Infancias estalladas / La fractura social: Silvina Giaganti I

Por Leandro Moscardó.
Fotos por Teresa Mir.
Producción Bellén Gulli.


IMG_6955Silvina Giaganti es una filósofa y escritora argentina, nacida en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Su literatura tiene como sustrato y materia prima la propia experiencia vital. Desde muy pequeña, su autopercepción como “alguien que deseaba de una manera que no encajaba con lo que sucedía en mi entorno”, le hizo saber que el camino sería cuesta arriba. La familia, la afectividad, los mandatos, lo que se espera de una persona de acuerdo a su género, y el amor mismo, se convirtieron entonces en materia de cuestionamientos. Y en el conflicto que aborda su obra literaria, dispersa en publicaciones en los más variados rincones de la internet. Sus textos directos, honestos y en carne viva la convirtieron en una referente insoslayable, no sólo dentro del movimiento de liberación de las mujeres que toma cada vez más impulso en Argentina, sino también en el coro de voces que construyen el sonido de una canción que tiene el poder para curar el alma.

Nos recibió en su departamento de Monserrat, en la ciudad de Buenos Aires, el domingo 30 de abril, a las 15.30 hs. Exactamente doce horas después, a las 3 y media de la mañana, abandoné su hogar con la marca en la piel que me dejaría ese medio día de conversación. Lo que sigue es un intento por compartir todo lo que Silvina nos mostró, todo lo que nos regaló durante esas horas.

Si nunca la leíste, te propongo leer, antes de la entrevista, estos dos textos que publicó hace tiempo en el diario Página 12: No me entrego desollada y Jugar juntas.


Infancias estalladas

LM: -¿Cómo es vivir en un mundo que parece de hombres, que parece ajeno?

SG: -Desde siempre me vi en la necesidad de construir un mundo nuevo para mí, porque del mundo que se me ofrecía me interesaban muy pocas cosas. Lo que me interesaba no era lo adecuado para mí como chica. El fútbol es un ejemplo. Desde muy chica me gustó jugar a la pelota. Y desde muy chica noté una censura, una mirada negativa sobre la idea de una mujer jugando a la pelota. Pero cuando sos chico no tenés tantos recursos como para discutir o responder a esa censura. Probablemente lo que hacés es suspender la actividad porque sos una chica de seis años sin poder de decisión sobre vos. Por momentos jugué a la pelota porque siempre me llevé bien con los varones y tenía la suficiente flexibilidad para adaptarme a sus mundos y que me dieran acogida. Entonces siempre me las arreglé para jugar. Tenía muchos amigos varones y ellos me incluían como una más. La mirada de la censura, como siempre cuando sos chico, proviene del mundo adulto, que cree tener más en claro lo que corresponde y lo que no corresponde de acuerdo al género, la edad, la religión o la clase social. Pero mis amigos tenían menos prejuicios y yo era una más. Y jugaba muy bien además.

LM: -El mundo nuevo que te habías construido para vos era un mundo de fútbol. Un mundo ¿todavía de hombres?

SG: -Los problemas empezaron cuando empecé a crecer y aparecieron todas las interdicciones sobre cómo tenía que ser de acuerdo a mi género, entonces a los doce el fútbol desapareció. Hasta que a los diecinueve años me enteré de que en Caballito una mina tenía organizado un equipo de mujeres. No sé cómo me enteré, asumo que por alguna revista, porque compraba muchas en esa época. Jugué un tiempo ahí y volví a dejarlo. Y hace seis o siete años me volvieron a invitar a jugar, pero ya el mundo del fútbol femenino en Buenos Aires había cambiado. Ahora somos un montón de chicas las que jugamos a la pelota, cada vez más. Y no es propio de una clase social, es transversal a todas las clases sociales. Entonces cuando volví, había muchos menos prejuicios sobre el mundo futbolístico femenino. O en realidad, no es que hay muchos menos prejuicios, sino que las mujeres estamos más plantadas y hacemos lo que se nos canta.

LM: -¿Cómo nació el interés por el deporte y el fútbol?

