Adolescencia punk: Lía Copello I

Por Leandro Moscardó.
Fotos por Teresa Mir.


 

Cope 19Lía Copello es humorista, ilustradora y mujer de radio.
Nació en Neuquén, en el sur de Argentina, pero a sus dos años la familia se mudó a Buenos Aires. Vivieron los primeros años en Olivos, para luego establecerse definitivamente en Don Torcuato, donde vivió con sus padres hasta que se mudó a la ciudad capital.
Estudió publicidad. Trabajó en publicidad. Y se fue para siempre de la publicidad.
En el año 2014 creó a La Cope, una tira de humor gráfico que todos los días aporta dosis precisas de risa, reflexiones e inteligencia a las conversaciones de los argentinos. El personaje la puso en un lugar de referencia dentro del movimiento feminista, por el alcance y las discusiones que desata. Desde sus redes sociales, la tira se lee en toda Latinoamérica y funciona como espacio de debate: quien lee los comentarios en sus posteos fácilmente puede ver el resumen del estado de situación sobre la [des]igualdad de género en la región. Me asombraron la capacidad de síntesis y la agudeza de pensamiento del personaje. ¿Quién es esta humorista que, a partir de un dibujo aparentemente tierno, nos empuja a tomar posición? ¿De dónde viene su pensamiento?
Me recibió en su departamento donde viven tres gatos, un perro, ella y su novio. Hablamos durante más de seis horas. Lo que sigue es un extracto de esa conversación.

La Cope en Facebook, Instagram y Twitter.
Lía en radio: Wachas.
Lía haciendo stand up: Postre.


Adolescencia punk

LM: -¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?

LC: Me acuerdo más desde que nos mudamos a Don Torcuato. Yo estaba pasando a segundo grado y con la mudanza vino el cambio de colegio. En el primer tiempo la casa era un desastre porque estaba a medio construir. Justo en ese tiempo había cerrado la empresa donde laburaban mis viejos y los habían echado, así que todo fue un poco a contramano. Teníamos un jardín que era puro barro. Cuando mis abuelos vinieron a ayudarnos, me acuerdo que mi mamá le preguntó a mi abuela si le gustaba la casa y ella le contestó que adentro le gustaba. ¡Afuera era un desastre! Tengo ese recuerdo de mis viejos que hicieron la casa a pulmón, entre los dos.
Yo jugaba un montón. Y cuando mis viejos pusieron la pileta, fue una locura, me pasaba el verano ahí. Era una mini piletita de plástico en el medio del jardín, pero para mí era todo.

LM: -Me decías que con la mudanza vino el cambio de escuela.

LC: -De esos años tengo recuerdos re lindos, aunque no tanto del colegio -fui al mismo colegio desde que llegamos a Don Torcuato hasta que terminé la secundaria-. Era una escuela bastante cheta, muy careta. Y había una diferencia social muy grande con nosotros, se sentía. Mis viejos se rompían el culo para mandarme ahí. Había pibes que caían en un Alfa Romeo y mi mamá me llevaba en el [Fiat] 147. Me costó lidiar con esa gente. Hasta que fui adolescente y me rebelé a todo eso, a esa cuestión casi hasta de bullying. Era una escuela laica, pero recontra privada, muy chiquita, bien de zona norte. A nivel educativo era un muy buen colegio, pero había mucha gente de mierda, que cuando sos chico no entendés que son gente de mierda, sólo ves que “ellos tienen una casa enorme y re linda y yo tengo una casa más chica”, pero cuando me fui haciendo más grande empecé a enojarme con muchas cosas. Tenía compañeros que estaban todo el tiempo hablando mal de las empleadas domésticas o de la gente pobre. Todo el tiempo esa cosa clasista y horrible. Llegó un punto en que me costaba convivir con eso, porque estaba todo el día ahí en la escuela, de nueve de la mañana a cinco de la tarde. Era complicado.
Ya de adolescente fui conociendo gente por fuera del colegio, y comencé a juntarme con compañeros que estaban un poco más en la misma que yo. Ahí fue un poco más fácil. Pero de a ratos me daban ganas de matar a todo el mundo, porque era una cosa que no tenía nada que ver conmigo.

IMG_5960_editedLM: -¿A qué edad empezaste a notar esto que me contás?

LC: -Calculo que a los trece. Entró una chica con quien todavía hoy somos re amigas. Venía de repetir en una escuela pública, y tenía toda una historia de bardo, fisura, todo mal. Llegó ella y me rompió la burbujita del colegio privado y eso de “todos escuchamos Oasis”. Me hizo conocer Fun people y El otro yo -que más allá de lo que pasó después con El otro yo, en ese momento fue importante-. Ella me rompió esa estructura, y de a poco empecé a conocer a sus amigos, que eran gente más grande. Ahí me fui dando cuenta de que toda esa cosa de adaptarme a los nenes bien de mi colegio ya no tenía sentido, y de golpe me enojé con eso. Estuvo bueno, y supongo que también fue que a esa edad uno empieza con la adolescencia y me pegó por ese lado.

