La búsqueda del propósito: Cyril Bruyelle II

Por Leandro Moscardó.
Fotos por Guadalupe Creche.


—Estudiaste en la Escuela Superior de Comercio de París (ESCP Europe), una de las escuelas de negocios más importantes del mundo. ¿Fue difícil entrar?

—Claro. Para poder ingresar, tienes que hacer dos años de preparación después de la escuela. Yo hice tres. Fue difícil, tuve que estudiar muchísimo. Pero ahora veo esos tres años en los que estuve preparándome para entrar como los mejores años de mi vida desde lo intelectual. Estaba estudiando todo el tiempo, matemática de manera muy intensiva, y también geopolítica. Esos años de estudio de la geopolítica fueron lo que me trajo hasta aquí, porque me dieron la apertura al mundo que me ayudó a entender lo que leo en los periódicos y cuál es esa lógica.

Se dice que en las escuelas de París es mucho más competitivo, entonces tú no te haces amigo de tus compañeros porque al final del día es una competencia y tienes que ser mejor que ellos. Yo lo hice en el norte, donde era muy diferente. En esa preparatoria, los alumnos estábamos todos juntos en el mismo barco. Mis mejores amigos vienen de esa experiencia, de hecho. Porque fueron años muy intensivos, de mucho trabajo, de momentos muy difíciles, pero también de momentos de alegría. Para muchos esos años son horribles, pero para mí fueron fantásticos, porque fue en ese tiempo en donde se formó lo que hoy soy.

los_anormales_13_edited—¿Cómo fue mudarte a París después de eso?

—Hace siete años que vivo en París y tengo una vida muy diferente a como era antes. Cuando llegué a la ciudad, después de esos tres años de clases preparatorias, fue como una liberación. Después de todo lo intensivo que había sido el proceso preparatorio, el ritmo de la universidad fue mucho más liviano. Incluso más fácil. Entonces, más allá de las horas de cursado, que sólo eran seis al día, tenía mucho tiempo para hacer otras cosas. Además, como yo era el responsable del bar de la universidad, ¡me pasaba todo el tiempo en el bar! Antes de mudarme a París, estaba muy ilusionado con conocer los museos y toda la vida cultural de la ciudad, pero en los dos primeros años no salí de la universidad, me pasaba todo el tiempo ahí. En una escuela de negocios como ésa tienes asociaciones de estudiantes y te pasas todo el tiempo con los demás estudiantes. La vida comunitaria de la universidad es muy intensiva, entonces en esos primeros dos años yo no conocía ningún otro bar más allá del bar de la escuela, porque es un lindo lugar, es barato, y nos lo pasábamos siempre ahí.

Luego, poco a poco, me fui aburriendo de eso y empecé a descubrir París. Me encanta, es una ciudad museo. Después de años de vivir ahí, cada mañana cuando iba en la bici a mi trabajo, estaba siempre sorprendiéndome de lo que veía. Es tan linda como pocas ciudades en el mundo, sólo comparable con Roma o Florencia. Sin embargo, si bien yo voy a muchas exposiciones y museos, todavía me falta conocer la vida profunda de los barrios, y lo quiero conocer, supongo que porque voy creciendo y mis expectativas cambian.

—¿Te considerás un egresado típico o una excepción de la ESCP?

—La verdad es que no me gusta considerarme como alguien diferente. Puede ser que mi especialización sí haya sido algo no muy común. En el último año de la carrera teníamos que elegir una especialidad, y yo elegí profundizar en el emprendedurismo. No es una especialización muy común, mis amigos fueron a finanzas, consultoría o marketing. Emprendedurismo tiene un proceso de ingreso distinto y sobre todo el primer medio año de estudio es bien particular: casi no teníamos clases, estábamos todo el tiempo haciendo cosas, organizando eventos, creando nuevas empresas, aconsejando a pequeños empresarios; incluso viajamos a Shanghái para aprender el modo en que lo hacen allí. Tal vez eso hizo que cuando salí de la ESCP, yo creé mi propia empresa. Pero al final no me considero muy diferente a los otros. Yo paso mi tiempo buscando lo que quiero, lo que me anima, y creo que la felicidad pasa por hacer lo que te gusta cada día. Quizás sea un poco diferente por eso, porque sé que hay otras visiones sobre qué hace feliz a alguien. Mi hermano, que trabaja en finanzas, tiene un modelo de vida que consiste en tener un empleo en el cual ganar el dinero suficiente para tener una vida de buena calidad, por decirlo de algún modo. Después, él sí piensa en la redistribución el dinero, pero para él lo más importante es su familia. Para él, el trabajo es un medio para poder vivir bien junto a su familia. Yo quiero ganar dinero, sí, pero con un trabajo que me realmente me guste, y que sea el trabajo en sí mismo lo que me haga feliz.