SG: -En mi casa se veía mucho deporte. Mi padre veía fútbol y tenis masculino y femenino. Y todo eso me empezó a gustar. En el colegio forraba los cuadernos y las carpetas con fotos de la revista El Gráfico. Ya a los cinco años pedí para Navidad el equipo de Independiente, y después una pelota creo que para un día del niño. Y todo fue concedido. También comenzamos a ir a la cancha, a pesar de que mi padre no es del mismo equipo que yo.

IMG_7097LM: -Tu papá es de Boca.

SG: -Mi papá es de Boca. Es una historia que la quiero contar porque es muy graciosa y a la vez patética. Él se crió en una familia muy pobre. Cuando era muy chico él era de Independiente, pero su padrino, que era de Boca, le dijo: "Mirá, si te hacés de Boca, te voy a regalar una bicicleta". Para un nene pobre, que te regalen una bicicleta es como te den un Mercedes. Mi papá dijo que sí, porque le pareció un negoción. ¿Y qué pasó? Nunca le llegó la bicicleta. Pero asumo que mi papá sintió que había dado una palabra, y a pesar de que esa palabra no había sido correspondida con la gratificación prometida, se quedó ahí en el molde. Entonces quedó hincha de Boca. La pasa bien siendo hincha de Boca igual. Yo siempre fui de Independiente, supongo que porque somos de Avellaneda. Así que para concederme el deseo de ir a ver a mi club mi viejo me llevaba a ver a Independiente y no a Boca.

LM: -Me decís que la censura venía del mundo adulto, pero al parecer tus padres no eran los que te censuraban. ¿De dónde venía?

SG: -Me parece que hay una idea en la sociedad, que dice que a una chica que juega a la pelota le gustan las chicas. Esa parecería ser la conexión necesaria que se hace. Entonces, si bien me concedieron pelota, el equipo y qué sé yo, después cuando vieron que no largaba la pelota, que llegaba del colegio y me ponía a patearla contra la pared, o que jugaba con los pibes en la calle, ahí, al verme en acción, creo que les empezó a agarrar una especie de sensación de "¿Esto está bien?". Más los comentarios de mis tíos más cercanos -siempre fuimos una familia donde todos opinaban mucho-, que veían a mis padres demasiados condescendientes, y emitían opiniones sobre lo correcto o no de cómo estaba siendo la forma de crianza de sus hijas.

LM: -¿Eso vos lo escuchabas directamente?

SG: -Sí. Siempre me moví en un mundo de adultos. Y es una de las cosas que me hicieron como soy. Moverme en un mundo tan de adultos moldeó mi personalidad. Mi hermana mayor me lleva nueve años, cuando nací mi padre tenía cuarenta y mi madre treinta y ocho, y mis tíos eran todavía más grandes. Entonces, si bien tenía amigos, porque siempre estaba en la calle, me formé en un mundo de opiniones adultas. Creo que fui demasiado precoz. Precoz a la hora de escuchar comentarios que tendría que haber escuchado mucho más tarde y precoz en mi modo de salir a la vida o quizás en ciertas maneras de ejercer mi libertad.

LM: -¿Te acordás de lo que pensabas o sentías en ese momento cuando escuchabas esos comentarios acerca de vos?

SG: -Un comentario que me acuerdo era: "Vas a tener problemas con esta chica". Me dejaba en una situación de total vulnerabilidad y un poco también lo asimilé, hice propia esa frase. Terminé pensando que iba a ser una persona con problemas. Y aunque no entendía del todo qué querían decir, lo intuía muy fuertemente. Intuía que se referían a que quizá yo tenía comportamientos que no eran propios de lo que se esperaba de una nena.

LM: -¿Vos te veías reflejada en alguna de las otras nenas? ¿Notabas cuál era el modelo de las nenas en la sociedad de ese momento?

