Aprender: Camila Sosa Villada I

Por Leandro Moscardó.
Fotos por Maxi Guterman.


Camila Sosa Villada (La Falda, Córdoba, Argentina) es una escritora y actriz de cine, teatro y televisión. Puede leerse más sobre su biografía en su entrada en Wikipedia.

Lo demás, lo que no sale en Wikipedia, es que es una persona muy, muy inteligente, que ríe mucho, dueña de un talento verdaderamente único.

La entrevisté la mañana del sábado 15 de octubre de 2016, en su departamento en el centro de Córdoba. Hablamos unas cinco horas y su enorme generosidad hizo que la conversación transite lugares profundos y siempre amables. Me habló de su trabajo, de su infancia, de su camino, de todo lo que fue aprendiendo, de sus creencias, de hacerse vieja, del ambiente del teatro, del amor, de la familia, de las vidas que le inspiran. Esa conversación está transcrita aquí casi tal cual fue, sin mayor edición.

Camila no necesita que se la edite, con prender el grabador el trabajo ya estuvo casi resuelto.


LM: -¿Cómo vivís nuestra ansiedad por vos? Esta insistencia del periodismo por entrevistarte y del público por conocerte.

CSV: -Me gusta mucho charlar, y eso hace que no sea un perno. Además, entiendo que es un trabajo hacer que la gente me conozca.

Por supuesto que hay determinadas formas que no me gustan en cómo se me encara. En algunos programas de televisión y de radio no me gustó cómo fui tratada, y sé que a esos lugares no voy más. Ya tengo el ojo entrenado para decir “No, mirá, no la puedo hacer a la nota”. En muchos de estos espacios, el foco siempre estuvo puesto en mi sexualidad, y eso me parece un bajón. Cuando se ponen muy amarillistas... bueno, he cortado entrevistas, ¡he hecho mis travesuras también!

Sobre todo en el diario [no especifica cuál] no han entendido nada, hay mucha incomprensión, les falta algo tan básico y que se enseña en la escuela primaria, como es la comprensión de un texto. En algunos periodistas eso no existe. Entonces, he ido sabiendo ver que a determinados lugares no voy más, o que a tal persona no la recibo más.

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-Cuándo decís que es un trabajo, ¿también vos usás este espacio para tus intereses?

-De estas cosas viven el periodismo cultural y el periodismo de espectáculos, de las personas que activamente están en la cultura. Pero es necesario comunicarlo desde las dos partes: el artista y los medios. Por eso entiendo que es un trabajo que se hace de dos. No es ni mi intención usar al medio, ni la intención del medio es usarme a mí. Nunca pienso que se aprovechen de mí, eso jamás, más allá de que debe haber alguno que piense “Mirá, si viene la Cami, viene más gente” o vaya uno a saber.

Si yo fuera una persona que no dependiera de mi trabajo, de que me vaya a ver gente al teatro, bueno, me lo podría tomar con más relax, podría ser un poco más disoluta en muchas cosas o prescindir de hacer notas en medios de poco alcance. Pero dependo de esto, de que la gente vaya al teatro a verme, así que lo tengo que hacer, no hay más vueltas.

-¿Y más allá de la entrevista de difusión?

-No, es que es todo una misma cosa. Es como un ranchito que vos vas haciendo piedra por piedra. Es algo muy chiquitito que se hace. Por eso es que es un trabajo, porque es así todos los días. Y eso me hace soportar mejor un montón de cosas: me gusta encontrarme a charlar, me gusta que me conozcan, y me gusta ese espacio que no es ni la vida real ni es una obra de teatro. Está al medio. Y se trata de contar cómo es tu personaje.

-Desde los años donde lo pasabas mal porque te discriminaban, hasta hoy, hay todo un proceso. ¿Cómo fue ir haciéndote popular, ir revirtiendo esa realidad? ¿Cómo fue pasar de sentirte segregada, a esto de hoy en donde las personas no sólo te aceptan, sino que te respetan, te admiran y te quieren?

-Bueno, tuve un golpe de suerte que fue hacer Carnes Tolendas, que fue un boom. Fue realmente un suceso en mi vida, y en lo que pasaba en Córdoba en ese momento en el teatro. Estuvimos en una brecha muy linda. Pasaron muchas cosas luego, y yo pienso que la obra formaba parte de un movimiento de visibilización que se venía gestando.

Y después con Mía. Cuando me fui a filmar esa peli a Buenos Aires, entendí que ése era mi trabajo, que yo iba a cobrar un montón de dinero por hacer eso que estaba haciendo, que era una oportunidad, y que me servía porque yo no quería volver a la calle. No quería tener que volver un paso atrás. Entonces hice todo lo posible para que eso no pase. Y tuve ojo, además de buena suerte, claro.

Fue un aprendizaje, pero fue un aprendizaje que yo había empezado a hacer mucho antes. No es que apareció la idea de tener que adaptarme a la sociedad después de Carnes Tolendas. Para nada. Ese aprendizaje de ser una persona sociable, yo lo venía haciendo desde hacía muchísimos años. Entonces no fue difícil para mí adaptarme a nada.

