Mujeres que no fueron tapa: Lala Pasquinelli I

Por Mauricio Caminos.
Fotos por Teresa Mir.
Fotos de obras y talleres, gentileza de Lala Pasquinelli.


MC: -En tu charla de TEDx, contaste que a los seis años descubriste dos cosas: cómo era el mundo de las nenas y los nenes, y las revistas. ¿Cómo identificaste el centro de tu trabajo?

LP: -Para esa charla me pusieron un couch. Yo quería alguien que no me conociera ni supiera nada de lo que yo estaba haciendo, y me tocó Diego Golombek, que es científico. Me hizo muchas preguntas, entre las que estaba el por qué que estaba detrás de eso sobre lo que yo iba a hablar. Y mi primera respuesta, media armada, fue: “Bueno, porque creo que esto es injusto, por cómo impacta a las mujeres y porque me pasa a mí”. Entonces Diego me pidió que tratara de ver en lo más profundo desde dónde me venía esto.
Ahí empecé a hacer memoria, y es un recuerdo súper fuerte que viene de cuando me mudé del pueblo a la ciudad. Y mirá que yo tengo una memoria súper crítica sobre los pueblos. Viví varias veces en pueblos y me parecen horrorosos. Pero del pueblo donde nací, y de esa época, tengo una mirada más romántica y poética, me quedó la sensación de libertad.

Lala-IMG_0972_editedMC: -¿Cómo era La Emilia, el puedo donde te criaste?

LP: -Es un pueblito en el norte de la provincia de Buenos Aires. Ahora debe tener cinco o seis mil habitantes. Imaginate en esa época, era muy chiquitito. Ahí vivían mis tíos, mis primos, toda mi familia.
El pueblo se creó en torno a una fábrica textil que pusieron unos gallegos. Después la fábrica se fundió, pero el pueblo quedó. Mis viejos laburaron en esa fábrica textil: mi papá en la parte de fabricar las telas y mi vieja en la administración. En un momento, mi viejo con el hermano -y supongo que con el cráneo de mi vieja, que es un tren- se pusieron una tornería. Laburaron para Somisa, que ahora es Siderar, que por entonces era del Estado. Y en el 80 Somisa se fundió, o no sé qué pasó, y como ellos eran contratistas, no tuvieron más laburo. Mi vieja había empezado a trabajar como modista, al igual que mi abuela, y estábamos re cagados de hambre. Me re acuerdo de esa época, tengo mucho registro de la preocupación.

MC: -Eras una niña. ¿Qué te acordás de lo que veías en la familia?

LP: -Me acuerdo que escuchaba las conversaciones, y mirá que yo tenía cinco años. Hubo una conversación en particular: como mis viejos no tenían laburo, había que moverse; teníamos que irnos para otro lado. La conversación era sobre una propuesta de trabajo que les había surgido en Río Grande. Imaginate, en esa época eso era en la concha de la lora. Yo tenía mucha curiosidad, mis viejos me contaban que ahí había nieve y que hacía frío. Yo no conocía la nieve así que para mí era un flash, estaba todo buenísimo, era como una aventura.
Pero no fuimos a Río Grande. Terminamos yendo a vivir a Junín, porque mi abuelo dijo que nos vayamos a vivir ahí. Él tenía una panadería. Yo lloraba porque no quería ir a Junín, porque ya conocía. ¡Yo me quería ir a vivir a la nieve!
Y fue un shock. No me gustó para nada. Los compañeros de la escuela eran re malos. Yo tenía cinco y empecé a la mitad del jardín en Junín.

MC: -¿Era muy diferente al jardín de La Emilia?

LP: -Yo en el jardín del pueblo era como una celebridad. Mis viejos colaboraban mucho con el jardín. Me acuerdo que un día íbamos por la ruta en el Citröen 2cv de mi viejo y había una víbora muerta gigante. Entonces mi viejo paró, levantó la víbora, la pusimos en formol y caí a la escuela con la víbora. Era como…

Lala-IMG_1095_editedMC: -¡Como un evento!

