¿Qué estoy haciendo acá?: Lala Pasquinelli II

Por Mauricio Caminos.
Fotos por Teresa Mir.
Fotos de obras y talleres, gentileza de Lala Pasquinelli.


MC: -Recién hablabas de la tristeza cuando se termina un libro. ¿Seguís leyendo mucho hoy? ¿Cómo es tu experiencia de lectura?

LP: -A veces un libro me da la sensación de casa, de lugares donde viviste. Entonces, cuando termino un libro siento un duelo, como si abandonase ese lugar.
Por otro lado, hoy ya no tengo tanto tiempo: antes leía todo el tiempo y no me importaba si el libro no me parecía tan bueno, ni en pedo lo dejaba sin terminar. ¡No estaba permitido dejar un libro por la mitad! Ahora no puedo leer tanto porque necesito tiempo para el taller, para escribir lo que digo yo.
Evidentemente me hice fui haciendo grande y ya me doy cuenta cuando la película está pasando y lo que queda no está tan bueno. Entonces algo me tiene que gustar mucho para que le dedique tiempo. Me pasa con el cine y me pasa con todo. De hecho, no miro tele hace como cinco años. No consumo cosas que me demanden tiempo y no me nutran. Es como una filosofía.

Lala-IMG_0993_editedMC: -¿Cómo es eso de que es “como una filosofía”?

LP: -Me refiero a algo que suelo hacer con constancia, que es experimentar cosas. Desde boludeces con la comida, como no comer harina por ejemplo. O no consumir nada de violencia. Entonces pruebo. Me gusta entender qué me pasa.

LP: -Ponerte a prueba.

LP: -Con boludeces, que después resulta que no son boludeces, como cuando me pasé al vegetarianismo. No fue simplemente un cambio con respecto a la forma en que me sentía en relación a mi cuerpo, o al malestar que me generaba consumir carne, sino que además descubrí algo que tiene que ver con la sensibilidad. Eso yo no lo tenía en mente cuando me hice vegetariana. No había imaginado que mi sensibilidad respecto a algunas cosas que tienen que ver con los animales se iba a expandir así. Pero ahora no puedo entrar a una carnicería alegremente y ver una media res cortada al medio. Cuando antes para mí no había ningún problema con eso.

MC: -¿Qué experimento hiciste que te llevó al vegetarianismo?

LP: -Hice un retiro. Nos anotamos con una amiga, sin mirar muy bien realmente qué era. Resulta que era de alimentación cruda, de verduras crudas, pero a la vez eran sólo jugos. No masticabas nada. Silencio y meditación.
Y había un temazcal también, que es como un ritual que se usa como ejercicio de purificación. Entrás en una carpa redonda con piedras calientes al medio, y eso empieza a calentar, y calentar y calentar; y a vos te parece que la vas a quedar ahí.

MC: -Contame sobre el temascal.

LP: -Es re intenso. Lo más importante que hay ahí es uno, lo más exigente es tu cabeza. Por momentos había humo, y entonces yo estaba que ya me asfixiaba. Sentía que me quedaba ahí muerta. Estaba con un montón de gente y sentía: “Acá nos asfixiamos todos porque se está terminando el oxígeno”. Además estaba la puerta cerrada, que sólo se abría para que entre aire. Y metían más piedras, y el calor seguía aumentando. A veces se cantaba, había intenciones de lo que vos querías entregar o purificar. Es muy lindo.
Llegó un punto en que yo estaba segundo a segundo autoconvenciéndome de que me tenía que quedar, porque si me iba, me iba a arrepentir. Eso era lo que me mantenía ahí adentro. “No puedo ser tan pelotuda de irme si no se va nadie”, pensaba. Pero cuando salió una, pensé: “¿Qué hago, me voy atrás de esta piba?”

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MC: -¿Cuánto tiempo duraba esto?