SG: -Mirá, creo que cuanto más grande es el mundo en el que te movés, más modelos de referencia tenés como para pensarte y no sentirte tan diferente. Y por el contrario, cuanto más chico es el mundo que habitás, menos modelos alternativos tenés, y una se siente inevitablemente diferente. Yo vivía en un barrio, que es un mundo decididamente chico, entonces los modelos eran escasísimos.
Siempre me sentí más cómoda con varones. A esa edad y hasta entrada en la adolescencia fue así. ¿Por qué sentía más empatía con los varones? Porque hacían cosas que a mí me gustaban. Las cosas que hacían las chicas no me llamaban la atención. Los varones estaban en la calle, jugaban a la pelota, cazaban mariposas, andaban en bicicleta, ejercitaban más su cuerpo y tenían una forma mucho más segura de andar, aunque fuesen chicos. Seguramente también recibían indicaciones de cómo ser varones, pero eran más dueños del mundo, más dinámicos. A las nenas yo las sentía como mucho más quietas, menos dinámicas, menos aventureras y con muchas taras físicas.

LM: -¿Y en la escuela?

SG: -La escuela era como una continuación de todo eso, de esa auto percepción sobre mí y de esa percepción sobre los géneros. Hice el primario en una escuela católica de monjas, pero no de las caras, sino de ésas que hay en los barrios en las que la cuota es módica, pero donde los padres se sienten más seguros porque creen que la educación va a ser mejor y la contención mayor. Mis padres son laxos con respecto a la religión, no son súper católicos. Pero cumplí con los primeros pasos de una chica católica: fui bautizada y tomé la comunión. En primer año de la secundaria se empezó a pudrir todo. Mi primera fractura con el mundo fue a los doce o trece años.

 

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LM: -¿Qué recuerdos tenés de tu casa?

SG: -No quiero ejercer autocensura, pero quiero ser benevolente también. Me crié en una familia muy emocionalmente austera, yo la llamo minimalista. La comunicación afectiva siempre fue muy escasa, en cuenta gotas. Nunca me preguntaron qué pensaba. Nunca "¿Qué pensás?" o algo más situado como "¿Qué estás pensando?". Nunca me preguntaron algo más básico todavía, que es qué me pasaba. Me vieran bien, me vieran rara, me vieran introspectiva, excitada, frenética o triste. Jamás. En ningún momento de mi vida. Me tocó vivir en una familia de seres muy desconectados entre sí. Fue una familia que no se pudo armar como familia, una que no funcionaba como tal.
Si bien mis padres nunca se separaron y siguen viviendo en la casa de toda la vida, y yo no dudo que algún tipo de cariño y de amor se tienen -estuvieron, están y van a seguir estando juntos-, es una familia de pocas palabras. Me doy cuenta de que tuvieron vidas muy estalladas, de que sufrieron mucho los dos. Y si bien sufrir mucho no es condición necesaria para seguir sufriendo toda la vida y meterte para adentro, hay algunas personas a las que sufrir o atravesar situaciones muy traumáticas las mete para adentro y no salen más de esa situación. Y quizás es muy poco lo que pueden dar para lo que un hijo necesita recibir. Creo que esa fue la situación familiar.
Pero también siento que fueron papás que hicieron lo que pudieron con los recursos que tuvieron. Me faltó contención, diálogo, me faltó una mamá que me abrazara más y que me preguntaran cosas. Mis padres no saben prácticamente nada de mí. No lo sabían cuando yo tenía quince, doce, cinco, y no lo saben ahora. Mis padres no saben cómo es mi vida. Sané cosas en algún momento con ellos, pero más por un trabajo personal que por haberlo hecho juntos. Son años de haber logrado atravesar muchas situaciones y de haber entendido que el trabajo de entender a la familia a veces se tiene que hacer sola.

LM: -¿Cómo eran tu papá y tu mamá?

SG: -Mi papá es un hombre muy trabajador. Trabajó toda la vida como soldador en Segba [fue una empresa estatal de energía eléctrica en el Gran Buenos Aires]. Los fines de semana, además de trabajar en esa empresa, hacía changas en el barrio: pintaba casas, hacía arreglos. Nunca entendí si era porque necesitábamos más plata o porque no quería estar en casa.

LM: -¿Eso lo pensaste después o lo pensabas en ese momento?