Sí tuve que aprender una cosa: también la vida era hermosa, también me pasaban cosas buenísimas. Eso tuve que aprender. Pero es un trabajo psicológico que hago en el diván y que hice antes escribiendo. Aprender nuevos sistemas de reacción y de acción, que no los creía posibles hace diez años. Si no hubiera aprendido eso antes de Carnes Tolendas, mi vida habría sido un desastre. ¡En vez de dejar las drogas, las hubiera agarrado a todas! Porque además supongo que perder popularidad, o de repente desaparecer, debe ser muy traumático. Como la peli de Baby Jane, hubiera terminado loca como ella.

-¿Pensás en eso?

-No, no. Lo pienso ahora que te lo estoy diciendo. Pero debe ser algo muy triste que te pase.

-¿Por qué?

-Porque el flujo de cariño no se termina, es constante. Es una energía que sí se recibe, que sí te pasa, eso de recibir el afecto de las personas. Personas que te cuentan su vida, que te cuentan sobre algo que les pasa porque no saben a quién contárselo. Es un acto de amor y de confianza. O personas que te esperan en el teatro con una carta y un obsequio. ¿Ves todas esas cosas que tengo pegadas en la heladera? Son cartas que me han resultado significativas. Dejar de recibir eso debe ser triste.

¡Igual es todo una vanidad de actriz! Es todo una vanidad de persona que trabaja con hacerse amar.

-Y vos creés que la gente te cree.

-Sí, creo que sí. Porque soy sincera, y también porque soy muy amorosa con mi público. Trabajo muchísimo para que cada obra sea mejor. Me tomo muy en serio mi profesión, porque la amo. Y por lo que te digo: es también mi trabajo. Entonces hay un cincuenta por ciento de amor puro por el oficio y un cincuenta por ciento de sentido de la responsabilidad que requiere cualquier trabajo.

-Has hablado en algún momento de la comunión que tu trabajo genera con la gente, y de cuánto necesitás esa comunión. Se me ocurre que es un lugar distinto al de la fama.

-¡Si me interesara la fama, sería famosa! Lo que me interesa es eso que sucede ahí: recibir una carta donde alguien te cuenta “Me dejó mi marido”, “Estoy saliendo con una chica trans y no sé cómo contárselo a mis viejos”, ¿entendés? Es una cosa muy loca lo que me pasa, esto de recibir afecto en forma de intimidad. He actuado para miles de personas. Cuando canté en la marcha del orgullo en Buenos Aires había cincuenta mil personas escuchándome. Pero no tiene que ver con la masividad, sino con la intimidad, que puede ser en el marco de una gran masa o para diez personas. Tiene que ver con que pasa algo ahí, que la gente se queda asombrada y atravesada por algo que estás ofreciendo vos.

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-¿No te agobia?

-¡No! ¡Me encanta! Me duele cuando no pasa, porque por supuesto que en dos horas de obra, esto pasa en dos minutos. No sé, es muy transparente, es una cosa que no se puede ver, es algo que vos sentís en el corazón, que tiene que ver solamente con vos, y que es que en un momento los ves a todos con una cara de locura mirándote, diciendo “Ay, mirá, está pasando algo”, que puede ser cuando canto o cuando actúo. Pero son brevísimos instantes.

-Vos trabajás con un lenguaje accesible para el público en general. Tus obras pueden ser entendidas por alguien que no sepa mucho de teatro.

-Bueno, eso es algo que yo lo pienso. Digo “Esto lo va a entender mi papá o no lo va entender mi papá”. Ésa es la vara que tengo. Mi papá es un hombre sencillo, pero tiene instinto, le gustan cosas que son muy bellas. Yo sé que a él lo ha transformado verme en el teatro, ver a su hija hablar de determinadas cosas lo ha hecho crecer como ser humano. Y yo entiendo que a las personas les podés cambiar la vida para bien, haciendo las cosas que hacés siendo artista. Mi mambo me interesa, en tanto es parte de un negocio entre el público y yo. Yo tengo ganas de mostrar esto, pero por otro lado tengo que pensar en que es el público lo que completa una obra. Entonces negocio con eso. Digo, tengo que hablar de determinada manera de las cosas, no puedo ser completamente críptica con lo que me pasa. Tiene que ser algo que sostenga mi economía, tiene que haber gente que me vaya a ver. Si yo recorto, tengo que saber que estoy haciendo esa obra no para ganar dinero, sino para darme un gusto, como por ejemplo Putx madre, o cuando hice El bello indiferente en Buenos Aires, que son obras que no me dieron dinero, pero que en mi currículum mental, en mi currículum emocional, me significan un crecimiento.

-A nivel popular, hay una energía muy positiva hacia vos. ¿Pensás cosas como “Hay gente que no sé que existe, y me quiere”?