LM: -¿Te acordás como eras de nena?

LC: -Me encantaba jugar. Yo tengo hermanos por parte de mi viejo, pero son mucho más grandes que yo y nunca vivimos juntos. Así que me crié como hija única, éramos mi mamá, mi papá y yo. Toda la vida jugué, me gustaba disfrazarme, dibujar, escribir cosas, armar cajas y esconderlas. Tenía que estar jugando todo el tiempo porque si no me pegaba un embole bárbaro, ya que estaba sola. Jugaba mucho con mis papás. Tenía amigos, pero no es lo mismo que un hermano, que está ahí siempre al lado tuyo. Era una nena muy creativa y muy sensible. Lloraba por todo, me reía, sentía mucho todo. Todo el tiempo me imaginaba cosas, supongo que era porque estaba sola bastante tiempo y entonces tenía que activar la cabeza. No tenía tele en mi cuarto -mi abuelo me regaló una cuando ya era grandecita-. Entonces, siempre antes de dormir, me salía más esto de jugar. Y cuando me regalaron la tele, bueno, los dibujitos animados coparon todo.

LM: -¿Qué dibujitos mirabas? ¿Qué tipo de personajes te atraían?

LC: -Miraba mucho Cartoon Network. Me encantaban Las chicas superpoderosas y Dexter. Después enganchaba los dibujitos más viejos, como Los gemelos fantásticos, Los caballeros del Zodíaco o Thundercats. Era fanática de Sailor Moon. Después, vino Nickelodeon y miraba mucho Rugrats.
Empatizaba mucho con las nenas, con Helga de Hey Arnold, o con esa cosa medio loser que tienen a veces los dibujitos animados. Me gustaba más eso que los superhéroes, más la cuestión cotidiana, los dibujitos más graciosos. Al día de hoy me encantan los dibujitos. ¿Viste que hay todo una movida que a veces no sabés si son para adultos o qué? Que estás viendo Hora de aventura, y no sabés de qué se ríen los nenes, pero es re gracioso.

LM: -¿Y además de los dibujitos?

LC: -Me gustaba mucho leer. Mi mamá me leía mucho cuando era chica. Además, un tío que vive en Neuquén tenía la costumbre de toda la vida de mandarme un libro por correo para todos mis cumpleaños, para el día del niño y fechas así. Me encantaban los libros infantiles. De hecho, creo que leía más de chica que ahora. Leía antes de irme a dormir, me encantaba. Hoy soy una persona que redacto bien y tengo buena ortografía, y siento que es todo gracias a que leía cuando era chiquita, porque de esa manera incorporás cosas que en el colegio no aprendés.
También miraba las peliculas de Disney. Miraba todo el tiempo la de Mary Poppins. Bueno, todas las películas de Disney, de princesas boludas, me encantaban. Eso fue un poco lo que consumí, lo clásico de la infancia.

LM: -¿Qué tipo de personajes femeninos te hacían pensarte a vos?

LC: -Fui variando. Siempre me costó mucho definir quién quería ser de grande. No sólo a nivel profesional, que no lo supe nunca (el día que terminé el colegio, no sabía qué carajo iba a estudiar). Iba variando. Me acuerdo de que me gustaban los personajes más aventureros, los personajes femeninos que hacían lo que querían. Me gustaba Mary Poppins, más allá de que ahora la ves y te querés matar, pero que igual tenía esto de que era la protagonista, y se encargaba de todo y tiraba magia. Me fascinaba eso. Me aburrían las princesas, no las entendía, yo quería ser la bruja.
Me fascinaban los juguetes de mi primo. El vivía en Santa Fe, y cuando yo iba, quería jugar con sus autitos. Él tenía un autito que iba para atrás y hacía un montón de cosas, y bueno, ¡yo tenía una Barbie de mierda que no hacía nada!
Creo que si analizamos los dibujitos y las pelis que había cuando nosotros éramos chicos, es medio difícil que uno quiera ser otra cosa fuera de eso que estaba impuesto, que era la princesa rígida que no hacía nada. No sé si había muchos personajes femeninos infantiles interesantes en esa época.

LM: -¿Cómo era el clima de tu casa? ¿Cómo se llevaban tu papá y tu mamá?

LC: -Ellos tenían algo que yo siento que lo adquirí, y es que discutían con la puerta cerrada. Por ahí yo me daba cuenta de que estaban discutiendo o estaban mal por algo, pero nunca hubo entre ellos un clima de gritos o de tirarse cosas. Ni conmigo tampoco. Era todo del tipo “Bueno, pasó esto, vamos a sentarnos a hablar”. Mi papá y mi mamá son muy temperamentales, pero creo que las puteadas se las comían entre ellos. Siento que toda la vida ellos se bancaron el uno al otro. Hoy que los veo de grandes, siento que se acompañan y se quieren. Entonces hoy, si pasa algo con mi novio, si está todo mal, lo vamos a discutir a casa, nada de discutir en la calle o si estamos con gente.

IMG_6114_editedLM: -Tu papá es artista.

