El cerebro de I-Sat

Un tipo está decidiendo cuál será tu director favorito.
Perfil de Martín Crespo, jefe de programación de I-Sat.*

Texto y Fotografía, por Lucas Asmar Moreno.


En el zapping no siempre feliz del cable, I·Sat es el cineclub en tu casa, un centro cultural montado en la pantalla del televisor. Fuimos a buscar a Martín Crespo para meternos adentro del hombre que ahora, mientras vos leés, está eligiendo el cine que vas a ver el jueves a la noche. Y que te va a partir la cabeza.

I

I·Sat es un canal de fanáticos.

Uno de ellos se lamenta porque sus padres “jamás entendieron a I·Sat, lo consideraban una señal porno cuando apareció en los 90”. Otro fanático comenta que su novia utiliza la expresión “bodrio isatero” cuando está ante una película lenta o rebuscada.

Anécdotas simples que sintetizan las dos fuerzas que posicionan al canal como ícono generacional y alternativa de contenido.

Quienes hoy rondan los 30 años acompañaron atenta o distraídamente la evolución del canal, desde ese experimento llamado Cha-cha-cha hasta la serie on-line Famoso. Dos átomos del universo I·Sat que alejados en el tiempo y ubicados en paralelo, sirven para encontrar sus hilos conductores: ironía, absurdo, desenfado, autoconsciencia, acidez y una austeridad de producción que potencia la creatividad.

Flotando en el inconsciente colectivo -quizás la mayor aspiración de una marca- no necesita explicarse, su avance se sostiene por el impulso de su buena propuesta y la seguridad de sus códigos estéticos, jugando sobre una actitud de soberbia cómplice. Sus espectadores-seguidores lo saben y aceptan el juego.

“I·Sat me insulta cuando le corrijo algo por Twitter”, dice una chica, pero rápidamente aclara: “cuando un canal te insulta hay una genialidad escondida”. Otro ejemplo de su astucia se refleja en el caso Ryan Gosling. Meses atrás, la programación repetía películas protagonizadas por el actor. Un usuario en Facebook se quejó, criticando a los programadores por estar enamorados de él. El canal multiplicó inmediatamente las películas del rubio y creó un ciclo exclusivo, declarando en las tandas promocionales que tenía una relación con el hombre más lindo y talentoso de Hollywood.


II

DSC_0289qq  I·Sat no es una entidad mágica; detrás de su desenfreno hay un staff que debe responder por una empresa. Quizá éste sea el mejor apunte para destacar la osadía en sus contenidos. O visto desde otro lugar, la oportunidad para definirse como contrapunto. En cualquier caso, es evidente que se necesita alguien meticuloso y agudo que decida qué transmitir. En este canal, lo visible es crucial para que se consolide como propuesta extravagante.

Este ser existe, tiene 38 años y se llama Martín Crespo. Con un timbre de voz que me recuerda al de Daniel Hendler me cuenta sin pudor y con ironía lo mucho que se angustia por llegar a los 40. Chiste frecuente, Crespo nació en Crespo, una localidad de Entre Ríos, donde vive su familia. En 2005 entró a trabajar en I·Sat y tres años después lo nombraron Program Manager, convirtiéndose en responsable de todo lo que vemos por I·Sat, no sólo el contenido, también lo concerniente a condiciones de transmisión.

A simple vista, por su aspecto intimidante, su torrente de testosterona y su vestimenta austera, este hombre nunca se delataría como una de las mentes detrás de I·Sat. Pero ni bien fluye la comunicación, la impresión inicial se descascara y se descubre al neurótico cuya inteligencia veloz y organizada ejerce una de las influencias más poderosas en el entramado del consumo cinematográfico de Latinoamérica.

Crespo trabaja con cuatro personas más que alivian la tarea de cubrir 24 horas de programación todo el año y se regulan entre ellos para no caer en la tentación de hacer un canal a medida.

Aunque sea el espectador de mayor jerarquía, Crespo sigue siendo un espectador de I·Sat. Al igual que los fanáticos, está poseído por una cinefilia que lo convierte en un arqueólogo fílmico, y es esta obsesión la que protege al canal de caer en la redundancia o el fastidio, un padecimiento que plancha a la enorme mayoría de las señales de cine.

Por eso, porque posee el don de la metamorfosis sin perder identidad, es siempre capaz de producir nuevas esferas de contenido. Viene bien el caso MTV para ilustrar los riesgos que supone a la identidad la necesidad de adaptación constante de los medios. Mientras la señal que antes fue referente de la música, hoy vende reality shows sobre embarazadas adolescentes y quinceañeras millonarias, I·Sat ofrece a Alans Pauls presentando películas en ciclos compactos, pequeños y contundentes, al épico Laiseca fumando en penumbras, o a un puñado de animadores armando las promociones en estilo collage.