SG: -Lo pensaba en ese momento, pero sin darle una forma tan consistente. Después, ya más grande, empecé a notar el grado de disfuncionalidad de mi familia. Mi papá es una persona absolutamente cerrada y críptica. Creo que él se va morir sin saber quién es. Lo que te puedo decir de las cosas que sé de él es que es muy trabajador y que su aspiración máxima era que los vecinos tuviesen la mejor opinión de él. Me di cuenta que siempre lo desesperaba alcanzar ese objetivo: que todos los vecinos pensaran que era un hombre íntegro. Y hacía cosas para lograrlo: siempre fue muy solidario y generoso en el mundo en el que se movía.
Trabajó toda la vida en la misma empresa y se jubiló ahí. Se levantaba de noche para ir a trabajar en colectivo, y volvía tarde, como a las ocho. A mí siempre me dio mucha culpa eso. Me pareció que yo tuve mucho, que la vida me dio mucho más que a mis padres, que pude hacer cosas que ellos no hicieron.
Papá volvía de trabajar muy cansado y cenábamos juntos los cuatro. No había una dinámica familiar como yo me imaginaba que debía haber. No nos contábamos cosas: mi padre no traía anécdotas del trabajo, mi madre tampoco de su vida y mi hermana y yo estábamos como contenidas. Nos formamos a imagen y semejanza de dos personas prácticamente mudas y nosotros también participábamos de eso, porque era lo que conocíamos, aunque personalmente yo me sentía muy incómoda con eso. Pensaba o intuía que una familia tenía que tener más comunicación. Y lo que me acuerdo de mi papá es que terminaba de comer, se quedaba sentado y a los diez minutos empezaba a cabecear de sueño y se iba a dormir. El trabajo le movía la vida.

LM: -Hay un vacío en vos entre el esfuerzo que hacía tu viejo y tu imposibilidad de corresponder a ese esfuerzo. El desbalance aún te parece injusto, y me pregunto si acaso necesitás hacer algo con eso.

SG: -Es raro, ¿no? Fue un tema de terapia durante años. Mis padres siguen siendo un tema de terapia, aunque fui entendiendo más cosas y sacándome de encima la culpa. Voy a ser concreta: siento culpa por haber estudiado, por haber terminado el secundario, por haber podido estudiar en la universidad, por haberme recibido, por haberme divertido más. Y sencillamente por no haberme casado, tenido hijos y tener que trabajar para solventar una familia, como hicieron ellos desde sus diferentes roles. Siento culpa por elegir cada día qué quiero hacer. Sus vidas son muy diferentes a la mía. En plena cursada de la universidad, una vez le dije a mi psicólogo que me daba culpa estar leyendo a Borges mientras mi viejo trabajaba como soldador. Mi papá habilitó los recursos para que yo esté teniendo una vida menos dura que la que tuvo mi mamá. Eso me generaba muchas contradicciones, entonces estudiar fue una pesadilla. Me gustó mucho hacer la carrera, pero tuvo mucho de pesadilla en ese sentido.
Pero en definitiva, supongo que todo padre desea que sus hijos tengan una vida menos dura que la que ellos tuvieron, y si yo tuviera hijos calculo que no querría que tuvieran una vida igual de dura que la mía. Volviendo a lo que hablaba con mi psicólogo, recuerdo que él me contestó "Bueno, la deuda con tus padres la vas a pagar con tus hijos". Yo no creo que vaya a tener hijos, entonces ¿qué debo pensar?

LM: -No sé qué debés pensar sobre eso. Pero, ¿te parece real?

SG: -¿La frase? Yo creo que no. No sé si hay una deuda con los padres en realidad.

LM: -Y en todo caso, no sé si la podrías pagar a través de tus hijos.

SG: -Es que tampoco sé si hay una deuda. El hecho de tener una vida con más posibilidades y con un horizonte -en teoría- más rico, no significa que uno sufra menos y esté exento de los golpes de la vida.

IMG_7079LM: -¿Te hubiese gustado que tus viejos entendieran lo que vos estabas haciendo en ese momento, que hubiesen estado familiarizados con la carrera que estudiabas, que les hubieras podido contar las cosas que estabas viendo en la facultad?

SG: -Me hubiera gustado tener más diálogo con ellos, no importa sobre qué. Con mi papá hablaba básicamente de fútbol, él promovía esa conversación y no tenía otra. Pero a diferencia de mi mamá, era y es bastante afectuoso. Es una persona que, a pesar de sus limitaciones, ha sido afectuoso, me ha dado más de un abrazo. Mi mamá es todavía más austera en eso del afecto, tanto hablado como gestual. Prácticamente es un desierto. Los dos son personas muy buenas.

