Literatura e intimidad: Silvina Giaganti II

Por Leandro Moscardó.
Fotos por Teresa Mir.
Producción Bellén Gulli.


Carolina

LM: -¿Quién fue tu primer amor?

SG: -Carolina. La conocí por 13/20, que era una revista para adolescentes. En la contratapa había un espacio para que los lectores escribieran buscando gente para cualquier cosa, como "busco gente para armar una banda de death metal" o "busco gente que le guste el folk". Bueno, y una chica escribió que buscaba chicas para conocer.

IMG_6983_editedLM: -¿Ella es la de Canción Animal?

SG: -Es ella. Había dejado una dirección, entonces le escribí una carta y la llevé al correo. No existía Internet y ni en mi casa ni en la suya había teléfono. Nos empezamos a mandar cartas, que no existen más porque me las tiraron todas. Me gustaría haberlas conservado, para saber qué nos decíamos a los catorce años. Pero bueno, arrasaron.
En un momento, en una carta pintó algo como "¿Hablamos por teléfono algún día?", entonces quedamos y cumplimos: yo esperé el llamado en la casa de mi tía y ella me llamó desde lo de su abuela. Y quedamos en vernos un sábado en el microcentro. Recuerdo que ahí empecé a mentir, porque cuando estás en medio de esa situación y sos chico, tenés que mentir para justificar esas cuatro o cinco horas que estás fuera de tu casa. Bueno, la cosa es que nos sentamos en una plaza, una al lado de la otra. No me acuerdo de qué hablamos. En la plaza había gente haciendo cualquier cosa, juegos de niños, no sé. Y había sol. Nos quedamos hablando, supongo que de lo que nos convocaba, de qué nos pasaba con eso que sentíamos.

LM: -Se estaban viendo las caras por primera vez.

SG: -Después nos confesamos por carta que "vos me gustas" y que "vos también". La segunda vez que nos vimos fue en la presentación de Canción Animal en Vélez, en el '90, y ahí nos dimos un beso. Después nos empezamos a ver en los fines de semana, los sábados a la tarde en el Parque Thays, donde estaba el Italpark. Nos encontrábamos ahí y nos quedábamos toda la tarde dándonos besos.

LM: -¿Y cómo las descubrieron?

SG: -Yo me mandé una.

LM: -¿Qué hiciste?

SG: -Yo quería estar con ella y ella conmigo, pero ¿qué pasaba?: a los catorce años no sos propietario ni alquilás. Entonces no había lugar. Pero mi tía se había ido de vacaciones a Mar del Plata y le había dejado las llaves a una amiga. Así que yo llamé a esa amiga y le dije que necesitaba las llaves para sacar un colchón de la casa, que era mío. ¡Todo mentira! Esta persona me da las llaves y hago una copia. Ya con las llaves, quedamos en un día de semana en encontrarnos en el Parque Thays e ir juntas a la casa de mi tía, que quedaba a cinco cuadras de la casa de mis viejos. Y estábamos ahí, un poco más íntimamente que en el parque, y llega mi prima, que iba a chequear que todo estuviera bien. Entonces intenta meter la llave y había una llave del otro lado, la copia. No se iba, insistía y empezó a tocar timbre. Así que abrí la puerta y era todo muy raro, nada cerraba, menos que yo tuviese una llave, pero en ese momento ella no dijo nada, y llevamos a Carolina a la parada del colectivo. Más tarde, como a las nueve de la noche mi prima vino a buscarme. Me dijo "Vamos, subite al auto que tengo que hablar con vos". Entonces fuimos a pasear en auto, estacionó y me dijo "¿Qué pasa?". Y ahí le dije.

IMG_7068_editedLM: -¿Le contaste todo?

SG: -Sí, todo. Que me gustan las mujeres, todo. Ella se puso a llorar.

LM: -¿Y fue a hablar con tus viejos?