LP: -¡Claro! Era una escuela pública y además la única escuela del pueblo. Entonces caer al jardín en Junín, en una escuela católica, a la mitad del año, era una película re distinta. Todos los pibitos ya venían del jardín juntos y yo era una piba de afuera, de un pueblo… Una cagada. La verdad es que no la pasé bien ahí.
No entendía los códigos. Las pibas te decían: “quiero ser tu amiga”, y después al rato: “ya no quiero ser tu amiga”; y a mí se me rompía el corazón. Y no lograba entender por qué. Era como que había algo que yo tenía que hacer para ser aceptada, que ya estaba pre establecido y que a mí no me salía. Y me pasaba esta cosa de las nenas y los nenes. Yo no estaba acostumbrada a jugar a las muñecas adentro de mi casa. Tenía mucha más calle, otro tipo de juegos, jugaba con mis primos y con otros varones también.

MC: -¿A qué jugabas?

LP: -A andar en bici, a la pelota, a la mancha, a las escondidas. A todo lo que se juega afuera. Y en Junín no había esos juegos. En el jardín había rincones: el rincón de la mamá, de las muñecas, de las herramientas y de no sé qué pelotudez.

MC: -Todo muy estructurado.

LP: -Era terrible. Creo que no estuvo bien. Teníamos misa todos los días. O sea, no. ¡No!

MC: -¿Y el descubrimiento de las revistas cómo fue?

LP: -En la panadería de mi abuelo había un kiosco de revistas en la puerta y yo permanecía mucho tiempo ahí. Me llamaba mucho la atención. Yo empecé a leer con el Pato Donald, Tribilín, Mickey, todas revistas de esa época. Tenía cantidad. Vivía ahí.
En el año 82, cuando yo tendría unos ocho o nueve, volvió la democracia y empezó a haber algo que la gente llamaba “el destape”: volvía el teatro de revista y la desnudez de los cuerpos. Se hablaba de eso. Yo lo hablaba con una amiga y mi hermana. Y me acuerdo de una tapa donde salía Moria Casán con plumas, conchero, las tetas y las tiritas que le tapaban los pezones. Era la conversación de ese momento. Igual que ahora, pero ahora a nadie lo azora.

MC: -En ese momento, después de la dictadura, era disruptivo.

LP: -Era algo que volvía. Qué inocente pensar que la desnudez del cuerpo de la mujer tiene que ver con algo de la libertad.

MC: -Somos libres, y está la desnudez.

LP: -Claro, qué raro, ¡qué inocentes las minas!. Seguramente inocencia no, pero había algo. Digo: las que se ponían en bolas eran las minas, no los tipos. Es simple. Igual pasa hoy. Sólo que ahora está absolutamente naturalizado.

 

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MC: -Muchos años después, la idea de hackear revistas apareció cuando estabas buscando algo. ¿Qué buscabas?

LP: -Estaba buscando imágenes de mujeres reales para hacer un collage, una señora como las que andan por la calle, o mi vieja. ¡Y no aparecían! Entonces empecé a mirar la gráfica de moda. Yo soy mina y en la adolescencia sufrí esto en carne propia: todo el quilombo que tenes con el cuerpo en esta referencia de vos con los medios, las modelos, hacer las quichicientasnoventaycincomil dietas. Hasta los veintipico tuve mucho mambo con el cuerpo, con la gordura, la flacura, el culo y ver que tu cuerpo no tiene nada que ver con el que tiene que ser. Esto de editarte analógicamente el cuerpo es muy violento.

MC: -Lo habías vivido en carne propia.

LP: -Yo llegué a hacer ayuno en la época de la escuela católica. Ahí el ayuno estaba muy bien visto como práctica. Hay cierta perversidad en eso, ¿no? Me acuerdo esto de ayunar para ir a comprar un jean, para que te entre un 36 en vez del 38. Una cagada. Con mis amigas estábamos en la misma. ¿Sabés la energía y las horas de la vida que se fueron ahí? Es mucho tiempo con la cabeza en eso.

MC: -Y lo viste más claro cuando miraste las tapas de revistas.