LC: -Es artista plástico. Estudió más de grande, en el IUNA [hoy llamado UNA]. Para mí siempre fue muy habitual que, si nos íbamos de viaje a algún lado, mi viejo sacara el atril para pintar algo. Igual yo nunca pensé que iba a ir por el lado del dibujo. Me gustaba dibujar y obvio que tenía ahí las herramientas, podía jugar con acuarelas o lo que sea que estuviera a mano. Pero a mí siempre me gustó escribir. Cuando era chica yo flasheaba eso, escribir, publicar una novela.
Me parecía todo muy natural, y ahora que lo pienso, y veo que mi viejo tenía todo eso, me doy cuenta de que es algo raro, ser chica y ponerme a pintar con unos pasteles, con hojas raras y que venga todo de tu viejo. Pero nunca fue que alguna vez me senté y mi papá me dio clases de dibujo ni nada por el estilo, simplemente fue algo que absorbí por inercia, que me impactó de alguna forma aunque en aquel momento no lo podía ver conscientemente.

LM: -¿Y tu mamá?

LC: -Ella es contadora, en esa época laburaba en una concesionaria en la zona de Pacheco. Mi papá también trabajaba ahí, me parece que en la parte de diseño industrial. Vendían camiones, a mí me encantaba ir a jugar porque me dejaban subir a los camiones que estaban exhibidos. Cuando la concesionaria cerró y ellos quedaron sin trabajo, ahí él comenzó a dar clases y mi mamá se fue a trabajar como contadora a otra empresa donde después trabajó casi toda la vida.
Ante la adversidad, ellos se movían mucho, entonces conseguían laburo rápido. Tengo re marcada esa época, porque fue muy difícil. En ese momento, la casa donde vivíamos en Olivos creo que era una hipoteca que estaban pagando, entonces fue todo un bardo de deuda, crédito, la casa nueva, los problemas con el trabajo. Pero a los pocos meses de quedar los dos sin trabajo en la concesionaria, ya estaba cada uno en su trabajo nuevo.

LM: -¿Cómo te iba en la escuela?

LC: -En la primaria era medio traga, abanderadita. Me iba muy bien. Ya después, de adolescente empecé a hacer cualquiera. No sé, faltaba y tenía que estar negociando con los preceptores para no quedar libre, y cosas así. Pero nunca fui de bardearla al extremo. Nunca fue una cosa de “Uh, va a repetir”, pero sí me llevaba materias. No me interesaba en absoluto aprobar matemáticas, era entrar el primer día al aula y me sentaba en plan de “Nos vemos en marzo, porque me parece un esfuerzo completamente perdido estar todo el año angustiada por esto”. Me gustaba ratearme. Quizás los últimos años del colegio fueron el declive en lo académico, pero nunca para preocuparse, nunca mandé todo a la mierda. Había una cosa medio de rebeldía, de “No quiero sacarme más diez en todo, no quiero ser más esa persona”.

LM: -¿Por qué?

LC: -Creo que se trataba de querer dejar de quedar bien. Cuando era más chica estaba más pendiente de lo que pensaban mis papás, los profesores, todo el mundo. Y bueno, fue algo de pendeja, de querer cortar con eso, de chuparme un huevo sacarme un diez en literatura. Quería hacer otra cosa. Y también en esto que te decía de encontrarme con esa adolescencia medio agitada, me empecé a dar cuenta de que era todo una pelotudez, a darme cuenta de que no servía para nada, de que estaba esforzándome para que me vaya súper bien y no veía dónde podía aplicar eso. Eso me pasa con la educación, siento que estás mil horas en un lugar, y las cosas importantes no te las enseñan. Me empecé a enojar con eso, con la estructura.

LM: -¿Qué cosas te interesaban más de adolescente?

LC: -Bueno, apareció internet, y fue clave. Primero pasaba que si sonaba el teléfono, se cortaba internet, un mocaso. Después apareció la banda ancha, que no era algo tan común de tener, y si tenías hermanos, te tenías que turnar para usar la computadora. Pero yo era hija única, así que cuando mi mamá puso banda ancha, podía estar todo el día chateando o bajando música. ¡Eso, descubrí la música! Estaba tres días para bajarme un tema, pero era la primera vez que podías bajarte un tema. Y yo venía escuchando cosas más tranqui, no sé, como te decía recién, escuchaba Oasis, Coldplay, esa cuestión medio britpop horrible. Y de golpe apareció el punkrock en mi vida y fue como “Ah! No lo puedo creer, los Ramones!”. Empecé a escuchar mucha música, a escuchar Radiohead. Dejé Oasis y agarré Blur. También empecé a escuchar rock nacional, que no le daba mucha pelota antes. En ese sentido, internet me abrió la cabeza.
También comencé a ir a recitales, que era algo que para mí no existía. De golpe estaba en el Salón Pueyrredón, mintiéndole a mi vieja, mirando una banda. Descubrí que era eso lo que me gustaba. Porque me pasaba que con mis amigas del colegio pintaba más ir a un boliche. Y yo odiaba eso, odiaba ir a bailar. Lo hacía igual, porque era lo que había que hacer, eso de ir a un boliche de zona norte. Y de repente encontrarme con que podés hacer otras cosas, con que había otras personas en el mundo, estuvo súper bueno.
Empecé a mirar pelis, y también fue internet que me abrió la cabeza. Poder mirar películas que antes no veía porque miraba lo que estaba en la tele. Descubrí también que me gustaba mucho el cine.