SG: -No, no les dijeron en ese momento. A la semana siguiente yo me iba a Mar del Plata al departamento en el que estaba mi tía, y Carolina también iba a Mar del Plata, con unas amigas y sus familias. Y habíamos quedado en vernos, cosa que hicimos. Todo hacía que la crisis vaya aumentando. Mi tía me preguntó quién era, pero mi prima ya había hablado con ella y le había dicho lo básico. Hubo un escándalo ahí en Mar del Plata, uno grande.

LM: -¿Y tus viejos no sabían todavía?

SG: -No, no sabían. Estaban acá. Cuando volvimos, empezaron a tomar medidas. Primero, tuve que dejar de ver a esta chica. Después, mi tía me empezó a pasear por centros de salud, hasta que dimos con un psicólogo y sexólogo con el que me empecé a atender. En realidad él fue muy bueno. Me dijo que estaba todo bien.

LM: -¿Fue el primero que te dijo que estaba todo bien?

SG: -Sí. No me lo dijo en esos términos, sino mucho más seriamente. Pero me dijo que no me preocupara, que no pasaba nada malo.

LM: -¿Y a Carolina no la volviste a ver más?

SG: -No. Nunca más.

LM: -¿Ni ahora con Facebook?

SG: -Nunca más la localicé. Lo intenté, pero desapareció del mapa. No sé qué pasó. No la vi más.


Literatura e intimidad

LM: -La industria cultural ¿te cuestionó y censuró o, por el contrario, te ayudó a abrirte y aceptarte?

SG: -Como te decía antes, la literatura infantil fue un refugio, porque a pesar de que eran historias adaptadas para niños, me hicieron sentir que podía dialogar con el mundo. Se me abrió un mundo con la literatura, que en mi vida, por la falta de comunicación, era algo que necesitaba. No sé qué tipo de nena o nene intentaban imponer, o con qué tipo de mundo ético intentaban moralizar. La literatura fue indudablemente un refugio que nunca abandoné.
Después pasó algo que para mí fue fundamental, que fue empezar a salir de Avellaneda y viajar al centro. Suena así muy viejo y como a tango, pero se me abrió un mundo mucho más estimulante cuando empecé a viajar a Capital. Por eso siempre resalto lo importante que fue para mí irme y lo importante que es para cualquiera irse del lugar dónde nació. Para determinadas personalidades es necesario irse. Empecé a leer, a escuchar música, a conocer gente diferente, a ir al teatro. Una referencia llevaba a la otra y se formó así como una familia de referencias. Supongo que eso me empezó a mostrar modelos culturales alternativos, aunque todavía estaba muy lejos de lograr mi autonomía, que tenía que ser bien concreta: adquirir la mayoría de edad, conseguir un trabajo, terminar el colegio e independizarme de mis padres.

LM: -¿Te acordás de alguna referencia en particular?

SG: -Pizarnik fue la primera que me rompió la cabeza, a los quince. Ella nos rompió la cabeza a muchas adolescentes de mi generación, nos interpelaba muchísimo. Yo sentía que Pizarnik decía lo que yo quería decir. Después comencé a leer a los rusos, a otros argentinos y a norteamericanos. Empecé a escuchar música que me transmitía una sensación de mucha libertad, especialmente la Velvet Underground, y comencé a salir a lugares donde las identidades sexuales eran un poco más novedosas respecto al mundo en el que yo habitaba. A los quince o dieciséis empecé a ir a un taller literario y pude leer a otros autores. Ahí también conocí a la segunda chica con la que estuve.
Fueron mundos que me abrieron la cabeza en ese momento, apenas comenzaban los ‘90. La música pop: Virus, Soda Stereo y la Velvet Underground. El Rojas y el Parakultural. Pude ver a Batato Barea unos meses antes que muera, en el Rojas con Urdapilleta y Tortonese. Fue shockeante. Y fijate que a medida que vas creciendo, ese efecto sorpresa ante lo realmente disruptivo, lo vas dejando de tener. Con Batato Barea me pasó eso, quedé shockeada al verlo. No sé si entendía bien lo que pasaba ahí en el escenario, pero yo sabía que quería estar cerca de eso, que era un mundo más afín a mí. Un humor corrosivo, tres tipos vestidos de mujer haciendo un humor bastante escatológico y con una gran libertad sexual.