LP: -Lleva como tres o cuatro horas. Es re interesante la experiencia, como cualquier experiencia donde atravesás un umbral: sostener una incomodidad muy fuerte y poder atravesar eso; ver qué te pasa y conectar con otra cosa.
En ese momento el ejercicio era poder conectar con algo más sutil: con la intención por la que estás ahí, con tu respiración, con cosas que te están pasando. Darte cuenta de que vos podés controlar lo que te sucede es muy empoderante. Es como cuando estás dentro de un ascensor sin ver nada, y decís: “esto se queda y me agarra un ataque de pánico”. Si te pasa eso, no lo podes parar; se disparó y andá a volver de ahí. Entonces, estar ahí adentro, con ese calor, con el humo, y tu cabeza que te dice: “Te estás muriendo, te vas a morir”, y poder bajar esa tensión, respirar y autocalmarte, fue súper interesante.
Más allá de eso, yo pensaba que en el retiro me iba a cagar de hambre. Por eso, cuando íbamos, paramos en una estación de servicio a comprar papitas, palitos, cosas así. Porque eran tres días de jugos. “¡Nos vamos a morir!”, pensábamos. Y no tuvimos hambre, realmente. No sucedió. Fue una experiencia re power en términos de cómo me sentía yo físicamente. Entonces empecé a probar qué onda. Y comencé a tener una energía impresionante, y ninguna molestia estomacal, nada malo. A partir de ahí me hice vegetariana. Quizás en algún momento puedo volver a comer carne, pero no por ahora, y ya van casi tres años.

MC: -¿Y cómo fue eso que me dijiste antes, de no consumir violencia?

LP: -Estuve casada siete años, y a principios de 2012 me divorcié. Mi ex marido miraba mucha tele, mucho programa político y noticiero. Yo soy re sensible, la típica que mira el noticiero y llora. Y encima me indigno con los programas políticos, por la subestimación que tienen hacia la persona. Entonces la pasaba como el culo.
Cuando me divorcié, lo primero que hice fue chau, nunca más nada de esto. Y de ahí pasé directamente a no tener tele, y también dejé de escuchar la radio. Pero seguía mirando los diarios por internet, hasta que en un momento me dije: “¿Qué mierda estoy haciendo con esto?”. Me enroscaba.
Me pasó que en unas elecciones yo estaba muy indignada por la forma de comunicar las noticias políticas, la subestimación de los políticos a la gente, esta cosa que vos sabés que el mensaje está sucediendo en otro plano y hay noticias que son mensajes hacia adentro de la política, y todas esas interpretaciones. Y me dije: “¿De qué carajo me sirve esto a mí, si yo lo único que hago es indignarme? No laburo con esto, no estoy pasando a la acción, no tienen ningún sentido, y me consume tiempo y energía”.
Y después me empezó a pasar con la violencia en el cine.

MC: -Pero el cine es arte, ¿no? También es un reflejo de la vida.

LP: -Pero tampoco estoy consumiendo eso. Me alcanza con salir a la puerta de mi casa, caminar dos cuadras y ver que hay gente que está viviendo en la calle. Para sentir la violencia que hay en el aire no hace falta mirar un noticiero. Yo vengo teniendo mucho este registro de qué le pasa a la gente.
En las últimas elecciones vi mucho en las redes sociales a la gente comentando las noticias y discutiendo. ¿Por qué la gente se informa de esa manera, en vez de salir a sentir la calle, a mirar cosas del plano de lo real que no se registran?

MC: -Quizás las personas nos informamos a través de las noticias, porque de esa manera no nos exponemos a la experiencia personal. Cuando experimentamos la realidad, se nos mueve toda la estantería. Pero por lo que veo, vos sos de moverte la estantería a propósito.

LP: -Totalmente. Y a esto lo aprendí, creo que no es inherente a los humanos. No venimos seteados, ni por la cultura ni por la educación, para sostener la duda, la incertidumbre o el miedo. Pero es un lugar valioso, porque es desde ahí que podemos pensar, repensar, y descubrir cosas sobre nosotros. Es lo más interesante.

MC: -Hacerte las preguntas también significa bancarte las respuestas.

LP: -Y sí, bueno. Pasa que una vez que te empezás a hacer preguntas ya no podés parar, y hasta luego. ¡Lo lamento, tu vida ahora va a ser así!

MC: -¿Tu primera pregunta cuál fue?

LP: -¿Qué estoy haciendo acá? Es una pregunta que me la hago siempre. Fue la que me empezó a latir.