LM: -Tu papá te empezó a llevar a la cancha desde muy chica.

SG: -Sí, la primera vez que me llevó a la cancha yo tenía seis años, a ver un partido nocturno contra Ferro en la cancha de Independiente. Fuimos muchísimo a la cancha. Mi viejo conocía mucha gente que trabajaba ahí, en los molinetes, y nos hacían entrar. Él siempre conocía a alguien. Un partido que vimos juntos, me acuerdo que fue la final de la Supercopa en que Independiente le gana a Boca con gol de Rambert. Mi viejo quería que gane Boca, obviamente, y le re grité el gol. Tengo el recuerdo muy patente de ese día.

LM: -Independiente fue el momento con tu viejo, esa oportunidad de decir "Bueno, esto compartí con él".

SG: -Independiente fue el momento con mi papá, sobre todo. Y fue la primera vez que sentí sensación de pertenencia con algo. Yo tengo una tensión con mi barrio. Siempre pienso que lo más correcto que hice fue irme no sólo de la casa de mis padres, sino de mi barrio. Pero Independiente fue la sensación de pertenencia a un lugar geográfico. Me emocionaba mucho ir a la cancha. Todos cantando una cosa y tirando para el mismo lado. Muchas veces tenía que hacer fuerza por no llorar. Me emocionaba cuando salía el equipo a la cancha y el estadio se venía abajo.

LM: -¿Tu mamá?

SG: -Mi mamá nació en Calabria, sur de Italia, en un pueblo que se llama San Fernando. Siempre me dice que vivía a menos de una cuadra del mar.

LM: -Trabajaba en la papa.

SG: -Mi abuela Juana recolectaba papa, mi mamá y su hermana menor la ayudaban. Mi vieja viene en barco en el ‘54, a los catorce años, en un viaje de treinta días. Su papá había muerto en la guerra y a un hermano suyo adolescente, lo había partido un rayo. Mi mamá es una tumba, no habla nada. No habla de su pasado ni de su presente. Alguna vez me animé a preguntarle por qué no hablaba de su vida, porque yo quería saber. Además, para mi escritura, el poder saber de ella era como la nafta. Pero ella me respondió "¿Para qué contarte cosas tristes? No te van hacer bien". Creo que ella quería cuidarme, pero lejos de eso, lo que me dijo creó más fantasías respecto del dolor que ella sufrió.

LM: -Cuando ella te respondió eso, ¿vos te quedaste con esa respuesta?

SG: -Me quedé con esa respuesta porque yo era chica. Tenía ocho años cuando le hice esa pregunta.

LM: -¿Nunca volviste a preguntarle por su vida?

SG: -No, porque fue muy tajante, muy determinante. Después he tenido mis malos momentos y mis alejamientos con mis padres también, que hicieron que directamente no tuviésemos comunicación. Entonces muchas veces no volví a preguntar sencillamente porque estaba enojada por cómo se habían dado algunas cosas. Sobre todo porque por ahí entiendo esa parte de no contarle a un hijo cosas dolorosas para protegerlo, pero me cuesta más entender la parte en la que no se le pregunta al hijo qué es lo que le pasa.
Sin embargo, ahora entiendo que cada uno hace lo que puede y mi padres hicieron lo que pudieron. Mi mamá es una persona que no fue al colegio y me di cuenta de sus pocos recursos educativos la primera vez que la vi firmar algo. La veía firmar el boletín del colegio y me acuerdo que lo hacía con la lentitud de una persona no acostumbrada a escribir. Nunca escribió más que su firma. Sabe leer y sabe escribir, pero ahí se termina su escolarización. Además perdió un padre y un hermano. Mi abuela se casó a través de un poder, que le permitía emigrar. Ninguno de los que se casaba se conocía. Entonces mi mamá, de cultivar papas en el sur de Italia, terminó viviendo en un conventillo en Gerli con el señor con el que mi abuela se había casado, y asumo que no la pasó nada bien.
De salidas con mi mamá recuerdo que me llevaba al dentista cuando era chica. Pero no recuerdo momentos de recreación con ella. Con mi papá tuve una vida más social. Una vida social masculina y futbolera. Y de salidas en familia, nada. Ir a comer una pizza, ir a comer afuera, jamás. Los cables de la familia estaban cortados.