IMG_7213_editedLM: -¿Qué te decían ellos? ¿Qué imaginabas a partir de verlos?

SG: -Que había otros mundos que se podían habitar y que yo no tenía que morir en Avellaneda, adaptándome o a una soledad extrema o a intentar estar con alguien que no me gustara. Y no hablo solamente de lo afectivo, sino que habían muchas cosas para hacer que no se me habían ocurrido.

LM: -Que había un mundo donde tenías un lugar y con el que podías estar de acuerdo.

SG: -Exactamente. Y relajada.

LM: -¿Es en ese momento donde contás que pasaste la parte más brava de tu adolescencia, en la esquina, abusando de las drogas?

SG: -Sí, es en ese momento. Es todo medio simultáneo. Yo creo que en mi adolescencia hubo mucho de venganza contra determinadas reacciones familiares. Aunque no de manera consciente. Lo de no ir durante un año al colegio fue un poco vengarme del autismo de mis padres, además de marcarles la cancha y mostrarles que yo era una persona capaz de hacer cualquier cosa y que no me importaba ni llevarme puesta a mí misma. Y después de la separación forzosa con Carolina, que empecé a ir a este sexólogo -o psicólogo, no sé-, que me acompañó mucho y me bajó muchísimo la angustia, yo igual volví a sentir que mi vida iba a ser muy difícil.
Tenía catorce o quince años y ya estaba muy cansada. Eso es lo que me pasaba. Y no podés tener esa edad y estar tan cansado, ¿entendés?. Sí, la adolescencia es una edad bravísima para cualquiera, pero cuando dejé de ver a Carolina, me di cuenta de que las cosas iba a ser de verdad cuesta arriba. Y creo que empezar a consumir drogas fue un poco para evadirme, porque las drogas son muy eficientes para eso. No sé si las drogas fueron una venganza, pero sí sé que fueron eficientes: me endurecieron el corazón, y yo necesitaba mucho un corazón endurecido, porque me decían que lo que yo estaba sintiendo era incorrecto. Entonces, la solución que encontré era no sentir y la cocaína fue muy eficaz para eso. Fueron un par de años de tomar todos los días, vorazmente. Quería que pasara el tiempo rápido y cumplir veinte años, porque pensaba que a esa edad se iba a solucionar todo.

LM: -¿Y cuán rápido pasó el tiempo en ese momento?

SG: -Cuando tenés que bloquear partes muy importantes de vos, el tiempo no pasa nunca.

LM: -¿Quiénes eran tus amigos?

SG: -Estaba como en una transición. Tenía a mis amigos del barrio, con los que me juntaba en la esquina a boludear y a consumir, que eran re buenos y nobles. Ellos eran estrictamente varones y teníamos todos la misma edad. Pero también, a partir de ir al taller literario en Capital, empecé a conocer a circular por otros lugares y a tener amigos más heterogéneos, quizás más afines a lo que yo necesitaba. Ya mi grupo del barrio me empezaba a aburrir, porque teníamos cada vez menos en común, más allá de que nos podíamos fumar un porro y tomar toda la noche, o que íbamos a recitales y compartíamos algunos gustos por bandas. Y claro que teníamos temas de conversación -porque eran mucho más afines a mí que mi familia, obviamente-, pero yo empezaba a sentir la necesidad de vincularme con otra gente, más que nada porque sentía curiosidad y porque en el fondo sabía que el camino no era dañarme, que no merecía eso para mí.

LM: -¿Por qué te referís a las drogas como un daño?

SG: -Porque las utilicé para tapar algo y para congelar el tiempo, como una herramienta para huir de ciertos temas que no podía resolver. La pasaba bien drogándome, no es que tengo una sanción moral con respecto a las drogas. No pienso que está bien ni que está mal drogarse. Pero yo las utilicé para poner en suspenso los temas que en esos momentos, por falta de cierta autonomía, no podía resolver. Pero la verdad, la pasaba bien. No fue lo mismo que no ir un año al colegio, me divertí bastante.