 

 

MC: -¿Sos artista de profesión? ¿Estudiaste Arte en la universidad?

LP: -No, yo estudié Abogacía. Después hice una maestría en Derecho y también una especialización. Le metí mucha garra. Estudié acá en Buenos Aires y cuando terminé de estudiar, me quedé un tiempo más. En el 2000, con el país en llamas, me volví a Junín y quedé ahí un par de años.

MC: -¿Por qué estudiaste Abogacía?

LP: -Es una pregunta que me hago siempre y no sé si tengo la respuesta. Me parece que tiene que ver con la escuela a la que fui. Hice el secundario en una escuela católica y era un desastre, tuve los profesores menos comprometidos que me crucé en la vida. Sólo había uno o dos interesantes. Recuerdo todo el secundario con la sensación de mirar el reloj y que el tiempo no pasara nunca.
En quinto año yo todavía no tenía idea sobre qué iba a estudiar. Y ese año tuvimos un profesor que era abogado. El chabon era re piola, y lo que nos decía era revolucionario. Un día cae con el código civil, a explicar el artículo que define el concepto de persona. Empieza a leer y en un momento explica por qué la ley tiene que definir qué es una persona, si ya todos sabemos lo qué es una persona. ¡Te juro que ahí entendí el mundo en un instante! Claro, todos los derechos tienen que estar escritos porque si no, no existen, por lo menos en nuestro sistema. El hecho de que esté escrito lo que es una persona implica que en algún momento no todos los seres humanos fuimos personas. En otros tiempos existió la esclavitud, la diferencia hacia las personas de piel negra, y ni hablar de la desigualdad de género. Y a mí eso me voló la cabeza, de repente tuve acceso a una complejidad y abstracción de la que no tenía registro. Y yo quise saber más. Ahí decidí estudiar derecho. Es increíble la influencia que puede tener una persona.

Lala-IMG_1096_editedMC: -Sí, pero sin duda había algo interno en vos. Algo que hizo que conectaras con lo que ese profesor les estaba enseñando. ¿Qué pudo ser ese algo?

LP: -Bueno, yo tengo una profunda sensibilidad con respecto a lo injusto. Lo desigual es algo tremendo para mí. No sé porqué habrá sido, no sé si viví otras vidas, no sé de dónde nos viene esa información a los seres humanos, pero no tengo dudas de que a mí me atraviesa entera. Seguramente viví otras cosas cuando era chica, pero a mí me seteó esto de lo desigual. Y una cosa que me pasó, hablando de desigualdad, fue que antes de vivir en Junín, para mí no había ricos y pobres, no había distintos. En la escuela de Junín entendí eso. Yo no era pobre en Emilia, pero en Junín estaba más del lado de los pobres que de los ricos.

MC: -Sentiste la desigualdad en carne propia.

LP: -En algún punto creo que sí. Al migrar del pueblo a la ciudad entendí que hay ricos, pobres, que existe eso de tener cosas. No tenía ese registro de tener o no tener. La importancia de la ropa, por ejemplo.

MC: -En Buenos Aires lo habrás vivido con mayor profundidad. ¿Cómo fue venirte a estudiar acá?

LP: -El primer año estuve sola y la pasé como el ojete. Cuando estaba en el secundario lo único que quería era que termine para venir acá. Y cuando llegué, la ciudad se me vino encima, pero de una manera… La pasé como el culo pero zarpado, zarpado. Tenía ataques de pánico. Pero me quedé y me quedé.
El CBC [el Ciclo Básico Común constituye el primer año de todas las carreras de la Universidad de Buenos Aires (UBA)] fue extraordinario. Fue muy disruptivo en relación a la secundaria. Yo estaba recontra verde y me encantó. Me encantaban los profesores, las materias, los contenidos. Me chupaba un huevo que no tuviera que ver con la Abogacía. Después un montón de veces pensé en dejar la carrera, pero en ese momento, si empezaba algo, lo terminaba.

MC: -Dijiste que se te vino la ciudad encima. ¿Qué es lo que sentías?

LP: -Tenía una sensación de soledad extrema, muy profunda.

MC: -¿Dónde vivías?