—¿Cómo fue salir de la universidad y crear tu propia empresa? [la empresa se llamó Robin Food y buscaba darle un uso a la comida desechada por las cadenas de supermercados y restaurantes]

—Fue un período muy estimulante la creación del proyecto, porque iba a todas partes, hablaba con muchas personas y surgían muchas ideas. Era todo muy dinámico.

Luego de eso, cuando cerramos la empresa, comencé a trabajar en consultoría estratégica para otras empresas, que es algo típico de un egresado de una escuela de negocios. En esa actividad yo ganaba mucho dinero, pero al final del día eso no me estimulaba, porque estaba todo el tiempo diciendo lo que querían escuchar los clientes. Por supuesto que al ganar mucho dinero, yo podía hacer muchas cosas, como salir a comer a restaurantes todos los días y ese tipo de planes. Yo entiendo que hay personas que son felices teniendo ese estilo de vida, pero a mí no me llenaba. Y de nuevo fue un amigo quien me hizo sonar la alarma. Yo vivía en ese tiempo con uno de mis amigos y fue él quien me dijo que yo tenía que cambiar el rumbo, porque me veía triste, me decía que parecía depresivo. Yo tengo la necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo. Al ingresar en la ESCP, en la entrevista de admisión yo había manifestado mi búsqueda de servir en el terreno a través de mi trabajo. Luego, al comienzo de la carrera, cuando nos propusieron hacer una práctica de dos meses en una empresa, elegí hacer un viaje comunitario en Nepal. Mi primer empresa, Robin Food, tenía que ver con eso, con que el trabajo sirva para abordar un problema de la sociedad.

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—Mientras estudiabas, hiciste un semestre en Taiwán. ¿Por qué elegiste ese lugar?

—Taiwán no era mi prioridad. Me daba igual el lugar, yo simplemente quería irme lejos de Francia y descubrir algo diferente.

Y me encontré con un lugar sorprendente. Era realmente muy extraño que no había ningún tipo de inseguridad. Puedes caminar por cualquier parte a cualquier hora de la noche y no te pasa nada. Después de algunos meses, vivir en un lugar donde no existe la inseguridad es muy particular. No existe en Francia ni en un ningún lugar que yo conozca. La seguridad no es un tema muy importante para mí, pero esa situación en la que nunca tenía que cuidar de mis cosas, era muy rara. Por otro lado, la gente es llamativamente simpática. En la calle, si parece que estás un poco perdido, siempre viene alguien a ayudarte. Son muy abiertos además, todo el tiempo la gente quiere saber de ti. Tal vez porque yo era extranjero, pero me hacía sentir muy bien.

Pude descubrir lo diferente que viven. Tienen un apego increíble por las reglas. Por ejemplo, si el semáforo está en rojo para los peatones, por más que no venga ningún auto, ellos no avanzan. Al llegar, naturalmente yo lo hacía, y notaba que todos me miraban como diciéndome que no lo haga. O en el subte, donde no se puede comer ni beber, una vez yo saqué una botella de agua para beber un trago, e inmediatamente vino una persona cualquiera a decirme que no podía hacerlo, que debía esperar a salir del subte para hacerlo. Algo que me impresionó mucho fue que en los bancos, antes de abrir por la mañana, tú ves a los empleados en el centro del banco haciendo yoga. Yo no entendía nada. En Francia piensan que estás loco si haces eso.

—En relación a las diferencias culturales, y a partir de las particularidades que has podido ver. ¿Qué es lo que para vos constituye una identidad nacional?

—Más allá de los conceptos generales, pienso en ejemplos. Sobre los franceses suele decirse que somos orgullosos, que vivimos insatisfechos. Es algo que nos caracteriza.

—¿Qué es lo que diferencia al francés de un alemán, de un español o de un chino?

