iba a ver recitales de bandas a las que ni se me ocurría mandarles un carta. Está bien, no existía Internet como hoy, pero me acuerdo de que una vez le regalé un libro a Adrián Dárgelos, y me puse a llorar por el simple hecho habérmelo cruzado. Ahora eso no existe y me parece hermoso que no exista, que exista la cercanía y la mano humana. Eso me parece que quedó.
Y más allá de que muchas bandas quedaron en el camino, bandas que ya no existen, que están buenísimas y que pude vivir desde su nacimiento hasta su desaparición, creo que con respecto a la segunda parte de tu pregunta, quedó un asunto muy pendiente en las cuestiones de visibilización y de organización. Los músicos no se saben organizar, no piensan en el otro, les cuesta mucho esto de juntarse todos y armar un festival como los Lollapalooza. No, ellos quieren ir a tocar ahí. Hay como una falta de pensamiento. Igual está el festival Laptra que es increíble, y hay pequeñas semillas de eso, pero le falta cierto tipo de organización. Que se dejen de pelotudear un poco en Facebook y se organicen. Porque también hay algo de la visualización de los medios, que no la tienen. Entonces ¿cómo se construye eso? Juntándote, armándote, haciendo festivales y cosas en conjunto, creciendo. Hay una especie de dificultad ahí.

LM: -Me acuerdo de escuchar a algunos músicos -de esta generación a la que vos pertenecés-, allá por el 2009 criticando a los grandes medios y la lógica de legitimación y de consagración de la industria. Y dos años después, agradeciéndole a Clarín por estar nominados a los premios Gardel.

LB: -Es una contradicción, pero todos vivimos en esa contradicción. Porque todos están esperando al nuevo Charly o al nuevo Fito. ¡No! Hay otras cosas, ¿entendés? Yo me peleaba con un periodista de la Inrockuptibles porque le decía: "Ustedes se jactan de hacer una nota de tapa con una banda que van a ver veinte personas en Islandia, ¿pero qué pasa con las bandas que van a ver veinte personas acá, en un tugurio? De esos no hacés alarde, ahí no vas. Vos quisieras ir a Islandia, a esos recitales donde van veinte tipos. Ah, sos re capo porque descubriste algo que no sabe nadie. ¿Pero te ponés a pensar lo que pasa en tu ciudad? ¿Vas a un tugurio de acá donde van veinte personas a ver una banda? No vas". Y eso es lo que debería ser tapa, y no está porque no vende. Pero después: "Ay, salió El Mató en la tapa de la Rolling Stone" [Agosto de 2016]. ¿Eso es un logro? Ojo, ¿eh? Amo a El Mató, me encanta y me parece hermoso que haya llegado a la tapa de la Rolling Stone, pero tenés una tapa del Mató y tenés trescientas sesenta y cuatro de Charly, Spinetta o Divididos.

LM: -La de este mes [por la edición de septiembre de 2017] es de Game of Thrones.

LB: -Bueno, ¡dejate de joder! Son tan pequeños los logros que no llegan a tener impacto. Seguramente a El Mató lo sigue un montón más de gente, pero ¿qué pasa con los contemporáneos? No llegan. No hay muchos periodistas que busquen y muestren lo nuevo.

 

 

LM: -Muchas de las páginas web donde aparece tu nombre son de fotógrafos que te mencionan en su formación. Recuerdo algunos nombres: Agustina Caproli, Carolina Allende, Debora Devicoor.

LB: -Sí, todas han sido alumnas mías.

LM: -Más allá de la retribución económica, ¿qué te mueve a dar clases?

LB: -Lo hago porque aprendo. Ahí yo aprendo más de lo que aprenden ellas. Dar clases es entrar en una sintonía donde hay mucha responsabilidad, mucha entrega y mucho riesgo, pero a la vez mucho aprendizaje. Mi idea no es que sean clones de mí, tipo: "Ay, voy a dar clases para que haya montón de chicas que hagan fotos como yo". Si bien soy re baja línea con algunas cosas, siempre intento que cada una pueda distinguir su propia emocionalidad. Por eso es que de alguna manera mis clases son bastante terapéuticas, más que fotográficas: hay gente que llora, gente que se angustia, gente que se traba, que se destraba, que comparte cosas personales. Hablamos de política, de un montón de cosas. Y todo eso me mantiene activa y actualizada, como si no envejeciera. Siempre aprendí mucho.
Yo no escribo mis clases, no tengo una metodología, ni bibliografía específica para trabajar. Voy armando a medida que hablo. Eso me permite entenderme a mí misma como fotógrafa: qué decir, qué no, por qué. Es otra forma de contacto con la foto que a mí me interesa, que es el decir, el fotógrafo que dice, el que elabora conceptos y discurso. El libro que escribí está muy inspirado también en las cosas que digo en clase, porque soy yo hablando. En el libro soy yo escribiendo algo, pero eso vino porque verbalicé una profesión, un oficio o una emoción.
También dar clases es el lugar donde me conmuevo. En un taller que di en Tandil, me pasó de terminar sosteniendo a una chica que lloraba en el medio de todos. Éramos ochenta personas en el taller, esas cosas son muy fuertes para mí. La había mandado a hacer un trabajo práctico, y cuando lo fue a mostrar la piba se puso a llorar. Era como: "Me siento una hija de puta", porque la puse en una situación híper vulnerable, pero la vez me parece hermoso. En experiencias como ésa yo entiendo por qué hago lo que hago. Yo hago fotos para conmover a otra persona. Y doy clases por eso mismo. Ojalá ganara un montón de guita, así ya sería el mejor trabajo del mundo. No sucede, pero si vos me hablás de cuál es mi trabajo ideal, o sea, "¿De qué te gustaría trabajar de acá hasta que te mueras?", yo te digo que es dar clases desde este lugar. Y tener un montón de alumnos, eso para mí sería maravilloso.