LP: -Vivía en un departamento, en un edificio que era un desastre. Los vecinos de arriba se mataban las 24 horas del día.
Igual, hay otros pibes a los que no les pasa esto. No necesariamente uno llega y la pasa así de mal. De hecho, si bien en ese momento la pasé como el culo, después me adapté y seguí estudiando. Y hoy no me imagino viviendo en otra ciudad de Argentina.
Recuerdo lo hermoso que fue tener antropología en el CBC. Después en un momento empecé a estudiar Sociología, y me encantaba. Pero en aquella época me bancaban mis viejos, así que empecé a laburar porque me sentía re culpable. Y dejé Sociología, se me hacía muy cuesta arriba con el trabajo y las dos carreras.

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Fotografía: Pablo Piacentini
MC: -Empezar a trabajar tenía que ver con sentirte independiente, ¿no?

LP: -Siempre fue clave esta cosa de que si no era independiente económicamente, a la larga o a la corta, mis viejos incidían, digitaban. Así que empecé a laburar en un estudio. No me gustaba para nada, pero me pagaban algo y yo pensaba que tenía que probar distintas cosas.
En retrospectiva y pensando por qué no deje antes la carrera, capaz que yo estaba bastante acostumbrada al malestar o a sentir que no encajaba, pero pensaba que era yo. “Me siento como el culo en Buenos Aires, me siento como el culo en la escuela… ¡Soy yo, no son los lugares!”, pensaba. Supongo que eso tuvo mucho que ver con no haber largado antes la profesión.
Cuando aún estaba en la facultad de Derecho, tuve otro laburo en el que mi jefe me acosó. Fue tremendo para mí. No me violó, me quiso dar un beso y ni siquiera lo hizo, pero para mí fue… No me imagino lo que debe ser una violación. Es increíble cómo operan estas experiencias. Yo tenía 21 años y me preguntaba si había sido yo la que le tiré onda. Y el chabón tenía 50, dos hijos. Una cosa espantosa. Me acuerdo que lo hablé con mi hermana y mi novio, que me dijeron que renuncie. Y eso hice. Lo más impresionante fue que cuando caigo a la UBA, en una materia de derecho laboral, cuento eso y las pibas empiezan a contar. Todas tenían una historia. Todas. A mí eso me hizo estallar la cabeza. Y de hecho en el siguiente laburo que tuve, nos teníamos que turnar con mi amiga para no dejar sola a la secretaria, porque el jefe se la encaraba, como lo más normal del mundo.
Esto fue casi en el 2000, y todavía no se hablaba de estas cosas.

MC: -Ahora sí se puede hablar.

LP: -Claro. ¡Hoy existen las redes sociales, antes no había ni Facebook!
Tiempo después, un fin de semana viajé a Junín y una amiga, que estaba en una fábrica, me dijo que estaban buscando un abogado. ¡A los veinte días estaba en Junín!
No sé si fue una idea maravillosa, hoy me relaciono bien con eso, pero no sé estuvo bien. Me acuerdo que me volví, y en diciembre explotó el país.

MC: -Ahí tenías 24 años. Aún tenías mucho para aprender.

LP: -Tenía muchas certezas que ya no tengo, muchas seguridades que por suerte perdí: esto de pensar que las cosas son de una manera.

MC: -Cuando te volviste a Junín, ¿con qué personas te relacionabas? ¿quiénes eran tus amigos?

LP: -Mis amigos de acá muchos eran de la facultad y el laburo. Después tenía mis amigas de hockey.

MC: -En esa vuelta a Junín conociste a quien después fue tu marido.

LP: -Él trabajaba en una empresa en Saladillo y lo conocí laburando. Después me fui a vivir allá y me casé. Estaba cerca de Junín, a 160 kilómetros.
Me parece que fue hace cincuenta años, no te puedo explicar. Siete años estuvimos juntos. Yo tenía 33 o 34 cuando me separé.

Lala-IMG_1092_editedMC: -¿Pensaron en tener hijos?

LP: -¿Me harías esa pregunta si yo fuera un chabón?

MC: -Te pregunto en el marco del matrimonio, si no tuvieron esa conversación.