—Es muy difícil para mí decirlo, porque no hay un francés. De hecho, una de las preguntas que forman el cuestionario de 20 questions to the world es “¿Cuál es la especificidad cultural de tu país que más te enorgullece?”, y un señor francés, de ochenta años, respondió que es la mezcla cultural. La historia cultural de Francia es larga, y tiene influencias variadas. El francés viene de una mezcla de hechos, de historia y de culturas. Hoy en Francia hay personas de nacionalidades y de culturas bien distintas. Por eso el francés es difícil de caracterizar. Si bien existe el francés, de padres y abuelos franceses, en el que puedes rastrear por cientos de años su árbol genealógico y todos han nacido en ese lugar, la verdad es que Francia no es sólo eso, nuestra cultura es una mezcla. Cuando tú ves chinos, negros o árabes en la calle, no son turistas, son franceses. Claro que en otros lugares puede ser distinto, en Taiwán yo veía solamente taiwaneses; o en Argentina, yo no veo que haya una población tan grande de personas negras, pero en Francia están todos. Mira, en París, la mayoría de los bares a los que van los obreros a tomar el café, o las tiendas de tabaco, son mayormente propiedad de franceses chinos. No sé por qué, pero se da. Es una mezcla increíble, me encanta. No estoy de acuerdo con quienes dicen que estamos perdiendo nuestra cultura por la llegada de extranjeros. No, eso es Francia, es la apertura a personas de diferentes culturas. Me encanta caminar en París y cruzarme con tantas culturas distintas. Eso no cambia nuestra historia ni nuestro patrimonio artístico o arquitectónico, que también es Francia. Cuando hablamos de la nuestra gastronomía, de París, de la torre Eiffel, de Georges-Eugène Haussmann [funcionario francés, quien durante el siglo XIX llevó a cabo la modernización de la ciudad de París], eso también es Francia pero es la Francia de los libros. En el terreno, Francia es la mezcla de culturas.

los_anormales_7_edited—¿Y el europeo? ¿Hay una identidad europea?

—Yo soy proeuropeo, pienso que juntos somos más fuertes. De alguna manera somos parecidos en la generalidad, aunque al interior de cada país somos diferentes. No sé, tú vas a Polonia y es muy diferente a mi país. Sin embargo, la integración es muy necesaria desde lo económico y geopolítico. Es lo que nos da la fuerza común. Francia es un país muy pequeño con un potencial pequeño por sí solo. Pero junto a Europa, adquiere más fuerza.

Es difícil encontrar una identidad europea. Quienes trabajan en la integración cultural de Europa intentan encontrar lo que nos une. Yo creo que hay grupos. Los italianos, españoles, franceses y portugueses somos más similares. Al ser poblaciones latinas, tenemos más más cosas en común entre nosotros que con los ucranianos o los polacos, por ejemplo. Los nórdicos también tienen sus cosas en común. Me parece que Europa, más que ser una mezcla de países, es un conjunto de grupos culturales, los latinos, los nórdicos, los países del este.

¿Sabes qué? A mí el hecho por poder viajar por cualquier país de Europa sin tener que llevar más documentos que los de siempre, es algo que me hace sentir europeo. No hay barreras, podemos pasar libremente de un país al otro. Esa posibilidad de poder ir donde quiera me hace sentir que mi territorio no es Francia, sino Europa.

—A este viaje por todo el mundo, ¿lo hacés solo?

—Sí. Cuando comencé el proyecto, buscaba alguien para que viajara conmigo y se sumó un amigo. Con el ya habíamos viajado y nos conocemos bien. La idea era hacerlo juntos. Pero yo había comenzado a pensar el proyecto algunos meses antes de que él se sumara, y no logramos acoplarnos. Yo buscaba alguien con quien viajar porque no quería hacerlo solo, por esta idea de que la felicidad es algo que se comparte. Solamente una vez había viajado sin la compañía de otra persona, cuando fui a Filipinas. Ahí vi los lugares más lindos que haya visto en mi vida, pero no tenía a nadie para compartir la experiencia que estaba viviendo. Por eso buscaba alguien, porque no quería que me pase eso otra vez. Pero después de trabajar con mi amigo durante algunos meses, vimos que no funcionaba. Yo tengo un carácter fuerte, y tratándose de mi proyecto, no era fácil sintonizar. No teníamos la misma visión. Para él lo principal era poder viajar, y este proyecto era simplemente su modo de financiar el viaje. Para mí lo principal es el proyecto, y el hecho de viajar es sólo una parte. Este proyecto es algo a largo plazo. Ahora tiene la forma de una asociación, quizás luego sea una empresa, no sé cómo será el devenir, si un medio, si un programa de televisión, no sé. Entonces, con mi amigo, las metas eran muy distintas, por eso nos separamos. Me di cuenta de que el proyecto es tan parte de mí que no lo puedo hacer con alguien más. Trabajar solo me da la libertad de hacer lo que yo quiera, sin pensar si le va a gustar a quien trabaje conmigo.