LM: -En ese momento, cuando empezabas a tener otros amigos, cuando ya sentías que ir a los boliches de siempre con tus amigas no era lo que vos querías, ¿hubo tensión con ellas? ¿Cómo fue ese proceso en que ibas descubriendo gustos distintos a los de tu entorno?

LC: -Claro, hubo tensión y hasta planteos. Yo me sentía rara, muy distinta a todo el mundo. Y era algo que a esa edad me pesaba. “Soy rara, tengo este pelo de mierda”. Mis amigas eran más lindas, populares, ya tenían novio. Les pintaba salir a bailar, ir a un boliche, levantarse un pibe. Y yo odiaba eso. Me sentía distinta. No me quedaba bien la ropa. Era como de otro planeta. Y por ahí cuando empecé a cambiar, y a irme como para otro lado, de su parte hubo una cosa de “Che, vos qué onda?”. Había una cosa medio de colegio privado, que es una burbuja donde te encierran y nadie te habla de verdad, te dicen eso de “Las drogas son malas, el alcohol es malo, todo es malo”. Y de golpe salís y te das cuenta de que no pasa nada con fumarte un porro. Entonces mis amigas venían con rollos del tipo “Vos anoche saliste, y te tomaste el bondi. Te tomaste una birra en una plaza. ¿Qué onda? ¿Estás bien?”. Hubo un quiebre grande ahí. Yo trataba de quedar bien con todo el mundo. Seguía saliendo con un grupo y también con el otro. Hasta que un día me cansé. Cuando era más chica, por ahí tenía la energía de ir a un boliche aunque no tuviera ganas, pero llega un punto, más de grande, en que te empezás a cansar de hacer cosas que no tenés ganas de hacer.

LM: -Te ibas dando cuenta de que no tenía sentido adaptarte.

LC: -Mirá, me pasaba mucho con el deporte. Yo siempre sentí que era pésima para los deportes. Y ahora, que juego al fútbol y hago otras cosas, me doy cuenta de que no soy tan mala. Mis compañeras jugaban todas al hockey en un club. Yo era la única que no jugaba al hockey, y no jugaba porque no estaba dispuesta estar en un tercer tiempo con un montón de rugbiers. Ni siquiera era por el deporte en sí, era porque no quería estar ahí. Mis amigas me contaban cosas que les hacían los pibes y para mí era una locura. Una vez vino una de las chicas y me contó, como algo habitual, que unos días antes estaban todas tomando una birra, y había un pibe que jugaba al rugby ahí en el club -Hindú, que es el club de Don Torcuato-, que se había peleado con una piba del grupo con la que estaba saliendo, y que entonces fue y, frente a todas, les meó la jarra de la que ellas estaban tomando. Son esas historias de rugbiers que uno piensa que no pasan, pero pasan. Así que cada vez que ellas me contaban cosas así, yo les decía “¿Pero ustedes por qué siguen yendo ahí? No entiendo por qué se fuman eso”. Había un montón de cosas que yo no entendía, pero a ellas les encantaba todo eso. Por eso yo estaba siempre medio separada, y por momentos me sentía la única boluda que no quería ir a jugar al hockey.
Una vez me sentaron en la escalera del colegio y me salieron con “Che, mirá que te estás juntando con gente peligrosa”. Yo ya había entendido algunas cosas, así que en el fondo me cagaba de risa. Pero era difícil, porque podés caer en esto de juzgar, y hoy yo intento no hacerlo. Si te gusta jugar el hockey y tener amigos rugbiers, está todo bien con eso. Pero en aquel momento no lo podía tomar así, así que les respondía que eran unas pelotudas que se dejaban hacer todas esas cosas. Es una cuestión de ir creciendo, de ir dándote cuenta de que hay que cortar con ciertas cosas, y avanzar con otras. También habrá tenido que ver con el hecho de que éramos adolescentes, y a todos nos pintaba enojarnos con algo.

IMG_6137_edited
LM: -¿No fue tu reacción natural, al sentir que ellas te atacaban, esto de pensar que eran unas boludas?