LP: -Cuando recién nos casamos estaba eso de: “Ahora tenés que tener un hijo”. Tuvimos el deseo, lo intentamos y no sucedió. Y a mí la verdad es que no me interesaba insistir de ninguna manera. Es un tema que reviso constantemente, pero en ese momento dije “por ahora no”. Y después nos divorciamos.
Mientras estuvimos casados la pasamos bien, no teníamos temas ni conflictos, ni la necesidad de que venga un pibe y nos completara algo. Fueron mis años de estudiar la maestría y la especialización. Y es re heavy una especialización, te consume; es intenso porque estás dos años alienada con eso. Yo me re aliené, pero tengo el recuerdo de que estuvo bien. Tengo ese registro de aquel tiempo, aunque yo soy muy optimista, siempre le encuentro algo nutritivo a las cosas que reviso.

MC: -De todas las experiencias se aprende, incluso más de las malas.

LP: -Yo no creo en la idea del fracaso. Creo que es un concepto capitalista y mercantilista. Yo creo en que uno atraviesa experiencias y no hay una cosa que sea el fracaso en sí misma. Es el nombre que vos le pusiste a eso. El budismo dice que nada es algo en sí mismo, nada es ni bueno ni malo. Es lo que te pasa en un momento, y que lo resignifiques como un fracaso tendrá sus consecuencias. Por ejemplo, cuando me vine acá a estudiar, la pasé como el reverendo ojete, pero la verdad es que salí reconstituida. Y también cuando me divorcié estuve un tiempo en el fondo del mar. Y fue necesario ir a ese lugar de mierda. Claramente hoy no sabría muchas cosas que sé sobre mí, y que me permiten estar mucho más contenta conmigo misma, si no hubiera estado ese tiempo en el fondo del mar. Tampoco sabría hoy que puedo volver a caer. Hoy sé cómo es el camino que me lleva hasta ahí y también cuál es el camino para salir.

MC: -Siguiendo con lo que decías del budismo, que nada es bueno o malo en sí, parece claro que el divorcio no fue un fracaso.

LP: -Capaz me hubiera divorciado antes si no hubieran pasado esos cuatro años de estudio de especialización. Porque fue cuando terminé que me pregunté: “¿Y ahora qué hago?”. Antes de eso, quizás no me estaba haciendo las preguntas que me tenía que hacer. Pero cuando terminé la especialización, sentía que no podía volver a Saladillo a vivir la semana entera y trabajar en el estudio (para ese momento yo ya tenía mi estudio y asesoraba a empresas).

MC: -¿Qué te movía a estudiar y seguir especializándote?

LP: -Creo que tenía que ver con la sensación de “me siento como el culo y estudio algo”. Hice un posgrado, me gustó aprender cosas nuevas y medirme con otros. Me fue re bien en esa maestría. Hasta publiqué cosas e hice trabajos premiados. Y después, cuando terminé la especialización en impuestos y negocios, me dije: “Si esto es todo, me pego un corchazo”.

MC: -Habías completado todos los casilleros.

LP: -En ese momento estaba haciendo la admisión al doctorado, que finalmente no hice. Tiene que ver con no parar a hacerse preguntas. Quizás me las hacía y no les encontraba una respuesta.
Lo que más me costó descubrir fue que mi sensibilidad no era un problema. Por que hasta ese momento -después de veinte años de terapia, trabajando sobre mi sensibilidad y mi incomodidad e insatisfacción con el mundo- pensaba que el problema era yo. Me costó mucho darme cuenta que mi sensibilidad en realidad era mi potencia, que yo podía hacer algo interesante con eso y que ahí había una clave para mí. Y que si yo conectaba con eso, y lo ponía en juego, iban a pasar otras cosas. Reconocerlo, habilitarlo y moverme del lugar. Lo hice porque no podía hacer otra cosa. No es que me dí cuenta racionalmente. Era como “no va más. Si no me voy de acá, me pego un tiro”.

MC: -Fue algo natural.

LP: -Tengo el recuerdo de una escena: me habían dado un premio y cuando volví a mi casa, tuve la sensación de: “Ajá, y ahora, ¿qué onda? Si esto es así, no hay nada que me conecte. Si la vida es esto, es una reverendísima mierda”. Y no tenía la más puta idea de para dónde salir, de si había otra forma de habitar el mundo y habitarse uno. Eso a mí me llevó muchísimo tiempo y esfuerzo.