IMG_7169_editedLM: -¿Sufriste los problemas propios de la adicción o podías controlar el consumo?

SG: -Generalmente tomábamos los fines de semana, aunque también varias veces los días de semana. Y sí, hubo momentos horribles, de querer tomar y que no haya más plata. Pero también con los años me empezaron a pegar mal. Y tengo ese recuerdo de las drogas, de los últimos momentos en que me pegaban mal. Dejé de tomar sencillamente por eso.

LM: -¿A qué edad dejaste la cocaína?

SG: -Dieciocho, diecinueve.

LM: -Tempranito.

SG: -Sí, igual después empecé a tomar ácidos. Pero ahí ya estaba mejor. Igual hace muchísimos años dejé todas las drogas.

LM: -Me acuerdo de Pablo Ramos. Los dos son de Sarandí, con historias personales similares y literaturas que trabajan con una materia bastante cercana, que es la propia vida de cada uno.

SG: -Para mí fue todo un acontecimiento leer a Pablo Ramos. No me acuerdo a qué edad leí mi primer libro de él, Cuando lo peor haya pasado. Después leí todos, menos el último. Me impactó mucho La ley de la ferocidad. No había antecedentes en la literatura argentina sobre un escritor que escribiera sobre Sarandí. De hecho, es muy transparente y la casa que menciona en esos libros está a ocho cuadras de mi casa. Y habla del chico este que era el jefe de la barra de Arsenal, que yo conocía y con el que trataba. Habla de Arsenal, del barrio y del cementerio que estaba a cuatro de de la casa de mis padres. Pero además de hablar de gente conocida, de la Plaza de Supisiche, de la calle Magán, también habla de una familia entre contenida y violenta y de la falta de recursos de todo tipo. A mí me encantó muchísimo leerlo, fue como "Este tipo está hablando de mi barrio" y lo hacía en los términos como yo lo hablaría. No me sentí completamente identificada porque es la voz de un sujeto masculino, pero es muy acertado en ese mundo que construye de Sarandí.

LM: -¿Qué te lleva a mostrar tu intimidad en tu literatura?

SG: -Yo no sé si muestro del todo mi intimidad, porque ya escribir es un acto de mediación con la experiencia, es una reescritura, una edición manipulada de la experiencia. No sé si lo que muestro es la intimidad tal como me aconteció o como acontece. Pero es cierto que hay algo que me lleva a editar mi intimidad, supongo que es algo que excede a los fines de la literatura -diría alguien que lo desestimara-, que es como curarme de cosas. Curarme, entenderme, procesar, digerir y dejar atrás del mejor modo posible.
También la escritura me lleva a ver qué cosas están bien y qué están mal en mi vida, porque hay cosas sobre las que no puedo escribir y eso me advierte que hay algo que primero tengo que resolver, si eventualmente tengo ganas de meterme con eso. Pero creo que el fin de editar mi propia experiencia es procesar esa misma experiencia. No soy la misma antes de escribir que después de haberlo escrito. Me genera una capacidad de perdón con respecto de las personas de las que creo que sufrí daño y también me ayuda a perdonarme a mí misma, por cosas que me hice o cosas que hice. Me ayuda de una manera seguramente ficticia. Tengo la sensación de que escribir me ordena la vida, cosa que no sé si tiene sentido, pero para mí es mucho más que escribir, tiene unos efectos que no son contar una buena historia y nada más. Trato de que todo lo que hago repercuta en mí.

LM: -¿Por qué lo publicás?

SG: -Porque me parece que tiene algún valor, que tengo algo para decir, más allá de que tiene este efecto curativo sobre mí. Y tener algo para decir es creer que seguramente a una persona que lo lea le va a servir.

LM: -¿Creés que tenés algo para decir que todavía no se ha dicho?