LC: -El problema no era que ellas me atacaran puntualmente a mí, sino que todos, a lo largo de mi vida, nos habían atacado un montón a mí y al grupito que éramos los más losers: el que no tenía plata, el que era gordo o el que tenía granos. La verdad es que fui al colegio con gente que te decía cosas horribles. ¿Viste esa gente de mucha guita y de mucho poder? Bueno, yo me la morfé, mientras intentaba pasar desapercibida. Mis amigas nunca me atacaron, pero había una cosa medio generalizada, esto de que están las lindas, y vos sos la fea, están las que tienen plata y vos sos la que no tiene plata. Entonces cuando yo me rayé, me rayé con todo. Puntualmente, mis amigas me bancaron siempre, y siempre nos quisimos. Si bien yo era la rara, ellas me querían así, rara. Y cuando yo empecé a cambiar, era más una cuestión de preocupación de su parte: “Che boluda, guarda, estos pibes son más grandes”. Nosotras estábamos acostumbradas a ir en auto, a que nos llevaran y nos trajeran, entonces venían con esto de “Te estás yendo de noche en bondi a Capital”, y ese tipo de cosas que les preocupaban. No era un ataque de su parte, pero sí del resto del curso, a un nivel más general. Un bullying horrible del que ni siquiera yo era la peor víctima, pero me dolía por los que sí eran víctimas directas de ese ataque. No sé, tenía esa sensación de “Pero boludo, ¿vos me estás cargando, que estás atacando a alguien porque tiene granos? Sos un tarado”. En algún punto hubo un quiebre en mí, de darme cuenta de eso, y cortar con “Quiero quedar bien con vos y quiero ser flaca para que dejes de decirme que soy gorda”, sino “Sos un tarado, y vas a ser un tarado toda tu vida”.

LM: -Por ahí pienso que esas personas han sido criadas en ambientes en donde los padres y los hermanos han sido así, y es difícil no ser un tarado viniendo de esos entornos.

LC: -Mirá, había uno que venía de una familia que vacacionaban todos los años en Punta del Este, que tenían autos re mil caros, y que a la vez debían tres años de colegio. Bueno, este pibe contó una vez que él odiaba a su empleada doméstica, entonces la había acusado con su familia de robarse algo, y su mamá la echó, ¿entendés? La dejó sin trabajo. Y un tiempo después, tras una reunión de padres del colegio, mi mamá se quedó hablando con la mamá de este chico, y salió este tema. Y la mamá del pibe le dijo a mi vieja que ella sabía que era mentira lo que su hijo le había dicho sobre la empleada, pero que ella tampoco se la bancaba, así que había aprovechado la situación para echarla. Viste, esas cosas que son de gente de mierda. No sé, tenías familias, que entrabas a la casa y había tres empleadas domésticas con uniforme y nadie las saludaba con un beso. Los padres estaban re locos. Ponele, en el colegio teníamos deportes, y cuando eran los partidos iban los padres de estos pibes y te gritaban enloquecidos “¡Corré! ¡Ganá!”. ¿Te das cuenta? ¿Qué va a salir de esa casa de mierda, más que un pibe que llega al colegio y rompe el ventilador porque le pintó, que le pega una pibita o que insulta a alguien porque no tiene plata? Encima los meten en el entorno del rugby, con esos conceptos del club, del macho, donde se genera una cosa re violenta, que cuando salían, todos se cagaban a trompadas. Es un entorno en donde la discriminación sobre otras personas es una cosa habitual, la discriminación del pobre, del zurdo.
Uno elige con quién juntarse, con mis amigos éramos los gomas, pero nos cuidábamos y nos protegíamos de eso. Sin embargo, la realidad es que hay gente que por ahí no tiene la familia que tuve yo, o los amigos que pude tener a pesar de todo eso. Y por ahí si no tenés esa contención, en esos entornos podés terminar con la cabeza cagada, porque te terminás convenciendo de que sos una mierda porque todo el mundo te lo dijo.


La publicidad

LM: -¿Cómo llegaste a estudiar publicidad?

LC: -Cuando terminé el colegio no tenía la más puta idea de lo que quería hacer. Mientras todos estaban en esto de qué iba a estudiar cada uno, y hasta los más perdidos ya sabían para dónde salir, yo realmente no tenía idea. No es que estaba entre tal y tal carrera. No. No tenía idea. Había ido a mil charlas vocacionales. Había visitado todas las universidades. Había hablado con todo el mundo. Y nada. Sólo sabía que quería laburar en algo creativo, entonces por ahí pensaba en estudiar cine, diseño gráfico, diseño de imagen y sonido, comunicación social, no sé, era una bola de confusión.
Pero después conocí a un pibe que estudiaba publicidad, me contó lo que hacía él, y sentí que mezclaba todo lo que a mí me gustaba. Así que terminé estudiando publicidad en la Universidad de Palermo. Y fue una experiencia rara, porque me gustaba ir a la facu, tenía materias que me gustaban, aunque a veces también era una pérdida de tiempo. Pero fue frustrante cuando empecé a laburar. Ya cuando arranqué segundo año empecé a trabajar en una agencia, y ahí me di cuenta de que yo no quería ser eso. Ahí nomás me di cuenta de que no quería ser publicista. Y era un moco porque seguía estudiando pero todavía no sabía lo que quería hacer, y ya estaba laburando de eso, entonces se volvía cada vez más difícil conseguir laburo de otra cosa. Pero de alguna manera seguí.
Hasta que finalmente me fui de la publicidad. Y hoy sé que no quiero laburar de eso nunca más. El día que pude renunciar a la última agencia en la que estuve fue muy liberador, porque es un laburo que te pide mucho, y si no es lo que más te gusta hacer en la vida, no te sale, no hay manera de ser feliz. Porque no es un laburo que vas y es tranqui. No. Es un laburo que te tenés quedar hasta la noche, y estar al palo todo el día, y trabajar después en tu casa porque no parás nunca. Entonces si te gusta mucho lo hacés, pero si no, no hay manera. De hecho, a la facultad no la terminé. Y fue difícil asumir que no no la iba a terminar, esa idea me entristecía un poco porque era algo a lo que le había dedicado años. Ahora estoy estudiando de nuevo, entonces me es más fácil asumir que no voy a terminar la carrera de publicidad.