LM: -Vos trabajás algunas líneas en tus clases. Por un lado buscás hacerle reconocer a tus estudiantes sus propios límites. Y por otra parte, otra línea -que a su vez retroalimenta a la primera- es la que hace soportable el peso de buscarse el límite propio. Al leer las opiniones de las personas que pasaron por tus clases, veo que esta segunda línea va por el lado de la motivación, de que cada uno de ellos se vaya de tu clase con más ganas de ser fotógrafo.

LB: -Es que sí, pero en el medio de eso lloran y se angustian. Porque ven que no pueden hacer otra cosa que hacer fotos. A su vez hay un goce del sufrimiento también, porque es un motor, la pulsión y el goce de algo que no pueden dejar de hacer, pero a la vez una angustia, como la existencia misma. Existir es angustia. Entonces, verlo desde ese lugar y hacerse cargo de esa angustia. Es plantarte y decir: "Sí, angustiate. Es lo que te va a pasar, es así". Entonces el otro, de alguna manera, baja un poco.

LM: -¿Pensabas en cómo llegar a los cuarenta cuando eras más chica?

LB: -No sé si en la edad específica, pero sí me imaginaba que a esta edad iba a ser mucho más grande. Me imaginaba más vieja.

LM: -¿Qué es “más vieja”?

LB: -Me imaginaba diez años más vieja, en general. En mi aspecto físico, en la dinámica de mi vida. Pensaba que a esta edad por ahí ya era una fotógrafa consagrada, con título honorario. Y no. Pero qué sé yo, era una fantasía muy adolescente también. Después con el tiempo fui viviendo esa expectativa de una manera mucho más real. ¿Qué es ser un fotógrafo consagrado? Eso fue cambiando mucho con el tiempo. A lo largo de mi vida hice cosas muy interesantes, en las que crecí y me enriquecí mucho, y a veces creo que hay poco valor en eso, ¿viste? No tengo tantos contactos. A veces me agarra eso de sentirme medio outsider. Como: "Mirá lo que está haciendo tal fotógrafa. ¿Por qué yo no llegué ahí?". Es una especie de ilusión. ¿Por qué yo debería estar ahí? ¿Es lo que quiero? ¿Es lo que quise? Pero bueno, es esa dicotomía constante, que se va rearmando todo el tiempo. Me encantaría que me conozca un montón de gente, pero ¿cómo hago? ¿Qué es lo que debería hacer? Para mí es una gran incógnita, no tengo la respuesta a eso. Sí me imaginaba esto que te digo, que hoy sería un poco más estable con respecto a mi profesión.

LM: -¿Y con respecto a la familia? ¿Pensabas en el armado de una familia de algún tipo?

LB: -Y, hoy es un tema lo de tener hijos. En mi casa ya hay niños. De adolescente me imaginaba que iba a tener cinco pibes, medio los Campanelli. Pero tenía que ver un poco con mi familia, que era muy chica, de poco alcance. Siempre me imaginé el quilombo, yo quería tener una familia que fuera un bardo, que hubiese mucho amor, muchos pibes corriendo y mucho lío.

LM: -¿Y de dónde habías sacado esa imagen?