SG: -En ese tema tengo dos sensaciones muy contradictorias, la famosa no hay nada nuevo bajo el sol, como que todo ya fue dicho o ya fue expresado, pero también tengo la sensación de que en realidad todo nuevo ordenamiento de un tema es una novedad. Oscilo entre esas dos cosas. Creo que tengo algo para decir, no sé si es nuevo, probablemente pueda serlo, no para el mundo, sino para quien que me lee. Es posible que sea nuevo para alguien que nunca leyó algo como lo que yo escribo. Yo no sé si los autores que más me gustan, como Richard Ford, Philip Roth, Michael Chabon y Sylvia Molloy, son autores que están diciendo algo nuevo. No sé si Richard Ford es original o si cuenta historias completamente nuevas. Pero bueno, me gusta leerlo a él.

 


LM: -Ya que estamos con esto, ¿cuál creés que es el rol social de la literatura? Vos me decís "Quizás lo que escribo le ayuda a alguien", entonces eso me hace preguntarte qué es lo que debe hacer la literatura.

SG: -No sé si tiene un rol social. Algunos dirían que la literatura debería ser una herramienta para transformar la realidad, hablar de cosas de las que no habla nadie o faltarle el respeto al sentido común. Hay otras personas que piensan que la literatura debe ser más que un artefacto estético, que debe operar en el orden de lo político. La verdad es que no lo sé. Yo creo que las personas a las que nos gusta leer vamos haciendo un caminito y encontramos algunos autores que nos interpelan. Y ese sería el rol social, que los autores encuentren a sus lectores y tengan ese efecto de interpelación.

LM: -¿Tenés conciencia de tu lugar en el campo de la literatura?

SG: -¿Yo? No.

LM: -Todavía te ves en los márgenes.

SG: -Es que yo tengo un problema con identificarme con cosas, incluso ahora que estoy más grande. Varios temas de los que tocamos en esta entrevista tuvieron que ver con la afirmación de una orientación sexual fija y en realidad creo que no hay nada fijo, que tanto la sexualidad como cualquier otra dimensión del ser humano es confusa y fluida. Con todo esto quiero justificar por qué me cuesta identificarme mucho con roles sociales y con roles privados o personales. Estoy en un momento así, entonces no me atrevería a decir nunca que soy escritora. Lo hago y mientras lo haga lo seré. Mientras esté con una mujer, me gusta estar con esa mujer, por ejemplo. Y mientras lea, seré una persona que lee y mientras que dé talleres de lectura seré una persona que asuma ese rol. Pero tengo una tendencia a morir y renacer, que he constatado a lo largo de todos estos años vividos. Ya siento que tuve cuatro tipos de vida muy diferentes, entonces me cuesta identificarme con algo. Quizás es un acto de cobardía, de no hacerme cargo. "No me considero escritora", "no soy lesbiana", "una de mis actividades principales no es leer", no sé. Me puedo identificar momentáneamente con lo que hago, pero no a través del verbo "ser", sino del verbo "hacer". Siento que mientras haga algo, apenas puedo decir que lo estoy haciendo, pero que no soy eso que hago. Pero insisto, por ahí es un acto de no hacerme cargo y de desligarme de mis propias decisiones.

LM: -¿Tiene que ver también con el peso que se le da a la palabra escritor, con el halo que la rodea, con la creencia de que el escritor debe ganarse el rótulo y que "los escritores son los grandes"?

SG: -Sí, desconfío de quienes hacen grandes teorías sobre lo que es ser un escritor, sobre lo que es ser lesbiana o sobre lo que es ser de izquierda. Desconfío sobre los que tienen una visión muy coherente y cerrada del mundo. No es que me cueste llamarme escritora porque "escritor es Tolstoi", no es porque sienta que la tradición me aplaste, sino sencillamente porque el verbo "ser" es limitante. Prefiero un verbo de acción a uno estático. Además, estoy acostumbrada a hacer tantas cosas y tan diferentes, que hacer una jerarquía en torno a eso me parece artificial.
Por otro lado, creo que particularmente el mundo de la cultura es tomado demasiado en serio, con una solemnidad de la que a mí no me interesa participar y con la que no me siento para nada identificada. Se lo toma como que fuera algo indispensable para la existencia de la humanidad y yo no creo que haya nada tan indispensable.