LM: ¿Hasta qué edad trabajó tu mamá?

SG: Hasta que tuvo a mi hermana. Después ya no volvió a trabajar. Y creo que eso fue un error. Creo que, sea la circunstancia que sea, es un error que una mujer deje de trabajar. Porque en el caso de que eventualmente necesite cambiar de vida, el haberle perdido ritmo al trabajo es la gran valla para la autonomía de la mujer.


La fractura social

LM: -Recién mencionaste que tuviste una fractura social a los doce años. ¿De qué se trató eso?

SG: -Se trató de la incipiente auto percepción de mi sexualidad como un poco diferente a la media. Me empecé a autopercibir como alguien que deseaba de una manera que no encajaba con lo que sucedía en mi entorno.

LM: -¿Cómo lo experimentaste?

SG:  -Me gustó una chica del colegio e inmediatamente me di cuenta de que lo tenía que vivir en la más absoluta soledad y silencio, de que no podía contárselo a nadie. No es que lo conté y fracasé. Antes de contarlo supe que era algo que no podía contar. Porque era algo que yo no verificaba que pasara a mi alrededor.

LM: -¿Y qué te generó eso?

SG: -Me pasaron muchas cosas. Bajé muchísimo mi performance educativa y creo que tuve una depresión. El primer efecto fue un aislamiento quizás mayor al que siempre tuve, una angustia enorme. Tipo "Esto es algo que no voy a poder compartir nunca con nadie, porque nadie que yo conozca es como yo". Ni mis compañeros de colegio, ni mis amigos del barrio y menos mi familia. Yo tenía un tío gay y había sido muy maltratado por mi familia. No logró ser feliz. Entonces me angustié mucho, porque no tenía ningún interlocutor que pudiera escuchar eso que me estaba pasando. Yo entendía eso que me estaba pasando: me gustaba una chica. Y en vez de tomármelo con calma y decir a los once años: "Bancá, te queda mucho por vivir", me enfrenté con mi angustia y mi vacío. Como te decía, vengo de una casa en la que no se hablaba nada, entonces menos se podía hablar de algo así.

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LM: -La reacción fue angustia, no violencia ni resentimiento.

SG: -Sí, angustia, aislamiento y una pérdida de vitalidad. La depresión y la tristeza de no tener a nadie que me dijera "Está todo bien" o "Está todo mal. Yo creo que lo peor que le puede pasar a una persona es no poder manifestar que le está pasando algo, no poder encontrar iguales que te digan que va estar todo bien. Más vale que hubiera preferido que me gustara una chica a los dieciocho años y no a los once. Pero es a los once o doce cuando uno empieza a sentir deseos por otras personas, de darle un beso o sencillamente de estar cerca. Y si a una chica le gusta un chico se ve como algo que forma parte del desarrollo normal.

LM: -Se ve como algo natural.

SG: -Sí. Es completamente normal que a los once a una chica le guste un chico y que a un chico le guste una chica. Pero que a los once a una chica le guste otra chica o a un chico le guste un chico se ve como una transgresión. Y una bastante severa.

LM: -¿Cómo saliste de esa depresión?

SG: -Me pasaron muchas cosas desde los once años en adelante. Me mandé muchas cagadas. Es un poco irresponsable echarle la culpa a que me gustó una chica y a que no lo pude hablar. Porque me mandé muchísimas cagadas. Una que no suelo no contar mucho, que sólo lo sabe mi terapeuta y mi familia, es que durante un año entero no fui al colegio y nadie se enteró. Durante un año simulé ir al colegio sin ir.

LM: -¿Cómo es posible eso?

SG: -Es posible saliendo de tu casa todas las mañanas, yéndote a una plaza y volviendo a la hora que tenés que volver. Un año entero lo hice.

LM: -En el colegio simplemente pensaron que no ibas más.