LM: -¿Por qué te ponía triste no terminar la carrera?

LC: -Porque a mí me encanta estudiar, y quizás por eso toda la vida tuve el objetivo de tener un título. Entonces la idea de saber que no voy a tener ese título, aún sabiendo que es un título que no sirve de nada, es una idea un poco triste. Pero sí, la publicidad es un mundo que terminé odiando por un montón de razones. Aborrezco la relación de dependencia, y por eso siempre me costó laburar en ese ámbito. Nunca duré más de dos años en ninguna agencia. Siempre me cansaba y me iba a otra. Me agotaba la idea de estar tantas horas generando un montón de cosas para alguien que no es uno, a quien le estás tirando tantos recursos a cambio de dos pesos, sin ningún reconocimiento; entonces todo tu laburo muere ahí. Por eso siempre me esforcé mucho en tratar de hacer algo mío, para mí, y que sirviera.

LM: -¿Tuviste buenos jefes?

LC: -Tuve malos jefes. En las empresas más grandes donde laburé, creo que había gente que entendía un poco más cómo es el rol de un jefe. Con ellos se podía hablar, se podía dialogar sobre lo que estabas haciendo. Pero con casi todos los demás tuve malas experiencias. Tuve jefes muy poco líderes, muy demandantes y mala onda. Y cuando tenés un mal jefe, entrás en una situación de angustia, porque es una persona a la que le tenés que responder nueve horas por día, es un montón. Tuve un jefe y una jefa que estaban juntos, y era una cosa que todos los días, cuando me levantaba, tenía ganas de llorar. No podía creer que tenía que ir a ver a estas dos personas, con quienes siempre era una cosa de maltrato. En otro lugar tuve un jefe pajero, que ya es lo peor que te puede pasar, es muy angustiante. Me hacía poner un vestido en particular cada vez que íbamos a una reunión. Y yo volvía a mi casa queriéndome morir. En la oficina, venía y me hacía masajes. Y no lo podía mandar a la mierda porque me quedaba sin laburo. Pero son cosas que no las puedo soportar. Entonces yo iba tirando currículums para ver cuándo podía irme de ahí.
Creo que quizás esto de no haber tenido buenos jefes es algo que contribuyó a que a mí no me gustara laburar en publicidad. Pero hoy, poder estar conversando acá con vos, sin que nadie me rompa las pelotas, siento que es algo milagroso. Me lo gané y estoy muy orgullosa.

IMG_6155_editedLM: -Chau a la relación de dependencia.

LC: -Es que la relación de dependencia es algo muy mísero. Salvo en algunos casos, la realidad es que las personas cobran muy mal. Yo toda la vida cobré como el orto. Trabajás todo el día para después agarrar el sueldo y pum, alquiler, expensas, gastos fijos y se terminó. Siento que el sistema es lo que funciona mal. Y en publicidad, siempre te corren con discursito nefasto de “Hay un montón de pibes que quieren hacer esto”, que es verdad. Yo trabajé con pibes que laburaron gratis durante dos años. Gratis. No es que cobraban poco, no. Gratis. Yo no laburé gratis nunca, aunque sí trabajé mucho tiempo por muy poca plata. Y es una locura, que exista esta cultura de “Hay que formar a los pibes, entonces vamos a sacar lo mejor de vos, pero vos te tenés que romper el orto gratis”. Entonces, tenés que tener una vocación muy grande y muchas ganas de vender Coca-Cola. Porque ni siquiera es que sos neurocirujano o estás salvando el mundo. Sos un pelotudo que está pensando una frase para vender mejor una gaseosa, y te dicen [imposta la voz como un jefe enceguecido] “HAY QUE ENTREGARLO EN DOS HORAS PORQUE SI NO, SE VA A PRENDER FUEGO TODO”, y vos estás ahí haciendo un powerpoint, nadie se va a morir.

LM: -Me parece interesante esto que decís, que te estabas esforzando y no había un propósito que lo valiera.