MC: -Me acuerdo ahora de una charla que diste, que se llama “Animarse a andar en bolas”, de la que pude ver el video. Hablás de sacarse la ropa de siempre. Y, metafóricamente, andar en bolas un tiempo y después probar ropa nueva. Por lo que entiendo, el momento que me estás contando, es el tiempo en que decidiste sacarte la ropa y andar en bolas.

LP: -Ese fue como el final del proceso.

MC: -Cuando sentiste “Hasta acá llegue”, todavía te faltaba sacarte lo que tenías hasta ese momento.

LP: -Pero no fue que salté al vacío de golpe.

MC: -No, pero te fuiste nadando hasta el fondo del mar.

LP: -Emocionalmente, sí. Pero sentía que necesitaba tener ciertos apoyos. No podía irme a la nada misma, porque no iba a poder sostenerme materialmente. En ese estado en que me encontraba, no podía quedarme sin ingresos, porque iba a ser suicida.

MC: -El sistema impone que tenemos que tener plata para comprar comida, vivir y demás.

LP: -Hubo una decisión de “esto no es”, y madurar hasta que fuera otra cosa. Es muy impresionante darse cuenta de toda la energía que pone uno cuando hace algo. Y cómo, cuando retirás esa energía, eso empieza a morir de alguna manera. Y después, finalmente, cómo esa energía humana puesta en otra cosa hace que eso otro nazca.
En el momento de la charla “Animarse a andar en bolas”, yo estaba haciendo el curso El mundo de las ideas. ¡Y yo no pensaba hablar! Sólo tenía la sensación, apenas una idea, de lo que me gustaría experimentar, pero no sabía adónde ir. Me sentía muy en bolas.

Lala-IMG_1100_editedMC: -¿Cuándo surgió la pregunta “¿Qué estoy haciendo acá?”?

LP: -Empecé a hacerme esa pregunta en la casa en la que vivía con mi marido. Ese “acá” era “acá” en todos los sentidos: acá con este chabon, acá en este pueblo, acá en este estudio. Y esa pregunta es la más importante de todas, porque es ahí donde la verdad se empieza a revelar. Esa pregunta linkea mucho con el tiempo: yo creo que no hay tanto tiempo para estar boludeando por los lugares.

MC: -Es verdad que no hay tanto tiempo, pero tampoco se da todo de un día para el otro.

LP: -No, más vale. Imaginate que yo ahí ya tenía 34 años. Pensaba: “es ahora”, pero nada se da en un instante. Una cosa es el plano de las ideas y otra cosa es el proceso. Todo lleva tiempo. Primero lo que uno empieza a percibir, y después cuando uno está preparado. Y eso lo sentís en el cuerpo. Si estás conectado con tu cuerpo, vos sabés cuándo es el momento de las decisiones, de que algo se terminó. Y a veces es el proceso es tan poderoso que las cosas suceden con una naturalidad inquietante.

MC: -¿Cómo fue tu proceso?

LP: -Es increíble cómo opera todo el sistema de ideas en una persona, ¿no? Esto de “vos sos lo que viniste haciendo, lo que los otros ven”. Yo pensaba: “¿cómo mierda te salís de ahí? ¿Quién soy yo por fuera de todo esto?”. Me explotaba la cabeza: “¿Quién carajo soy yo? ¿Qué quiero hacer? Todo esto que soy, desde la ropa que tengo hasta cómo tengo el pelo o las pelotudeces que compro, ¿lo deseo profundamente? ¿Quiero vivir acá? ¿Quiero tener un auto, un perro?”. Todo me preguntaba. Hasta boludeces: “¿Por qué uso reloj, por qué mierda hace veinte años que uso reloj? ¿yo quiero usar reloj?”. Bueno, así todo. Sentí en ese momento que necesitaba hacerme las preguntas y empezar a contestarlas con mucha honestidad, de a una, con calma, pero con paciencia y consistencia. Hice eso y lo sigo haciendo.