SG: -Nunca se comunicaron con mi familia y evidentemente mi familia tampoco tenía mucha conexión conmigo. Hubo todo un año que no fui, y después, cuando se terminó el ciclo lectivo y me preguntaron cómo me había ido, si me había llevado materias, me acuerdo que respondí que me había llevado dos. Todo mentira. Al año siguiente arranqué con la misma farsa, porque ya no sabía cómo salir de eso. Hasta que a mi tía le llegó algo como "Che, nadie la ve a Silvina en el colegio". Y entonces fue un día a la puerta del colegio y habló con una compañera mía que le dijo "No, Silvina no vino en todo el año". Ésa fue mi primera manifestación.

LM: -¿Qué hacías todos los días en la plaza?

SG: -Nada, caminaba por ahí, siempre por Avellaneda. A veces me tomaba un colectivo a Barracas. Me quedaba ahí en la plaza y hacía tiempo, cuatro o cinco horas. Ni siquiera me llevaba un libro, nada. Me parece una locura, es un delirio total. De hecho no lo cuento, es una de esas cosas que me gustaría no acordarme nunca más que pasaron.

LM: -¿Por qué?

SG: -Porque habla de una familia complicada, de un entorno complicado y completamente desconectado.

LM:- Y también habla de lo mal que estabas vos.

SG: -Puede ser. Mirá, de las muchas experiencias border que tuve, ésta es una de las que no aprendí nada. No es que digo "De la experiencia de no haber ido al colegio, por lo menos saqué tal conclusión o me sirvió para algo". No. No me sirvió para nada.

IMG_7000_editedLM: -Pero fue lo que te salió.

SG: -Sí, ya no quería ir más a ese colegio. Esta auto percepción de que me gustaba una chica provocó una colisión con el clima religioso de la escuela. Teníamos catequesis como asignatura obligatoria y ahí esos temas se bordeaban.
El descubrimiento de que me gustaban las mujeres generó una fractura y me removió un montón de cosas. Empecé a tener actitudes desde asociales hasta peligrosas para mí, porque estar un año en la calle, todos los días en una plaza y estar solita ahí a los doce años, fue algo que me puso en riesgo. No me cuidé mucho, pero no sé si en ese momento yo tenía como objetivo cuidarme a mí misma o si era consciente de que me tenía que cuidar. Tampoco sé si tenía un apetito de autodestrucción, pero estaba muy triste. Se había formado un combo de familia muy disfuncional, esta cosa que yo no podía comunicar con nadie, y un colegio que me bajaba una doctrina que se oponía bastante a lo que yo estaba sintiendo.
Es una de las cosas que me gustaría olvidar porque me hizo ver muy tempranamente que mis padres no tenían muchas herramientas para cuidarme. Esta autopercepción me hizo ver cosas que no tenían que ver directamente con la sexualidad, sino con cómo era mi vida, de quiénes estaba rodeada, y qué cosas iban a depender de mí de ahí en más, y cuáles no. Esto me hizo saber que iba a tener que tener paciencia, porque era muy chica y ya quería tomar decisiones, quería tener alineada mi vida a lo que estaba sintiendo. Pero era imposible alinear mi vida a lo que estaba sintiendo a los once años, era una nena. Claro que si me hubieran gustado los chicos no habría tenido estos problemas. Entonces, si ya desde siempre había percibido una falta de contención familiar, en esos años la experimenté más que nunca.

LM: - Antes de que pasara todo esto, ¿cómo era tu experiencia en la escuela?

SG: -No la disfrutaba. Como te decía, mi mamá no se escolarizó y mi papá hizo hasta sexto grado. Entonces, por ejemplo, no se miraban los cuadernos en mi casa. ¿Qué iba mirar mi mamá si ella no sabía? No tenía quién me supervisara, estaba sola en eso. Entonces, si tenía alguna falencia en alguna materia, ponele en matemáticas, en mi familia nadie me podía tirar una soga. No había control, porque no había capacidad para controlar. No es que mis padres eran malos, simplemente no podían con mi escolarización, aunque con mi escolarización tendría que haber podido yo sola. Pero cuando sos chico y tenés problemas en el colegio, tiene que haber un adulto ahí que más o menos te oriente. O sea, no alcanzaba con los maestros y conmigo, faltaba la pata familiar.