Estas efectivas construcciones de significado favorecen la impronta de su universo, donde las películas -más vale- siguen estando en primer plano. Uno se pregunta cómo hace Crespo para encontrar un cine tan exótico que ni siquiera existe en las últimas fronteras de Internet. La respuesta está en los festivales: el BAFICI como uno clásico que el mismo canal patrocina. Y es que el correlato televisivo de lo que sucede en los festivales de cine a escala mundial está en I·Sat. No es casual que su sitio web tenga una sección para promocionar festivales y actualizar sus noticias. Crespo pasa mucho tiempo viajando, consumiendo cine de vanguardia y de paso haciendo turismo gastronómico, posibilidad que le brinda este trabajo itinerante. Parece perfecto: viajes, buen cine, buena comida -no duda en afirmar que Perú tiene la mejor comida del planeta-. A estos viajes se le añade un trabajo de lobby con realizadores que, además de proveer al canal de un gran caudal de contenidos, genera espacios de discusión sobre el devenir de la producción cinematográfica.

Pero con toneladas de productos audiovisuales de calidad, la programación de I·Sat necesita filtros. Crespo asume que no cualquier película se acomoda al frenesí televisivo. Por más que el canal haya ganado respeto por su rebeldía, el riesgo del zapping es algo que deben combatir y la selección a veces puede complejizarse: el cine independiente no puede rozar extremos experimentales. A su vez, el mainstream sería insólito en su programación. Se trata, en fin, de encontrar matices.

Los cortos -ya un estandarte de la nación isatera- quizá sean uno de estos matices, abriendo el juego para las animaciones y para la aparición de directores en fase embrionaria. Pero tienen además un valor funcional: son intermezzos entre películas, descomprimen la concentración que exige un largometraje.

Un intermediario entre largometraje y cortometraje se encuentra en las series, algo en lo que el jefe de programación pone un fuerte énfasis, considerándolo un fenómeno brutal e imparable. Las series combinan propuestas inteligentes con un pulso narrativo que no excede la hora. Así se explica la manía del canal por los pequeños contenidos ingleses; estas series pueden considerarse el componente nuclear de lo indie-agresivo, alcanzando una exquisitez conceptual que ni se vislumbra en otros países. Otra vez, la unión es natural: el humor británico enfermizo es simbiótico con la personalidad de I·Sat, mientras que la personalidad del canal es simbiótica con la personalidad de su Program Manager. La coherencia es simétrica desde cualquier punto de vista.

Le consulto cómo hace para bajar a la realidad y disolver la compulsión audiovisual y lo empujo hacia una encrucijada: durante su tiempo de ocio, de forma involuntaria, intuitiva, magnética (y por todo eso, instintiva), sigue buscando series, desdibujando las fronteras del placer y el trabajo. ¿No hay nada que lo saque de allí? Dice tener la gran bendición de relacionarse con algunos de los escritores que más admira, como Luciana De Luca y Federico Falco. Pero la adicción por las series le entorpece el tiempo de lectura. Pareciera que el programador se hubiese tragado al hombre. O que el hombre abrace con igual voracidad al programador.

Sale a correr por las mañanas como en una liberación violenta y necesaria, juega al fútbol con amigos, considera a los asados un oficio paralelo: es el espíritu barrial (condición eterna del que nació en el interior) lo que limpia de esnobismo su exactitud intelectual y cada gesto de su interacción. Tal vez haya sido por eso que, durante la sesión de fotos, la soledad del entrevistado no logró seducirlo: su única sugerencia, mencionada por lo bajo, fue que en las imágenes, además de él, aparezcan más personas.


III
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Su título universitario es el de periodista deportivo. Apasionado del fútbol, hincha de Boca, sus primeros trabajos periodísticos fueron en medios gráficos. Su desembarco en I·Sat se dio de manera gradual y sutil, apareciendo desde la tangente. Comenzó interesándose por la movida cultural, particularmente en la música y fundó junto a Sebastián Carreras el sello Índice Virgen, un espacio de culto que editó a músicos como Leo García, Francisco Bochatón y, la banda Entre Ríos con quienes tienen una relación magnética. Época noventosa que recuerda como una suerte de aventura apolítica, donde todo era burbujeante, vacío y atmosférico. Hoy los tiempos cambiaron y no sólo por la densidad política: “tecnológicamente estamos suspendidos en un tornado que no sabemos adónde nos lleva”.

Desde Índice Virgen, sus contactos en diversos medios se multiplicaron y alguien le avisó que en I·Sat había un cargo disponible en el área de programación. Se presentó, pasó la prueba y quedó. Del deporte a la música y de ahí al cine, así de sencillo. Entró como asesor, tarea en la que se desempeñó durante tres años. Luego, cuando su jefa se fue de la empresa, el desafío se potenció.

Como enamorado del cine, admira a los directores asiáticos Sang-soo Hong y Johnnie To. Del primero destaca su humor desértico y su contemplación poética, del segundo la capacidad para crear tensión desde el género policial. Con estos directores se le dispara la taquicardia propia del fanático ante la espera de la próxima película. En términos generales, se reconoce defensor del Mumblecore, género enlazado con la estética de I·Sat. Allí donde muchos ven copias insuficientes de Cassavetes, Crespo ha visto un semillero de talentos como Greta Gerwig. También simpatiza con Scorsese, Cronenberg y Lynch, pero mucho no se explaya, no hace falta, quizá por ser tipos conocidos.