IMG_7082LM: -Generalmente tu nombre viene acompañado por "Filósofa, docente. Vive con Poxy".

SG: -Sí. Es una biografía que alguna vez me habrán pedido para algún sitio web y está en todos lados. No la modificaría ni la editaría. Estudié y me recibí en Filosofía, y vivo en Monserrat con mi perra, como vínculo más constante.

LM: -Si bien tus textos trabajan una narrativa intimista, funcionan como dispositivos fuertemente políticos.

SG: -No sé si un escritor, antes de escribir, se sienta y puede revelarse a sí mismo la intencionalidad de eso que va a escribir, si puede hacer de antemano eso de "Yo tengo la intención de que esta novela, o este cuento, impacte de tal manera", en ese sentido no sé si los escritores tienen tal poder sobre lo que escriben. Por otro lado, no sé si podría decir en términos absolutos que la literatura tiene un rol social. A mí me impactó una vez una frase de una persona con la que hice taller hace muchos años, que insistía con decir la verdad, con no mentir y no falsificar. Yo se la entendía no en términos de escribir una narración que se atenga a los hechos tal y como ocurrieron, sino a expresar tu verdad, decir lo que tenés ganas de decir sin temor a perder amigos, a colocarte en una situación incómoda o a recibir las críticas que sean por lo que estás diciendo. Decir la verdad sería no falsificar lo más íntimo, decir la verdad sobre cómo es tu mirada sobre las cosas, que por otra parte, es una mirada que todo el tiempo puede cambiar. A mí me impactó mucho esa idea de decir la verdad y no impostar, que sería escribir sobre lo que conocés. No pararte en un banquito y pontificar como si estuvieses en la posición de la verdad, sino escribir sobre lo que conocés, mostrar tu mirada sobre el mundo, más allá de que, aunque parezca que es literatura y no tiene ningún tipo de efectos o que éstos son inocuos, a veces puede no ser así. Un texto puede generar rechazo y repudio, puede molestar, en un radio que puede ser más grande o más chico. Pero volviendo a lo anterior, si yo soy una chica de Avellaneda, que a los veintiún años se fue de su casa, que durante un año no fue al colegio, que tuvo padres a quienes les costó la comunicación, que le gustan las mujeres, que tomó cocaína dos años un poco para divertirse y un poco para endurecer su corazón, si estudié filosofía, si trabajé de modelo vivo nueve años, si estuve con un hombre del que me enamoré tremendamente, si ese hombre se enfermó de esclerosis múltiple, si lo cuide, si después lo dejé, si me enamoré de una chica, si me mudé, si adopté a una perra, si alguna vez me quise matar o lo pensé, si tengo problemas con mi clase social, si tengo culpa de clase al haber podido tener más libertad de elección que mis padres; si eso es lo que conozco, entonces yo tengo que escribir sobre eso. No voy escribir sobre una persona que vivió en la década del '50 en California. O sea, no tengo ninguna restricción para escribir sobre California en los ‘50. Pero me copa esa idea de decir la verdad, en el sentido de escribir sobre lo que uno conoce y siento que ahí es donde hago pie.

LM: -¿Por qué fuiste profesora universitaria?

SG: -Porque cubría dos aspiraciones. Una era que la docencia siempre me pareció un lugar prestigioso, y ser docente universitaria era lo único que, por mi personalidad, podía soportar. No es que desprecie la docencia primaria y secundaria, sino que yo soy una persona con poca paciencia. No soy muy paciente como para poder lidiar con un aula en una escuela. Mi auditorio ideal es que me escuchen atentamente, y me parecía que en un ámbito universitario eso era más fácil de lograr. No es tan así, pero es un poco más fácil. En un taller de escritura, donde la gente paga para ir y te busca porque sos vos, es todavía más gratificante, ya que la persona está ahí porque quiere estar ahí.
La otra de mis aspiraciones respecto a la docencia es para lo que hago cualquier trabajo: ganarme el pan.