LC: -Eso es lo que más me costaba, que para ellos era como estar salvando al mundo, y para mí era algo que no tenía ninguna relevancia. Por ahí estábamos diseñando packaging, que era algo que me gustaba, obvio, porque me gusta el diseño y que la etiqueta quede bien. Pero en el fondo, estábamos haciendo la etiqueta de un vino. No sé si daba para esa obsesión, que por otro lado ni siquiera era una obsesión en relación a que quedara más lindo, sino para hacer la mayor cantidad de plata posible. Eso es lo que me daba bronca, porque se llenaban la boca hablando sobre que estaban haciendo algo genial, y al final del día era una publicidad de Quilmes. Me acuerdo de que llegaban los briefs de Quilmes y yo me quedaba pensando en lo mal que estaba todo eso, en la imagen que querían construir de la mujer, en cómo eso que nos pedían atrasaba ochocientos millones de años. Y el entorno publicitario refleja eso. Son un montón chabones que piensan que saben más que todo el mundo. Hay un par de pibas que están ahí arañando que les den algo que no sea una cuenta de toallitas femeninas. Entiendo que hay gente que le gusta, y que crea que pueden hacer cosas geniales, porque sí hay cosas geniales y cada tanto sucede que hacen algo muy bueno en la publicidad.

LM: -Te decía que me interesa esto que me decías sobre no encontrarle un propósito. Porque por un lado podemos pensar a la publicidad como un dispositivo ideológico de adoctrinamiento. Y por otro lado, creo que con el personaje que creaste, sí tenés un propósito. Hay un porqué en La Cope.

LC: -Tengo un recuerdo, cuando recién me mudaba a Don Torcuato. Tenía seis años. Estaba con una amiguita jugando y mi mamá nos dio una revista. Y había una foto de dos modelos, una de pelo lacio rubio y otra morocha con rulos, y con mi amiguita teníamos las dos el pelo así: ella rubia de pelo lacio y yo así como me ves. En la foto, las dos modelos estaban en bikini, posando como siempre posan, y me acuerdo de que las dos estábamos mirando eso y empezamos con “Cuando seamos grandes, vamos a ser así”. Y no es una pelotudez, porque crecés con eso en la cabeza. Sobre todo en la mujer, hay un solo cuerpo. No hay otro cuerpo. No hay una publicidad con una mujer que tenga pelos en las axilas o en las piernas. No existe. Si alguien hace algo medio contestatario, no sé, que aparece Dove y te pone cinco pibas que ¡Dale! Se hicieron los rebeldes y eran dos pibas con un par de rollos. Es una cagada. No hay una publicidad de un hombre limpiando. Y está esta cosa de la publicidad que todo el tiempo te dice que tenés que tener cosas que vos no tenés. Es permanente, entonces todo el tiempo vivís en un estado de frustración, porque “No tengo ese celular, no tengo ese cuerpo, no tengo ese culo, no tengo ese auto”.

LM: -Es enloquecedor.

LC: -Es enloquecedor porque no lo vas a tener nunca. Nunca en la vida vas a llenar los estándares. Hagas lo que hagas. Jamás. Podés ser millonario, podés tener el lomo de la piba de la publicidad de Quilmes, e igual vas a estar completamente insatisfecho, porque está armado para que sea así.
Entonces cuando empecé a dibujar me pasaba que no entendía bien porqué había tantas mujeres reflejándose con lo que yo hacía, porque yo nunca me había sentido reflejada con el universo femenino. Jamás en la vida me sentí parte de eso, no me sentía parte del cliché de ser una mujer. Y un poco me empecé a dar cuenta de que eso es una mentira absoluta. Si bien hay gente que sí se siente así, también hay un montón que no. Entonces comencé a proponer esto de “Hey loco, somos mujeres y nos crecen pelos igual que a ustedes, y a algunas no nos gusta maquillarnos, y algunas no nos queremos casar o no queremos tener hijos”. Y creo que la publicidad por alguna razón sigue alejándose de esta realidad, y yo por ahí siento que de verdad a una marca le iría muy bien proponiendo una cosa más real, y no más real Dove, no. Más real posta. Que aparezca una piba con pelos en las axilas, pero sin nada de “Mirá, tengo pelos, soy una loca”. Sino simplemente como levanté los brazos y tengo pelos, nada más. Siento que faltan personas en marketing o en publicidad que se animen a quebrar con la cuestión de “Hola mamá, hacé esto o esto otro con tus hijos”, sino “Hola papá, vos también podés hacer esto con tus hijos”. Me sorprende que no vayan por ese lugar más real. Pero bueno, una a veces cree que la mayoría de la gente es la gente de la que una se rodea, y no, la verdad es que no, evidentemente la mayoría de las personas consumen la idea de que la mamá es la que limpia en la casa, y tiene que ser blanca y flaca.

IMG_6177_editedLM: -Muchas de las campañas publicitarias que aparentan ser distintas, se quedan en la pose. Me acuerdo de la colección Ungendered de Zara. Quisieron venderla como ropa "sin género", pero eran prendas que tradicionalmente siempre hemos usado los hombres: jeans rectos, remeras básicas y buzos con capucha. La colección desató una polémica ya que muchos decían: "Son unos caretas, en realidad están vendiendo ropa de hombre". Para ellos, lo que unía a los géneros era lo tradicionalmente masculino.