Dentro del panorama nacional, lamenta la muerte de Fabián Bielinsky: la mejor trayectoria trunca en la historia del cine argentino. Está pendiente de lo que hará Damián Szifrón con su nueva película y se muestra interesado ante Santiago Loza. Apuesta fuerte con Pablo Fendrik, director de dos ásperas películas: El Asaltante (2007) y La Sangre Brota (2008), preparando una tercera que según Crespo se viene con todo. Mariano Llinás es otro director que lo seduce. De hecho, I·Sat fue miembro financiero de esa desmesura llamada Historias Extraordinarias (2008). Sin embargo, reconoce que el cine argentino ya no ocupa el lugar protagónico de hace algunos años, debido a la expansión que está encarando el canal, llegando a toda Latinoamérica. Un marcado protagonismo de la producción nacional podría relegar de “la comunidad isatera” a los televidentes de otros países. No es una decisión feliz, pero es parte de la responsabilidad que carga.

Crespo es prudente cuando se le pregunta por el mandamiento de I·Sat que respeta el idioma original de cualquier serie, corto o película. Explica que ahora el canal se caracteriza por eso, pero que no falta mucho para que los Smart TV invadan los hogares y la opción de elegir un idioma sea factible.

¿Puede en un futuro convertirse I·Sat en un canal on-line? Hay contenidos de I·Sat que se cargan a la web. Famoso, sin ir muy lejos, es un formato pensado exclusivamente para YouTube. Pero sería precipitado suponer que I·Sat hará a corto plazo una mudanza de pantalla.


IV

¿Qué opina el isatero sobre la posibilidad imaginaria de que el canal se convirtiese, súbitamente, en un portal web? Hicimos un estudio de campo reuniendo a un puñado de ellos y éstas fueron algunas de las respuestas:

  • “El cine tiene que verse con comodidad, sin interrupciones como esperar que se cargue el video, Definitivamente no estaría bueno que dejara el cable”.
  • “Un reemplazo definitivo sería fuerte, creo que Internet funciona en tándem con el cable”.
  • “Raro, prefiero que se quede en el tele como opción en la grilla. Cuando uno mira algo por internet, mira lo que quiere, no hay un canal que te sorprenda”.
  • “Soy inútil para el consumo online. Si I·Sat se muda a un contenido exclusivamente online, no podría superar la pérdida”.

Con estas opiniones podríamos trazar algunas conclusiones.

Ir al cine constituye un acontecimiento artístico, un instante de conexión con la obra fílmica gracias a un dispositivo apropiado para la concentración. Quizá esta interpretación se aplique con más nitidez dentro de movidas independientes, como cineclubes o Espacios INCAA, donde se ofrecen programaciones de resistencia contra los complejos que esparcen compulsivamente las mismas películas.

Siempre que aparece un nuevo medio masivo, el anterior gana en sacralidad para no extinguirse. La escritura se enalteció gracias a la masividad del cine, luego el cine encontró prestigio gracias a la masividad del televisor. Actualmente el monitor de las computadoras pone en jaque al televisor. Esto marca un cambio de paradigma: si la televisión daba la posibilidad de manipular el entorno y controlar los tiempos de atención, Internet redobla la apuesta y ofrece manipular el propio estímulo, haciendo del aprendizaje un espiral cognitivo y propiciando la dispersión sobre un mismo eje.

¿Cómo se posiciona I·Sat ante un panorama tan espinoso? Dos fuerzas atraviesan al canal: su marca generacional y su contenido alternativo. Gran parte de los consumidores de I·Sat rondan los 30 años. Además, por su distinción, el canal pone como requisito cierta madurez mental. Al apuntar a una masividad planetaria y absoluta, los contenidos online no pueden centrarse en un espectador tan específico. Allí el canal levanta una de sus trincheras.

Sintonizar I·Sat tiene mucho en común con el ritual del cine. El espectador adopta una actitud respetuosa y pasiva ante las ofertas de canal. Confía en el canal, sabe que la propuesta supone calidad. Emerge una buena predisposición para dejarse encantar por la transmisión para apropiarse del canal. Llegar a I·Sat con el control remoto equivale a llegar a un pequeño templo de cine independiente -el cineclub en tu casa- en donde todos nos sentimos parte de una comunidad. Es llegar a un templo para quedarse un rato concentrado, descubriendo ”cosas nuevas”, lejos de la peregrinación vertiginosa y desgastante de los massmedia. En la pizzería Guerrín de la calle Corrientes, le cuento esta hipótesis. El tipo suspende su verborragia, me mira bien a los ojos -los suyos están iluminados, como si la ilusión del primer día no hubiese perdido ni una pizca de brillo - y me dice: “Es lindo... Es muy lindo, porque de ser así, quienes hacemos I·Sat estaríamos encontrando el sentido que siempre nos propusimos”.

 

*Contenido publicado en la revista Dadá Mini, edición 24, diciembre de 2013. En aquel momento, Martín era Jefe de programación de I-Sat. Hoy se desempeña como Jefe de programación de TNT, canal parte del mismo grupo.

 

 

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