LB: -De una compañera, una de mis mejores amigas de secundario, que eran como cinco hermanos y cada vez que iba a la casa era todo un bardo, pero la madre siempre estaba de buen humor. Entonces yo volvía a mi casa y mi vieja siempre de mal humor, era como: "Che, ¿pero qué onda? Una mina que tiene cinco pibes está siempre de buen humor, vos que tenés dos estás siempre enojada.". Para mí había un desfasaje ahí. Yo quería eso, una familia numerosa, muchos hijos, todo mucho. Y después con el tiempo, lo fui viviendo de acuerdo a mi construcción de pareja. Mi segundo novio no quería tener hijos bajo ningún concepto. Y como que también me fui plegando a eso.
Ahora no sé. Es un tema que está armándose. Con Guille nos mudamos juntos este año, y yo recién estoy entendiendo la vida en familia. Él tiene dos hijos, y voy aprendiendo cómo es esto con dos chicos que no son mis hijos, cómo hacer para entender cuál es mi lugar, cómo tener un rol maternal pero no ser madre. Y a la vez convivir la mitad del tiempo con los chicos, con quienes también tengo una responsabilidad emocional, económica, de seguridad y protección. Por ahí malflasheo con mi infancia traumada, y se trata de separar y saber cuáles son tus cosas y cuáles son la de los chicos.
Es incorporar una familia nueva, porque la familia de Guille es la típica tanada que se juntan y comen durante ocho horas seguidas, y a veces no les puedo seguir el ritmo. Todo esto también me vuelve a traer el concepto de familia que yo quiero armar: una familia presente y una familia de artistas. El papá de Guille es dibujante, desde que se levanta hasta las nueve de la noche está con el culo sentado dibujando. Para mí eso es como: "Se puede llegar a eso". Yo me identifico mucho con Cacho [Domingo Mandrafina], que tiene re bajo perfil, él quiere sentarse y dibujar, lo demás no le interesa.
Lo familiar siempre fue muy importante para mí, siempre. En mis fotos se nota todo el tiempo, porque para mí mis amigos son mis hermanos, son mis tíos, son mis papás y son mis hijos, son todo. Yo tengo una personalidad muy de madre, no tendré hijos propios pero de alguna manera son todos mis hijos, soy muy cuidadora y muy baja-línea. Hay una especie de búsqueda ahí, de contención, donde me llaman a cualquier hora llorando y yo voy. Siempre fui así, yo estoy. No hay nada más importante para mí que un amigo que me llama. Yo atiendo y, aunque esté pasando el peor día del mundo, respondo: "Sí, vení. Estoy acá". Creo que este rol mío, un poco exacerbado, tiene que ver con la carencia de la familia que me tocó, donde eso no estuvo. Si les decía: "Voy a hacer una muestra, ¿vienen?", "Bueno, puede ser". Pero llega el día y no me llaman, no vienen, no aparecen. Y llaman al otro día: "Uy perdón no fuimos. ¿Cómo estuvo?". Entonces uno dice "Esto es lo que tengo". Es lo que pueden también, eso es lo que a mí quizás me costó entender: "Esto es lo que pueden mis papás". Cuando se murió mi viejo hice un quiebre. Mi papá se murió en un accidente de auto, entonces no es que fue algo para lo que me hubiera podido preparar, fue como: "Listo, ya está. No está más".
Tengo algo con la muerte. Relaciono mi fotografía mucho con lo mortuorio. Cuando mi papá murió, experimenté la muerte en su forma más concreta. Fue muy shockeante atravesar todo eso. Por eso el hecho de que yo esté dejando de hacer fotos en este momento también tiene que ver con el duelo. Con un duelo real, no el ficticio y platónico que yo me armé para hacer fotos. Esto es un duelo concreto porque hay alguien que de verdad no está. Entonces no sólo le vamos a adjudicar al macrismo mi ausencia de fotos, sino que hay un duelo ahí en juego, haciéndose presente.
Cuando alguien no está, cambiás el significado de esa persona, hay algo que se rearma. "Ah ok, yo estoy extrañando al papá que tenía, no al papá que quería tener". Entonces, ¿dónde queda el papá que yo deseaba? No existe. Uno se queda con lo que le dieron, con lo que pudieron, con sus limitaciones, y está buenísimo que con la muerte de mi papá yo pueda extrañar al que era.

 

 

LM: - De esta escena musical porteña post Cromañón a la que pertenecés, ¿qué imágenes quedaron en tu cabeza? ¿Qué creés que te vas a acordar de acá a veinte años?