Así que comencé a pensar de un modo diferente sobre el hecho de viajar solo. También estoy pensando desde otra perspectiva la idea de que la felicidad deba ser algo compartido con otra persona. En Buenos Aires me hospedó un chico que está por irse seis meses a recorrer África en bici con un proyecto fotográfico. Y yo le estaba preguntando si no le daba miedo viajar solo, si no pensaba que tenía que compartir la experiencia y la felicidad que le diera el viaje. ¡Y yo se lo decía en el momento en que estoy comenzando un viaje solo! Yo había visto la película Into the wild, en la cual el mensaje que yo interpreto es esto de que la felicidad debe ser compartida. Y él me dijo que no, que no estaba de acuerdo con la película, que hay una felicidad que es personal. Son momentos que sólo pertenecen a ti. Me hizo pensar el tema desde otro lugar, me abrió mucho la cabeza. Y esta nueva perspectiva me está ayudando mucho. Luego, hablando de esto con una amiga, yo le dije que la idea de tener que compartir la felicidad era una manera de validar la felicidad, de comprobarla. Es la necesidad que tenemos de compartir el momento, de compartir la felicidad, para que ésta sea verdadera.

Es el viaje lo que me hace pensar y descubrir estas cosas. Lo que me parece más interesante es cómo yo voy a cambiar, todo lo que me va a cambiar este viaje, el proyecto. Me lleva a mirar la vida de una forma nueva.

 

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—Además, viajando solo, estás más predispuesto a conocer nuevas personas. Y parecés alguien que escucha lo que dicen los otros y no tenés problemas en incorporar nuevas ideas. Ya van tres veces que contás que alguien te dice algo y que ese algo “te cambió”.

—No sé cómo me va a cambiar el viaje, pero es seguro que me va a cambiar. Lo verán más fácilmente mis amigos de Francia, o las personas con quienes no estoy hablando tanto durante el viaje. Siento mucha curiosidad acerca de cómo me verán ellos cuando yo regrese, cómo van a ser nuestras relaciones. Me pregunto si seguiremos igual a antes del viaje, o si yo veré de otra manera a mis amigos o a mis relaciones. No sé. Me da mucha curiosidad cómo será cuando vuelva a mi entorno social de siempre, porque será en ese momento cuando se verá si cambié mucho o no. La reacción de los demás me permitirá saber.

—Más allá de la soledad del viaje, ¿tenías otro miedo, otra preocupación antes de salir?

—No. La verdad es que no. Yo tomo las cosas como vienen, avanzo cada día y no tengo miedo del día siguiente.

—Y en los meses previos a dejar tu trabajo en julio de 2016, ¿te preocupaba de alguna manera el hecho de estar a punto de abandonar tu estabilidad?

—No me importa tanto mi estabilidad. Mirando hoy aquellos meses, creo que todo se dio de una manera muy natural. Tuve que tomar decisiones importantes, pero lo hice muy naturalmente. Si tú miras mi curriculum, verás que en los últimos cuatro años inicié una empresa, trabajé en consultoría estratégica, luego resigné un cuarenta por ciento de mi sueldo para irme a trabajar en la industria de la música, pero no me importaba, el dinero no fue algo que tuviera en cuenta en esa decisión. Si miras el recorrido, puede parecer que no tengo miedo de tomar estas decisiones, o que soy muy inestable [risas]. Pero bueno, pienso que ahora encontré lo que realmente quiero. Todo es muy natural. Si algo no me gusta, cambio el rumbo. Puede ser un defecto, porque hay cosas que necesitan tiempo. Si lo que tengo es impaciencia, es un problema. Si es parte de una búsqueda, creo que no. Y esto lo voy a ver ahora, con este proyecto. Si me aburro de este proyecto en un año, entonces será un problema. Porque nunca fui tan feliz como hoy. Creo que esto que encontré es lo que me gusta, y pienso que va a durar mucho tiempo. Y ahora veo que esos cuatro años de consultoría y de trabajar en la música, fueron la búsqueda.

 

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