LC: -Es que eso es. Son unos caretas. Y a mí lo que me sorprende es que, sobre todo en marcas grandes, suele ser un proceso largo el de decisión. Hay gente que viene, propone una cosa y después vienen y te la cambian mil veces, viene otro y opina. Hay mucha gente en cada proceso pero nadie se atreve a decir: "Che, ¿por qué no ponemos un chabón con una pollera?". No lo piensan ni para quedar bien aunque sea. Ni siquiera para generar una reacción positiva en Twitter. También me pasa a mí con algunas marcas de productos femeninos, que cada 8 de marzo, para el día de la mujer, vienen con "Che, hagamos algo sobre la sensibilidad de las mujeres". Y yo siempre me tengo que sentar diciéndoles: "Chicos, por favor no hagamos esto". Porque, más allá de mis valores, de que no quiero celebrar el día de la mujer, sino que tienen que darse cuenta de que nos van a matar, ¿entendés? Si yo hago un dibujo con una flor en la mano que diga: "Me encanta ser mujer porque soy muy sensible", nos van a matar a todos. A vos como marca, a mí por mi laburo. Falta eso en el proceso publicitario, alguien que diga: "Che loco pará, ¿y si hacemos otra cosa?". Hace un tiempo una marca de cosméticos sacó un video sobre lo importante que era maquillarse para una mujer. Era nefasto. Y los mataron. Los mataron al punto que tuvieron que bajar la campaña. Y vos decís: "Está bien, uno está mucho en las redes sociales, capaz más o menos ya entendés cuál es la reacción de la gente”. Pero no puede ser que en toda una cadena de personas en marketing, creativos y demás áreas, no haya nadie que diga "No hagamos esto, es ofensivo y horrible". Eso me sorprende una bocha.
Mirá, yo laburo con Kotex, que es una marca de toallitas y lo agarré con miedo al principio. Así que cuando me senté a hablar con ellos, les dije: "Por favor, lo único que les pido es que me den libertad a mí de dibujar lo que yo quiera". Y obvio que hay una instancia de aprobación por parte de ellos, pero la verdad es que nunca tuve un problema. Como sí lo tuve laburando con Cosmpolitan que desde que empecé a laburar era: "Bueno, ¿le podés hacer el pelo más largo? ¿le podés hacer tetas? ¿le podés marcar más la cintura?". Y de golpe me encontré dibujando algo que no tenía nada que ver con lo que yo hacía, no sé, haciendo chistes de marido, entonces llegó un punto en que se cortó con Cosmopolitan porque no funcionaba.
Igualmente, hasta ahora tuve la suerte de poder laburar con marcas que me permitieron hacer lo que yo quisiera. Como meter un chiste feminista en una página de toallitas, que quizás de otra manera algunas personas no lo verían.

LM: -Con respecto a lo que me contás de Cosmopolitan, de hecho me preguntaba por qué habías aceptado trabajar ellos.

LC: -Arranqué la página y a los tres meses ya era una locura. Nunca en la vida pensé que nada de esto iba a pasar. Yo simplemente subía mis dibujos a Internet y punto. A los tres meses de haber estado subiendo esas cosas, un día me escriben de Cosmopolitan Latinoamérica. Para mí fue como ¡Wow! Nadie me había pagado nunca por mi laburo, ¿entendés? Jamás. Y de golpe escuchar: "Bueno, te vamos a pagar tanta plata en una publicación que sale para toda Latinoamérica". Era una oportunidad demasiado enorme. Y bueno, laburé un tiempo ahí y la realidad es que se fue perdiendo el encanto porque me empezó a pasar esto de "Bueno, agregale color, ponele unos aros, ¿por qué no le haces los ojitos con pestañas?". Naturalmente se terminó cortando.

LM: -Es extraño, porque te llaman como consecuencia del trabajo que venís haciendo, pero después te piden hacer otra cosa.

LC: -Es que a veces existe esto de "Bueno, te llamamos porque vos le llegas a un montón de mujeres". Pero yo llego a un tipo determinado de mujeres. Y hay otras mujeres que me putean todo los días porque no están de acuerdo con lo que hago, porque yo también crítico ciertas cosas con las que quizás muchas mujeres se sienten identificadas. A ver, era obvio que yo no estaba dibujando para las mujeres que compran una Cosmopolitan. Era raro. Capaz que algunas de las mujeres a las que llego sí lean esa revista. Pero la mayoría, no creo.
Para mí fue una oportunidad muy grande en ese momento, poder publicar en una revista, y que me paguen por mi laburo. Y bueno, luego uno va creciendo y de a poco va aprendiendo a darse la oportunidad de también rechazar propuestas. Cuando recién arrancas con algo, llega un laburo y lo agarrás. El trabajo con Cosmopolitan fue una buena experiencia, porque aprendí a laburar más con deadlines y aprendí a identificar cuándo es que me estoy adaptando a algo que no tiene nada que ver con lo que yo hago.

IMG_6233_edited

Las fotos son de Teresa Mir.
Aquí pueden conocer más sobre su trabajo.

 

> Parte 2: La Cope.