LB: -Yo creo que me voy a acordar de un lugar: Despacio Martínez. Esa casa, que es la casa de Carli, donde conocí a un montón de gente, donde expuse, donde sentí que había algo muy valioso que tenía que ver con el intercambio humano. Tocar y exponer era una excusa para encontrarse. Era algo que tenía una especie de religiosidad: cada dos viernes uno iba al Despacio Martínez. No había otro lugar donde uno quisiera estar. No porque no se hicieran otras cosas, pero es que ahí me sentí en comunión y en comunidad. Ahí es donde empecé a entender a esa primera generación como comunión. Fijate que uso muchas palabras que tienen que ver con la religión, pero es que creo que hay algo muy amoroso en esas palabras. Viví los mejores momentos a nivel humano y artístico también, de conocer gente nueva que cantaba y me hiciera llorar, como me pasó con Soema Montenegro. A Soema no la conocía y le tenía que hacer fotos, entonces la fui a ver al Despacio. Y sentí que era una persona ancestral que venía a bajarnos una data de los indios mapuches.
Eso, elegiría ese lugar. No por nada decimos que queremos que sea nuestro geriátrico. Se lo queremos comprar a los padres de Carli para envejecer ahí todos juntos. Pileta y huerta. ¡Listo! No necesitamos más nada. Algo se armó ahí, muy hermoso y desinteresado. Yo trabajaba de mánager en esa época, entonces sentía que estaba haciendo cosas, que había algo que se estaba armando, más allá que después con el tiempo se armó o se desarmó, porque el Despacio dejó de existir. Hay una frase de una canción de Tomi Lebrero que dice: "La Pampa es lo que vos quieras". Para mí el Despacio fue lo que nosotros quisimos, un espacio fértil donde distintas disciplinas convivían y donde se florecía de una manera igualitaria.

LM: -Recién me decías que habías imaginado llegar a esta edad como más consagrada, y que en aquél momento la consagración era un constructo ideal que tenías en la cabeza, pero no sabías bien qué era. Sin entrar en la discusión de si sos muy conocida o no, de si la pegaste o no, la realidad es que fuiste y sos parte de lo querés ser parte, y tu trabajo tiene bastante reconocimiento.

LB: -Yo no me doy cuenta, pero no porque sea negadora. Hay algo que tiene que ver con la inseguridad del ser humano. Yo soy muy insegura, entonces siempre pienso que lo que hago es una mierda. No sé, como que hay una desvalorización que a veces me juega fuerte. Yo sé que hay gente a la que le gustan mis fotos, pero no pasa por gustar o no gustar, para mí hay algo que conmueve. Y a mí me resulta muy raro que alguien se conmueva con una foto de alguien que no conoce. Ése es mi desfasaje: lo que retrato es tan íntimo que en algún punto pienso que hay otro al que no le llega.

LM: -Entonces hay un acto de fe por tu parte en el hecho de publicar.

LB: -Por supuesto. Pero yo nunca publicaría un libro de fotos, ponele. Jamás. Hasta que me muera, no lo haría.

LM: -¿Por qué?

LB: -Porque mis fotos ya están hechas, ya está.

LM: -Pero sí publicás tus fotos.

LB: -Pero en Facebook, es algo virtual.

LM: -Cambia el soporte.

LB: -Sí, cambia el soporte. Pero el libro quizá tiene más que ver con lo consagrado: "Ay, tiene un libro de sus fotos". No lo haría. Te publico un libro de textos, sí, ¿pero las fotos para qué? No sé, no le veo un sentido a ese contexto. Por ahí yo flashearía con cosas más superficiales, me consideraría consagrada si puedo pagarme mi casa propia. O por el lado de la docencia de la fotografía, porque me haya hecho conocida y todos quieran estudiar conmigo, y eso me habilite a poder comprarme una casa.
Quizás eso yo lo veo más como consagración: alguien que quiera venir a estudiar conmigo, que piense que tomar clases conmigo le va a dejar algo, pero no tanto por mis fotos. Ahí también hay una contradicción, porque me pasa que tengo algunas alumnas con las que tengo mucha conflictividad, porque se agarran más de mi obra que de mi docencia. Y para mí eso es un poco peligroso. Me gusta que quieran estudiar conmigo por cómo soy como docente y como persona, no por la fotógrafa que soy, aunque obviamente está todo linkeado. Para mí la diferencia es que cuando un alumno llegue, quiera hacer fotos como él y no como yo. Ahí es donde está la diferencia. Él no viene a estudiar conmigo para hacer fotos como las hago yo, sino que viene porque hay algo que tiene que ver con lo humano donde se siente interpelado, que tal vez esté relacionado con los posteos que hago. Hay muchas chicas que me escriben y me dicen: "Leí tu posteo sobre tal cosa. Me gustaría estudiar con vos porque me emociona la forma en que ves la fotografía". Hay otra cosa que me gustaría que suceda, que es que lo humano y lo docente, de alguna manera, hagan florecer en el otro su propio estilo. Siento que por ahí es que va mi consagración, si queremos poner esa palabra. Mi docencia busca hacer aflorar lo propio de cada uno. No es fácil, pero ésa es mi búsqueda: "No vengas porque te gustan mis fotos, vení por lo que digo". Hay fotógrafos muy buenos que son muy malos dando clases y hay fotógrafos muy malos que son muy buenos dando clases. Yo trato de ser un poco y un poco, buena fotógrafa y buena docente. Y cuando digo buena fotógrafa me refiero a estar en conexión conmigo misma, no si la foto es linda o fea, sino que yo me emocione con eso.

 

Ā

 

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