LP: -Ahí todo aquello se revivió. En ese momento me apareció esto de las tapas porque me llegaba La Nación Revista y me di cuenta de que también mostraban tipos en la tapa. Pero los hombres que muestran son todos distintos, mientras que las minas son todas iguales. Y las conversaciones, los títulos: de las minas siempre hay alguna referencia a la familia, al marido, a la maternidad, cuando los tipos siempre hablan de algo profesional.
Ver minas en pelotas en publicidad y en las tapas de revistas siempre me pareció una forrada, pero nunca me había dado cuenta hasta qué punto eso formaba parte de un mensaje mucho más agresivo. Cuando vi que los tipos salían todos vestidos, con una gestualidad natural y sin retocar, ahí se me terminó de armar el mensaje. La clave está en la acumulación de imágenes. No nos damos cuenta de que las recibimos porque las vamos viendo de a una. Pero cuando las ves todas juntas, te das cuenta. Y en la moda las minas aparecen así: rasgos de extrema delgadez, apatía -no hay sonrisa-, maquillaje plano, los huesitos que se ven, los brazos caídos, los hombros para adelante. O lo hipersexual: la mina medio en bolas y la gestualidad sexual como una invitación al consumo del cuerpo. Y punto. En el medio no hay nada, ni otras minas ni otra gestualidad.

Lala-IMG_0909_editedMC: -Me decís que leías La Nación Revista, ¿qué otras revistas consumías vos?

LP: -No compraba esa revista, fue muy azaroso. Yo vivía con mi hermana y ella estaba suscripta a Club La Nación. ¡Olvidate, yo nunca podría haber comprado ese diario! La única revista que compré cuando era estudiante era El Planeta Urbano, que me gustaba mucho. Pero hace un tiempo hice un video para Mujeres que no fueron tapa con esa revista y me pasó lo mismo, me decepcioné. Fue como cuando se te cae un súper héroe de la infancia.

MC: -Cuando empezaste a hackear revistas, ¿sabías qué pasaría con eso?

LP: -No, era eso nada más, estar ahí haciendo, que tiene mucho que ver con hacer sin importar para qué. Tenés una idea, hacé. Para mí fue hermoso hacerlo en ese momento. Yo tengo el registro físico de algunas de estas obras en el momento de hacerlas. Por ejemplo Lucía [y señala el cuadro de uno de sus collages] y la curva que tiene en la espalda: recuerdo mirar a otras mujeres y ver la espalda y tener esta sensación cuando iba haciendo la forma. Fue de mucho placer. Y ya. En ese momento era sólo eso. Y cuando las iba haciendo pensaba quién sería esta mina y de qué hablaría.
Después vino lo otro, hacer una muestra y empezar a tener más exposición. Inicialmente era hacer algo en lo que creo. Yo no sabía si a estas obras las iba a mostrar alguna vez.

MC: -En aquel momento, ¿ya había explotado el grito Ni Una Menos?

LP: -Es altamente probable que el contexto ayudara. Mi proceso no se dio sólo a nivel inconsciente.

MC: -¿Cómo llegaste a pensarte como mujer?

LP: -Ahí se me cruzan un montón de caminitos. Cuando era chica yo jugaba al hockey en un club bastante humilde de Junín. Bueno, eso fue muy importante. Tener mi equipo de mujeres (como debe ser el fútbol para los varones) me permitió tener una relación super power con otras mujeres, una relación muy profunda, intensa y amorosa. Después, siempre hice cosas con mujeres, mi primer estudio fue con una socia mujer. El entramado de las mujeres me resulta muy orgánico, es un mundo muy natural para mí. En un momento armé un grupo en Facebook con pibas, algunas amigas, de la facultad, de todos lados, que teníamos intereses en filosofía, arte, música, feminismo, etcétera.
Mi aproximación al feminismo fue también a través de la literatura. Leí a Simone de Beauvoir y me abrió la puerta. “El segundo sexo” es alucinante porque está escrito en 1949 y lo que dice es aún tan vigente que se te pone la piel de gallina. Después empecé a leer otras cosas y se me expandió el universo conceptual.

Lala-IMG_0926_editedMC: - Por lo que compartis en tus redes, veo que también te pegó el libro “Mujeres que corren con lobos”.