MC: -En lo concreto, ¿qué fue lo primero que hiciste?

LP: -A mí me sirvió irme de viaje. Cuando recién me separé, me fui sola. Hacía mucho tiempo que no me iba sola. Me fui a Montevideo. ¡Hacía un frío! Y me acuerdo que la pasé muy bien. Terminaba cada día leyendo en una librería al frente de la costanera. Me hizo muy bien.
Después me fui a Nueva York, que yo no conocía. Fui a ver cosas que quería ver, sobre todo arte. Hacía un montón que quería hacer ese viaje. Se me ordenaron muchas cosas en mi cabeza y con relación a mis emociones. Volví con la seguridad y con la certeza de que eso que estaba pasando, estaba bien.

MC: -Con la sensación de nuevamente vos tener las riendas.

LP: -No, porque no he vuelto a tener las riendas. Pero sí vivo con la sensación de que lo que pase va a estar bien. Es como un registro muy sutil de saber, en algún lugar de tu corazón, de tu energía vital (o como vos quieras llamarle), que lo que pase va a estar bien, aunque no sepas qué va a pasar.
Lo más importante en aquel momento era recuperar la sensación de paz. Era lo que más anhelaba. La paz que se aloja entre el pecho y la panza. Esa paz física no podía recuperar. No había manera de que me sintiera en paz. Estaba siempre con esta cosa en la cabeza de “¿Cómo voy a hacer? ¿Cómo va a ser mi vida?”, y preguntas que te hacés mil veces sin encontrar respuestas. Creo que algunas de las cosas que dije en la charla “Animarse a andar en bolas” me sirvieron un montón para recuperar la paz. Las cosas que yo me dije a mí misma. Poder decir “no sé” y sostener la duda, y habitar la duda, fue muy aliviador. De ahí para adelante siempre me voy a valorar eso.

 

 

MC: -En esa charla decías que hay que aprender a decir “no sé” y “por ahora”. Que eso es andar en bolas.

LP: -Es re lindo. Ahora me lo apropié mucho. Es una forma de vivir y después puede convertirse en un mantra. No me quiero hacer la superada, pero es bastante más honesto decir “por ahora”, porque si no, estás saliendo de una cajita para meterte en otra. Ahora, ¿qué se yo qué soy? Mi cabeza cambia permanente, mi percepción de las cosas también. Yo me siento distinta, vivo experiencias que me hacen revisar las cosas y no pienso igual que antes. Lo que más me gusta que me pase es pensar distinto, conocer gente que me haga revisar lo que venía pensando y decir: “No pienso más como pensaba”. ¿Y cuál es el problema? Me di cuenta de que quiero vivir así.

MC: -Es estar siempre descubriéndote a vos misma.

LP: -Ponerte vos en el centro de tu vida y aceptar que, en los términos en los que se piensa a las personas, todo es duda. Cuando alguien me pregunta cómo me veo de acá a cinco años, yo respondo: “No tengo ni idea”. Pero no porque yo sea una pajera que no me pongo a pensar, o porque sea re volada; no tengo ni idea porque de verdad creo que me van a ir pasando cosas que van a hacer que lo que yo te diga ahora, después cambie. Entonces ni siquiera me interesa pensar en eso. Lo que sí sé es lo que quiero que pase con lo que estoy haciendo ahora.
Estoy convencida de que esta manera de habitar el mundo, donde vos te permitís estar poroso y expansivo, y tener registro de las cosas sutiles y de las demás personas, es una nutrición constante. De ahí viene lo que te alimenta y lo que va a ser en el futuro. Ésta es mi manera de habitar el mundo y de habitarme a mí misma. Y para mí es un montón, comparado a lo que podía decir en el pasado. Me permite abrazar mi sensibilidad y hacer de eso algo potente y valioso, cuando antes la sentía como algo patológico. Yo ya gané. Todo lo que hago hoy tiene que ver con mi sensibilidad, y antes todo lo que hacía era tratar de tapar eso, que era algo de lo que podía hablar solamente en un ámbito terapéutico. Es muy distinto. Es muy diferente esta manera de vivir. Es radicalmente opuesta.

 

> Parte 3 | Final: Cambiar la piel

 

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