IMG_6901_editedLM: -¿Y por qué das los talleres literarios?

SG: -Doy talleres porque me siento escuchada. Hay una corriente que dice que los talleres literarios no sirven para nada. Y habiendo estado de los dos lados del mostrador -porque yo antes de dar talleres, los tomé- creo que son completamente útiles, no sé si para escribir mejor, pero sí para conocerte y para que lo que quieras decir tenga que ver con vos y no con la repetición mecánica de una tradición.

LM: -¿Por qué te parece necesario un taller de Silvina Giaganti?

SG: -No, no es necesario. Podría no existir perfectamente.

LM: -Sí, pero aún así vos decidís que exista.

SG: -Es medio pretencioso lo que voy a decir: una persona que venga a mi taller no se va sacar de encima sus prejuicios pero sí los va a sofisticar. Hemingway decía que "la tarea del escritor no es juzgar, sino comprender". Lo que ya traté de hacer todos estos años en los que di taller es intentar que los textos que traían los alumnos y las alumnas, más que juzgar una situación, la comprendan. Que escriban desde la comprensión y no desde el juzgar ni del juzgarse, que se enfrenten con sus propios prejuicios y comprendan que la vida tiene muchísimos matices.

LM: -Parece una pregunta difícil y parece pretencioso de vos decir por qué y para qué das el taller.

SG: -Sí, me incomoda.

LM: -Te pregunto cuál es el sentido de tu taller o de tu literatura porque vos evidentemente no elegiste una profesión ligada con hacer dinero. Hay un propósito. Un texto como Jugar Juntas habla de vos y a la vez no habla solamente de vos. Termina siendo algo cercano a un manifiesto de unión entre determinadas personas. Es un texto con el que pueden empatizar todos los que de un modo u otro se sienten marginados. Por eso funciona como un salvavidas que tirás al mar. En ese sentido te preguntaba si creías que había un rol social en la literatura, incluso pensando en la política más íntima, ésa en donde uno se enfrenta consigo mismo. Digo, ¿Vos sos consciente de que estás tirando un salvavidas al mar?

SG: -Entiendo lo que decís. Soy consciente porque me lo hicieron saber en muchísimas ocasiones. He escrito relatos, poemas, reseñas o un híbrido entre una crónica y vaya a saber qué cosa, que tuvieron efectos y mucha gente me escribe. Intentan localizarme y lo hacen, a través de mi mail y mis redes sociales. Se toman el trabajo de escribirme y decirme que leyeron tal texto, que les pareció importante y por qué le pareció importante, que con ese texto comprendieron algo porque los emocionó, que los hizo sobrellevar una situación determinada, que los conectó con algo que les estaba pasando, y me atribuyen a mí poner en palabras su propia experiencia. Y bueno, hay mucho agradecimiento. Entonces sí, sé que tiro salvavidas porque me escribe mucha gente que, sin decirlo así, me dicen que lo hago. Y siguen compartiendo textos que escribí hace un montón. Pero me parece que todos los que escribimos debemos tirar algún tipo de salvavidas. Ahora, puede ser que un texto como Jugar Juntas puede estar hablando de una dimensión más colectiva, a pesar de que hay un "yo" muy fuerte y subrayado. El "yo" es una mera excusa para contar una historia. De hecho, a mí a veces me causa mucha gracia esa crítica a la literatura del  "yo", por narcisista y egocéntrica. Es una crítica que no puede ver la empatía que genera este tipo de literatura. Entonces yo me pregunto: cómo algo que se lo critica por narcisista y egocéntrico puede generar tanta empatía. Esa empatía que hace que alguien de Colombia te escriba, que por ahí no tiene nada que ver con vos en muchas cosas y te diga que el texto lo conmovió, le gustó mucho, lo dejo pensando, o que lo hizo enojar, pero que lo dejó pensando. Será como dijiste hace un rato, que a pesar de haber un "yo" tan subrayado, hay algo que incluye a los demás.

 

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