LP: -Me marcó muchísimo. Como todos los libros, tiene planteos con los que acuerdo y otros con los que no. Se nutre de cosas que me interesan mucho: la naturaleza, lo espiritual, la búsqueda hacia adentro.
El libro trabaja los arquetipos a través de los cuentos infantiles, y hace un rastreo por muchísimas culturas de todo el mundo y encuentra que estos cuentos aparecen de distintas maneras en todos lados, pero con las mismas raíces. Y trabaja cómo eso está presente en la psique de todas las mujeres. Clarissa Pinkola Estés [la autora] dice que a todas las mujeres nos habita la mujer salvaje, que es la mujer que no resiste ser encasillada en todas las cárceles en que la cultura va poniendo a los mujeres. A mí me habla porque hay mucha cuestión ancestral y porque dice que el camino es hacia adentro, más que hacia afuera.
Son distintos planos: la teoría feminista y la conversación en este libro. Y es algo que a mí me pasa mucho con el proyecto, en donde trato de integrar esta tensión; a veces puedo hacerlo mejor y otras veces no. Porque es necesario hablar de las injusticias e inequidades, yo lo hago, pero también siento que eso no alcanza si la mirada no es hacia adentro, si yo no me desarmo, si no me hago las preguntas que me tengo que hacer. ¿De qué sirve que yo te diga: “Mirá qué hijos de puta, cómo muestran a las minas en bolas”, pero después agarro el teléfono, me sacó una foto mostrando las tetas y la pongo de perfil? No. Siento que quizás hay mucho de eso. Es mucho más fácil señalar con el dedo, pero ¿cuál es mi contribución a modificar algo, cuál es la reflexión? Si no hay reflexión, no hay transformación. Y este libro me gustó tanto porque es como uno de esos pequeños mapas que podés tener para hacer el camino hacia adentro.

MC: -¿Cómo te llegó el libro?

LP: -Una amiga me lo regaló en un momento en el que yo estaba muy triste, hará cinco o seis años. Y a partir de ahí no dejé de regalarlo a todo el mundo.
Es increíble cómo las cosas llegan en el momento que tienen que llegar. Porque la verdad es que ese libro me había llegado antes por mil lugares y nunca le había dado bola. ¡Y en ese momento lo leí como si fuera la Biblia!

MC: -En Mujeres que no fueron tapa trabajás con el collage. ¿Por qué elegiste esa técnica?

LP: -Estas obras las empecé a hacer en septiembre de 2015. Las iba compartiendo en Instagram, por ejemplo, súper tranqui, como ahora que estoy experimentando en collage. Siempre me pasa que el dibujo es un límite para mí: me encantaría saber dibujar. Pero en el collage encontré una posibilidad de dibujar sin dibujar. Encontrarme con el collage fue extraordinario. Me permitió hacer cosas más figurativas, de hecho llegué a hacer hasta parejas, como dos chaboncitos.

MC: -¿Cuándo pasaste a la acción con los talleres?

LP: -La primera acción que probé fue con nenes. Lo hice en el Centro Cultural de Brasil, que me invitaron. Y después, el primer taller ya conceptualmente armado fue con mujeres amigas, y amigas de amigas, en Villa Crespo. Estuvo re cerca de lo que hago ahora. Después fui ajustando cosas.
Lo más importante fue cierta confianza en la persistencia. Cuando vas contra la corriente y salis del camino por donde todos van, el mensaje siempre es que el que está mal sos vos. Pero cuando tenés algún resultado lindo, cuando tu acción resuena en otros, y de alguna manera encontrás tu voz, ahí hay algo de confirmación en tu nuevo rumbo. “Dale, tanto no la cagaste. Calmate un poco, bajá la ansiedad”, te decís.
Yo lo sentía en la panza, y cuando lo siento de esa forma, entonces está bien. Si me pasa eso, me lo respeto. Porque si no, tardás mucho en dar toda la vuelta. Creo que se trató de bancar eso que sentía y tener la paciencia.

 

 

MC: Quiero volver un rato a tu infancia. ¿Cómo te llevabas con tus viejos?