LM: -¿Qué cosas te interesaban en ese momento?

SG: -Estaba mucho en la calle. Mi cuadra estaba llena de chicos de mi edad, entonces estaba lo más que podía en la calle. Venía del colegio, merendaba y a la calle.

LM: -¿Te acordás de los modelos de mujer que te llegaban por cualquier vía de la industria cultural en ese momento?

SG: -No consumía mucha industria cultural en ese momento. Mi vida se reducía a esas cuatro cuadras del barrio. Por ahí tenía la imagen de mis maestras. Pero, por otro lado, unos tíos se habían dado cuenta de que me gustaba leer, así que para los cumpleaños y las fiestas me empezaron a regalar libros para niños. Hace poco me los traje todos de la casa de mis padres, porque los quería tener conmigo. Elsa Bornemann, Pulgarcita, Marco Denevi.

LM: -¿Qué edad tenías en ese momento?

SG: -Seis o siete. Agarraba cualquier cosa para leer. Estaba como fascinada con "El libro de los niños enamorados" de Bornemann. Cada vez que iba a la casa de mi tía lo agarraba. Entonces, se ve que se avivaron porque me veían leyendo, y en vez de regalarme un buzo, un jogging o zapatillas para el colegio, me empezaron a regalar libros. Ahí tuve mi primera conexión con algo, que fue un soporte muy importante para mantenerme en la existencia: leer. Cuando uno lee, parece ser un sujeto pasivo que está recibiendo información de un sujeto activo que puso algo en palabras, pero mi falta de comunicación era tan grande que leer me permitió establecer una comunicación con el mundo, aunque fuese en términos de emisor-receptor.

LM: -¿Cómo retomaste la escuela?

SG: -Cuando mi tía se enteró de que yo no iba más al colegio, fue a comunicárselo a mis padres. Entonces ahí, medio a las apuradas, me hicieron empezar en el colegio donde una amiga suya era directora, a pesar de que las clases ya habían empezado hace tres semanas.

IMG_7187LM: -¿Nadie te preguntó por qué habías tomado la decisión de no ir más?

SG: -Me preguntaron y yo les respondí que era porque no me gustaba más el colegio. Y de ahí me preguntaron que por qué no lo había manifestado y yo les dije que yo sí lo había manifestado, pero que ellos estaban absolutamente cerrados a escucharme, y no fue como una excusa.
Ahí me mudé un tiempo a la casa de mi tía, no sé bien porqué. Tal vez porque mis padres no podía soportar la noticia o porque el vínculo entre ellos y yo en ese momento era inviable. O quizás para ejercer más control sobre mí. Un control que yo no viví como eso sino que por primera vez alguien se ocupaba de mí, de levantarme, de "Dale, mirá que tenés que ir al colegio". De hecho, me fue mucho mejor ese año.

LM: -¿Y cambió un poco tu experiencia sobre la escuela? ¿Te empezó a gustar más el colegio?

SG: -Me sentí mucho más cómoda, sobre todo porque no era un colegio católico. No había catequesis ni una bajada de línea sobre las cosas que se ocupa la religión, que es básicamente de la vida privada de las personas. Me fue bastante bien en ese colegio. Hice un año ahí y me fui a un colegio en el centro de Avellaneda.

LM: -¿Privado o público?

SG: -Público.

LM: -¿Lo elegiste vos o tus papás?

SG: Yo no elegí particularmente el colegio, pero sí impuse que tenía que ser público. Ellos y mi tía -la persona que más se ocupaba de mí en ese momento- querían que volviera a un colegio privado.

LM: -Y vos no querías.

SG: -No, ni privado, ni religioso. Quería público. Me voy a contradecir con lo que te dije antes, que no gané nada no yendo por un año al colegio. Mirándolo desde otro lugar, con ese gesto yo les marqué la cancha a mis viejos. Obviamente fue un gesto que a quien más desgasto fue a mí. Pero fue a través de ese gesto que yo les dije "Soy capaz de hacer cualquier cosa". Lo que pasa es que faltaban más capítulos.