-Me escriben desde Chile, desde Estados Unidos. Hace un tiempo recibí un mail rarísimo de España, de una mina que es maestra en un pueblito, que había ido de casualidad no sé a qué festival y había visto Mía. Entonces la había buscado, la había bajado, y se la pasaba a sus alumnos. ¡Mirá hasta dónde llega! Después cuando salió Mía en Fox, me escribían de lugares muy distintos preguntándome cómo estaba de la fiebre, cómo andaba, qué sé yo. Me encanta. Eso tiene la profesión. Nunca me comí ninguna historia con eso, ni para bien ni para mal. Ni creerme la falsa humildad, ni creerme algo que no soy. Tengo clara la ubicación desde dónde me paro en el mundo.

-Desde los primeros mails que recibiste, ¿Ya lo tenías tan en claro?

-Sentía que era como un cuento de hadas. Pensá que yo era una persona que no tenía idea de que podía llegar a hacer lo que quería en la vida. Hasta el día de hoy estoy tratando de entender que me pasó algo muy bueno, y que es hacer lo que tengo ganas de hacer. No hay nada en lo que hago que no tenga ganas de hacer. Entonces todo lo vivía con sorpresa. Un día estaba trabajando con Rodrigo de la Serna, otro día con Luis Machín. Otro día me iba a México a un festival donde se paraba la gente y gritaba mi nombre. Al otro día otra cosa. Y así. A todo lo vivía con una inocencia pajuerana, porque soy del campo, y de hecho todavía me asombro con muchas cosas. Crecí en un pueblo. Entonces lo que me produce es asombro, nada más, ni un egotrip, ni un trauma, ni nada de eso.

-De chica, viviste en varios lugares.

-Me mudé muchísimas veces. Nací en la Falda, y después viví en Los Sauces, en Córdoba, en Cruz del Eje, en Villa Giardino, y en Mina Clavero, donde viví diez años.

Mina Clavero era horrible. Siempre fui una criatura interesada en cosas como el cine, y en ese pueblo, que estaba tocado por la ignorancia, era terrible e ilógico el modo en que se entendían las cosas. Yo era rebelde, contestadora; hoy me cago de risa de que en mis libretas de la escuela decía “excelente alumna, pero canaliza su energía”, “por favor no hable tanto en clase”, “es muy difícil dar clases con usted”. Todas eran notas al pie de la libreta, de ese tipo, diciéndome que era una persona muy inquieta, muy rebelde.

No había nada para ver ni para hacer en ese lugar.

-¿Creés que desde entonces la escuela cambió?

-Creo que todos han sabido hacer valer su voz. Y han descubierto que hablando se entiende la gente. Saben que si pasa algo malo, se puede contar, que era algo que no pasaba en mi época. Si un profesor te maltrataba, bueno, te la tenías que bancar, ¿qué ibas a hacer? Ahora es distinto. Todas las personas que hemos sido víctimas de algún tipo de violencia, hemos insistido en que las cosas tenían que cambiar, y han cambiado. O ha sido una evolución. También es hermoso pensar que hemos evolucionado como sociedad, yo creo que es así. Eso lo pone más bueno a todo.

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-Canalizás mucho en Facebook.

-¡Es que tengo que tener público! Cambia mucho la cantidad de gente que va a verme al teatro, cuando yo publico algo, a cuando no publico.

-¿Por qué no tenés fanpage?

-¡No, porque es mucho eso ya! Una fanpage no. ¿Cómo voy a hacerme una fanpage? No hay manera.

-Lo decís como con vergüenza.

-No, no, no, no. ¡No hay manera! Fans no, fans no. No son buenos para nada.

-Pero tenés fans, aún en tu cuenta personal.

-Y sí, ¿qué voy a hacer? Me siguen. Cuando veo que es alguien muy boludo, lo saco. ¡¿Qué voy a hacer?! ¡Los tengo que aguantar! Algunos suben unas cosas de Cristo y cosas horribles, y me pregunto cómo esta persona llega a interesarse en mí, cómo una persona que razona así se fija en un personaje como yo. Y bueno, ahí los tengo.

-Igual, ahí está lo interesante, ¿no?

-Claro, ésa es la gente a la que vos le movés algo. Para bien o para mal, eso es indistinto. Puede ser algo muy productivo, o podés hacerle bosta la cabeza a una persona. Hoy me acordaba de una obra que fui a ver, del Paco [Giménez], que se llamaba Fiore di merda. Ahí conocí a Ana Magnani, que hoy es, para mí, una gran maestra del teatro. Yo la miro a ella, y aprendo un montón, viéndola. Entonces, eso a mí me aportó algo muy bueno, que mueve en mí un montón de cosas: sobre cómo me acerco a mi oficio o cómo resuelvo un personaje, cómo lo encaro.

En Carnes tolendas, pasaba que venía gente a pedirme disculpas porque habían hablado mal de una travesti en algún momento. Entonces pienso que cambia algo en las personas, lo que uno hace no es que pasa así nomás.