LP: -De mis viejos, en mi infancia, recuerdo los libros. Mis viejos me regalaban muchos libros antes de que aprendiera a leer, y cuando aprendí a leer, más todavía. Hasta libros en cassette.

MC: -¿Eran muy cultos ellos?

LP: -Eran gente súper sensible. Les gustaba mucho la música, la literatura. A mi abuelo también. Siento que en aquel tiempo, como otras veces después, lo que me rescató del malestar, de no entender y no saber dónde ubicarme, fue la literatura.

MC: ¿Qué autores o géneros te gustaban más?

LP: -Leía cualquier cosa. En esa época existía la biblioteca juvenil Billiken. Eran los clásicos de la literatura en formato bien pocket. Y leía cualquier cosa, hasta cosas que no entendía. Mis viejos tenían muchos libros y yo era muy curiosa, siempre fui muy curiosa. Enseguida detecté lo que a mi viejo le interesaba y que a mí me gustaba. Era algo sobre lo que podíamos hablar. Y eso me resultó interesante. Yo quería leer los libros que le gustaban a mi viejo. A él le gustaba Julio Verne, la ciencia ficción, cosas que ya hace muchísimos años que no leo, pero que en esa época leía porque quería que me gustara lo mismo que a mi papá.

MC: -¿Algún libro en particular?

LP: -“Alicia en el país de las maravillas” y “Detrás del espejo”. Me acuerdo los de aventuras de Sissi emperatriz. Esos libros me encantaban.
Después mi vieja empezó a comprar una biblioteca juvenil que tenía libros zarpados. Llegaban directo a casa, en esa época no íbamos a la librería. Y yo tenía desesperación porque llegaran esos libros. Me encerraba a leer y no podía parar. Era bastante compulsiva la relación con la literatura. Sigue siendo así aún hoy. Es como que no puedo salirme hasta que no se termina. Y cuando termina es una tristeza tan grande, me quedo como: “¡Yo quiero seguir ahí! ¿Por qué no sigue?”.
Esa colección fue impresionante porque había autores contemporáneos, no eran como los clásicos de Billiken. Había escritores del mundo, franceses, alemanes, de todo; literatura para jóvenes, niños, adolescentes. Y yo tendría ocho o nueve años, pero recuerdo que me sirvió un montón leer esos libros. Había algunos que eran alucinantes -me acuerdo como si los estuviera leyendo hoy-, y otros muy sensibles. Había protagonistas que eran pendejos que la pasaban como el orto y te contaban cómo ese pibe se encontraba, cómo podía armar algo con eso.

Lala-IMG_1088LP: -Te sentías muy identificada.

LP: -Sí. En ese momento fue re útil para mí, para sostenerme.
Había uno, “El pequeño Nicolás”, de René Goscinny. Eran varias historias. Recuerdo una de una nena, en la que se moría alguien de su escuela. Era terrible de triste el libro, y estaba bien igual.

MC: -En definitiva, son cosas que pueden pasar, y que, de hecho, a vos te pasaban.

LP: -Exactamente. Yo tenía mis profundos dolores. Mis profundas tristezas de esa época.
Además pasó otra cosa: cuando fuimos a Junín también fueron mis tíos y mis primos. Se quedaron dos años y después se volvieron. Eso fue heavy. Recuerdo estos libros porque coinciden con el tiempo en que mis primos se fueron.
La literatura siempre está ahí. Me acuerdo de que en un momento la estaba pasando como el orto, hace unos años, y tuve un sueño: me internaban en un psiquiátrico. Era muy gracioso, tenía chaleco y estaba re loca, pero iba tranquila porque estaba llevando mis libros.
Te diría también que la literatura es un lugar de rescate. Más allá de que es un lugar donde te podés sentir bien, también es una herramienta para entender que lo diverso existe de múltiples maneras en múltiples lugares. Te encontrás con historias de personas que la pasaron como el culo y de otras que la rompieron. Y esa diversidad que uno quizás no la registra en el momento, ahí está presente. Y es interesante. Para mí es una fuente de alivio.

 

 

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